Mundo ficciónIniciar sesiónIsabela Blanco es una importante ejecutiva en una multinacional, está casada con uno de los hombres más deseados del país, Claudio Ferrara, importante empresario de la tecnología y billonario, su vida no puede ser más perfecta, hasta que un día se da cuenta de que su perfecto esposo la engaña, Isabella entrará en un conflicto con ella misma, pues no se decide entre vengarse o recuperar a su marido. Se verá obligada a lo primero y caerá en un juego de seducción con un aliado improbable: su atractivo y misterioso cuñado. —Sí, haré cualquier cosa para hundirlo.
Leer másMiro mi reflejo en los vidrios de las demás oficinas y compruebo que mi labial rojo intenso está intacto aún después de los apasionados besos que me di con mi marido antes de salir de casa y después de una sesión de cariño salvaje.
Camino emocionada por el largo pasillo del edificio donde queda mi oficina, bato el cabello azabache que llevo corto hasta los hombros, sonrío a los extraños mientras aprieto el vaso de café con mi nombre.
Hoy cumplo dos años de casada, me casé a los veintiséis años, mi esposo tenía veintiocho, hoy me siento tan enamorada e ilusionada como el día que puso el anillo en mi dedo y pude llamarlo esposo delante de todos.
Aspiro el olor del perfume que destilo al caminar y no hay forma en la que no me sienta sexi en la falda lápiz negra, los tacones de quince centímetros y la blusa de seda azul pastel que cubre bien mis pechos, pero deja ver su robusta forma, me muerdo el labio al recordar como Claudio se recrea en ellos.
Mi vida es perfecta, tengo la carrera que quiero, gano mucho dinero, mi marido es bastante solvente económicamente, bueno, ¿para qué ser modesta? Es cochinamente millonario, está muy bueno, es joven y encantador, es un semental en la cama, me complace de todas las formas posibles, estoy en los mejores años de vida, mi vida es jodidamente perfecta.
—Esos ojos azules brillan mucho hoy —dice Ana, mi asistente al verme. Le sonrió y le guiño un ojo, ella sabe por qué ando tan de buen humor y me dedica una mirada de picardía. Me sigue hasta dentro de la oficina y suelta un suspiro.
—Buenos días, Ana. ¿Te aseguraste de dejar mi agenda despejada hoy a partir de las dos de la tarde? —pregunto mientras pongo mi bolso de diseñador sobre el escritorio de cristal.
—Sí, jefa. El señor Montaner aprobó la campaña para Seven, los documentos deben estar en tu correo ya.
—Muchas gracias —digo y me volteo a ver por la ventana cuando escucho que caen algunas gotas de lluvia, la mañana de pronto se ha puesto gris con una leve lluvia, chasqueo la lengua temiendo que esto arruine mis pícaros planes.
Me cruzo de brazos y contemplo la ciudad, puede verse por completo desde el piso quince en el que estoy, la vista es sobrecogedora, abajo la ciudad con edificios, autopistas, gente ajetreada yendo de un lugar a otro, autos estancados en el tráfico y el inmenso cielo abierto y la vista del mar al fondo.
—¿Todo listo para esta noche, jefa? —pregunta Ana sacándome de mi estado contemplativo, me giro a verla y le sonrió mientras comienzo a encender mi portátil.
—Espero que la lluvia no arruine mis planes, ¿me ayudarás? —pregunto.
—Bueno, aunque se te ocurrió a última hora, me las arreglé para que te reciban en esa famosa y exclusiva tienda de lencería, eso sí, debo llamar ahora para confirmar.
—Hazlo mientras llamo a la floristería.
Afirma y sale de mi oficina hasta su escritorio para completar la tarea.
Mi marido es espléndido con su dinero, con su paquete, con su lengua y con sus manos, con sus mimos, es amable y protector conmigo y con mi familia, pero no tiene esos detalles románticos que yo si adoro, así que me tomo la tarea de hacerlos por él, es algo que le gusta que haga y finge luego que lo hizo él, me da mi buena recompensa en la cama por ello. Alzo el teléfono y marco a la floristería de siempre.
—La estancia floristería, ¿en qué puedo ayudarla?
—Buenos días, llamo para ordenar un ramo de veinticuatro rosas rojas «Una por cada mes de casados», pienso y sonrió.
—¿De parte de quién?
—Claudio Ferrara.
—Ah, el encargo del señor Ferrara.
Arrugo la frente extrañada. «¿Encargo del señor Ferrara?», mi corazón se hincha porque pienso que, por primera vez, mi marido ha ordenado las rosas él mismo para nuestro aniversario, o quizás su asistente, pero es casi lo mismo.
—Sí, de parte del señor Ferrara.
—Bien, pero la orden inicial es de doce rosas, ¿quiere sumar doce más? —pregunta la mujer con cortesía.
Me emociono más aún.
—No, doce está bien. Déjelo.
—Perfecto, ¿cambiará la dedicatoria?
—No, ¿qué dice? —pregunto curiosa mordiéndome el labio inferior para no reír como boba, aunque estoy sola en la oficina.
—Por más noches como las de anoche, te deseo siempre, CF.
Mi corazón se paraliza y mi sonrisa desaparece. Me quedo allí con el teléfono en mi oído, mirando a la nada ante mí: «Por más noches como las de anoche», trato de convencerme de que es un error, no puede ser mi Claudio, anoche no estuvimos juntos, llegó de madrugada de una viaje por negocios, me cuesta tragar saliva y aspiró aire para no desmayarme, me exijo pensar en frío.
—Disculpe, me gustaría verificar que sea correcta la información de la persona a la que se le va a llevar el ramo ¿Puede repetir la dirección? —pregunto haciendo un esfuerzo tremendo para que no se sienta como tiembla mi voz.
—Claro, la dirección que figura es Edificio Ferrara, Centro Norte de Villa Delicia.
—¿Para quién?
La mujer ríe al otro lado del teléfono.
—Como siempre a nombre del asistente del señor Ferrara. Es el encargado de recogerlas, y paga en efectivo al recibirla ¿Usted quién es?
Las lágrimas salen de mis ojos sin control, intento mantener la calma.
—Compañera de Víctor, el asistente del señor Ferrara, me ha pedido que chequee que todo está bien.
—Seguro, todo bien, estará a tiempo su encargo, haremos un cargo extra de un dólar y medio por incremento en nuestros servicios de entrega a domicilio. La entrega se hará después de las 9:00 am.
—No se preocupe, está bien, gracias —digo y cuelgo con pesar, pues mantener esa conversación con esa mujer era lo único que me mantenía cuerda y alejada de lo que sé que experimentaré.
Me duele el pecho y lloro dándome cuenta de que mi esposo está comprando rosas para alguien más, nunca las compró para mí y, además, en el mismo sitio que yo me las compro con su tarjeta para mí misma. Siento que mi corazón se ha partido en miles de pedazos imposibles de juntar.
«Tiene un amorío. ¿Con quién?».
Lloro cubriéndome el rostro, desolada y desesperanzada. Mi esposo, mi Claudio, compra rosas para otra, ¿con quién se acuesta? Niego una y otra vez, siento que voy a colapsar; sin embargo, me pongo de pie y comienzo a caminar por toda la oficina, trato de calmarme y justo entra Ana, me mira horrorizada.
—¿Qué pasó? —pregunta en un grito.
—Creo que me engaña, ordenó rosas del sitio donde siempre las compro yo —digo mientras me llevo una mano al pecho porque me duele lo que digo.
Ella ríe como si no comprendiera nada.
—Se te adelantó, pícara. ¿Por qué dices que te engaña?
—Las mandó a su oficina y tiene una dedicatoria que no corresponde a algo que hayamos vivido los dos anoche.
Abre mucho los ojos y se pone seria.
—Entonces es alguien de su oficina, alguien que estuvo ayer con él de viaje —propone Ana con cara de angustia.
—Si es que viajó, ahora dudo de todo, siempre le creo, viaja mucho, es un hombre muy importante y vive ocupado, dejo de verlo por días, semanas, y nunca pensé que esto pudiera ser posible.
Me abraza y recuesto mi cabeza de su hombro. Ana me consuela diciéndome cosas que no comprendo, la escucho a lo lejos, cierro los ojos y siento que lo único que quiero es morirme. Duele mucho. Mi asistente con paciencia hace que me siente en el sofá de la oficina y me alcanza un vaso con agua.
—Toma esto mejor, no bebas el café, alterará tus nervios.
Ana tiene veintiún años, ni novio ha tenido, y aquí está consolándome, es mi asistente, estoy en mi oficina, soy una de las gerentes de proyecto de la agencia, recién ascendida, no puedo dar espectáculos. Me limpio las lágrimas y le sonrío con tristeza.
—Gracias, Ana, y disculpa de verdad esta escena, soy tu jefa, no debería estar haciendo esto. Lo siento, me iré a casa, así no voy a estar en paz aquí hoy, cancela todo.
—No te preocupes, eres mi jefa, pero eres un ser humano, estas cosas pueden pasar. Ve a casa, yo cancelo todo.
—No digas a nadie porque me voy.
—Tranquila.
Le sonrío y afirmo mientras recojo mi bolso y mi abrigo, me miro al espejo rápidamente y veo que el maquillaje que he usado es de muy buena calidad, pues no se nota nada que he llorado. Ignoro la advertencia de Ana y llevo el café conmigo, me lo bebo como agua mientras salgo del moderno edificio.
No iré a casa, iré a la oficina de Claudio y buscaré por cada maldito escritorio el maldito ramo de rosas de La Estancia Floristería. Mi cuerpo se siente entumecido y el pecho me duele de una manera que nunca antes sentí, me subo a mi carro de prisa y me pongo en marcha, compruebo que ya debe estar en camino el ramo de rosas, calculo mentalmente la distancia y puedo advertir que llegaré ya para cuando las rosas estén en manos de la mujer que se acuesta con mi esposo.
Cuatro años después.Claudio fue condenado a quince años por el intento de feminicidio a Isabela.Una condena injusta, poca, que dejó con mal sabor de boca a la familia, y en especial a Isabela y a Giacomo, sin embargo, era algo, al menos no estaba en la calle.Patricia pagó solo tres años, como cómplice de Claudio en algunos crímenes financieros, sin embargo, uno de sus abogados defensores quedó enamorado de ella y la hizo salir antes, le propuso matrimonio y la llevó a vivir a Europa.El mal a veces triunfa.Giacomo tomó control de todas las compañías de su familia, las cuales prosperan bajo su mandato.Isabela y Giacomo se casaron a los seis meses de que él buscara nuevamente a Isabela. A los seis meses ella quedó embarazada de nuevo, y tuvo un varón al que le pusieron Luis Ricardo.La empresa de Isabela prosperaba también, pero un día, un regalo de su esposo, le trajo recuerdos del pasado.—¿Qué es esto? —preguntó al ver un sobre de papel dentro de una enorme caja de regalo el día
Cuatro meses después.Veo con satisfacción los resultados de la primera audiencia de Claudio. Sin fianzas, sin favoritismos.La idea de Giacomo de venirnos a Aruba, fue buena, nadie sabe que estamos aquí, aquí nadie sabe quiénes somos y estamos alejados del drama y de la prensa.—Sigue usando a sus abogados corruptos —dice Ana y niega con la cabeza.—Sí, pero cada vez le cuesta más.—Ni siquiera está con presos comunes.—Pero no está libre. Daría lo que fuera por verlo a la cara y decirle que gané.—Aún no termina el juicio.Me echo a reír, la miro negando con la cabeza.—¿Amiga o enemiga?—Ay, Isa es que quiero verlo en una cárcel con presos comunes, que no vea TV, que no salga al sol, quiero que se arruine por completo.—Yo también, pero me voy conformando mientras lo veo perder poco a poco lo que tenía. El día del juicio me pondré un vestido que una vez me mandó a quitar, tendré que usar una chaqueta encima porque es muy revelador, pero cuando me salga me la quito para que me vea.
Al despertar me doy un baño y me pongo a contemplar a mi hija dormir, Giacomo no está por todo esto y ni quiero saber dónde está.Las cortinas de las habitaciones continúan cerradas, y las luces apagadas, me gusta el ambiente así, pero son las diez de la mañana.Saco a la niña de la cuna y salgo de la habitación, mi madre y Ana están sentadas en la sala con Giacomo, ríen, se levantan al verme, mi madre corre a cargar a la bebé.—Giacomo nos puso al día.—Mal hecho, quería contarles yo.Mi madre rueda los ojos.—Él no es Claudio, no lo trates como si lo fuera.Me quedo seria, reflexiono unos segundos sobre eso y pienso que sí, que mi madre tiene razón.Me siento junto a él, le sonrió.Pone su mano en mi pierna.—¿Quieres comer?—Estoy bien. No quiero nada por ahora.—Vas a disfrutar las noticias.Me froto las manos y me echo a reír.—Sí, quiero ver su cara en todos lados, quiero ver su imagen esposado. No creí que vería nada de eso tan pronto. Esto no sería posible sin ti.—Sin tu valo
Vamos detrás de las patrullas, la ciudad es un caos, los hombres de Giacomo siguen a las patrullas, parece una caravana.—Ha sido una noche larga —digo, cierro los ojos y niego angustiada y cansada.—No iba a dejar las cosas así, iba a ir por tu hija.—Lo sé, Giacomo, ahora no importa.—Has sido valiente, Isabela.Sonrío en su dirección.—Y tonta, no fue muy inteligente provocarlo sin tener un ejército para defenderme.—Para eso estaba yo aquí, para eso estaré, seré tu soldado.Quiero reír, pero hasta que no tenga a mi hija en mis brazos sana y salva, nada me da paz.La policía llega, comienza el procedimiento, ya Giacomo les ha explicado dónde está el cuarto de pánico y les ha advertido a las chicas que la policía venia en camino.Veo como se mueven en el celular de Giacomo a través de las cámaras, mi hija sigue dormida, y quiero llorar al verla tan inocente metida en medio de todo esto.Claudio no puede resistirse, hay demasiadas patrullas, demasiados policías, y me encargué de que
Último capítulo