Mundo de ficçãoIniciar sessão
El calor del verano aplastaba la ciudad como una mano invisible, espesa y sin piedad. Yo me había asomado a la ventana del segundo piso sin ninguna intención en particular, solo buscando un poco de aire que no llegaba. Pero lo que encontré me robó el aliento de una manera muy distinta.
Abajo, en el patio de gravilla frente a la vieja fábrica que era el corazón del territorio de mi hermano, algo estaba ocurriendo. Alejandro tenía a sus hombres formados como si esperara una inspección. Seis, siete tipos con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, todos mirando hacia la entrada del callejón. Y al fondo, avanzando despacio, con la calma insolente de quien sabe que nadie va a detenerlo, apareció él. No sabía su nombre todavía. No lo necesitaba. Su presencia llenó el patio antes de que llegara al centro. Era alto, de hombros anchos y movimientos lentos y precisos, como un animal que no necesita correr porque ya sabe que va a atrapar lo que quiere. Su cabello oscuro caía ligeramente sobre la frente. La mandíbula firme, el gesto cerrado. Vestía de negro, sin adornos, sin relojes llamativos ni cadenas de oro como los hombres de mi hermano. Su poder no necesitaba anunciarse. Pero lo que me detuvo, lo que me hizo aferrarme al marco de la ventana sin darme cuenta, fueron sus ojos cuando los levantó un instante hacia la fábrica. Oscuros. Calculadores. Fríos como el acero y, al mismo tiempo, ardiendo con algo que no supe nombrar. —¿Dónde está Martínez? —preguntó, y su voz atravesó el patio con una claridad que no requería gritar. Renzo, el segundo de Alejandro, se adelantó un paso. Era un hombre grande, de cuello ancho y poca paciencia. Normalmente intimidaba con solo pararse derecho. —Martínez no recibe visitas sin aviso —dijo Renzo, con el tono de quien recita una advertencia ensayada. El recién llegado no se inmutó. Lo miró de la misma manera en que uno mira una mosca antes de decidir si molesta lo suficiente como para espantarla. —Dile que Adrián Valente está aquí —dijo—. Y que la deuda de los muelles vence hoy. El nombre cayó sobre el patio como una piedra en agua quieta. Vi a los hombres de Alejandro intercambiar miradas. Vi a Renzo apretar la mandíbula. Y sentí, en la boca del estómago, algo que no era exactamente miedo. Adrián Valente. Ese nombre lo había escuchado pronunciado con odio en esta casa desde que tenía memoria. El enemigo. El rival. El hombre que, según Alejandro, era todo lo que estaba mal en este mundo. —¿Tienes idea de dónde estás parado? —soltó Renzo, dando otro paso—. Aquí no entras porque sí, Valente. Aquí entras cuando Alejandro lo decide. Adrián giró lentamente la cabeza hacia él. Solo eso. Y Renzo, que no le temía a nadie, titubeó. —Dile que también sé lo de los contenedores del puerto norte —dijo Adrián, sin elevar la voz—. Los que Alejandro juró que no existían. —Hizo una pausa breve—. A ver si eso lo hace decidirse más rápido. Fue entonces cuando levantó la vista. No hacia la fábrica en general. Hacia arriba. Hacia mi ventana. Hacia mí. Me quedé paralizada. Debería haberme apartado. Debería haber cerrado la persiana y fingido que no había visto nada. Pero no lo hice. Me quedé ahí, con el corazón golpeando tan fuerte que lo sentía en la garganta, atrapada en esa mirada durante dos segundos que se estiraron como horas. No hubo nada romántico en cómo me miró. No fue el tipo de mirada que uno espera en una novela. Fue una mirada de reconocimiento, calculada, casi clínica, como si me estuviera catalogando. Como si yo fuera información útil. Y eso, por alguna razón que no entendí entonces, me aterrorizó más que cualquier otra cosa. —¡Lucía! La voz de Alejandro me sacó del trance con un latigazo. Me giré. Mi hermano estaba en el umbral de la habitación, con esa expresión que reservaba para los momentos en que el peligro era real. —Aléjate de la ventana. Ahora. —¿Quién es? —pregunté, aunque ya lo sabía. Mi voz salió más pequeña de lo que quería. —Ese es Adrián Valente —dijo, y la forma en que pronunció el nombre fue como escupir algo amargo—. Y si alguna vez se te ocurre siquiera mirarlo de nuevo, lo lamentarás. Los dos. No dijo cuál de los dos lo lamentaría más. No hizo falta. Me aparté de la ventana, pero el daño ya estaba hecho. Porque mientras Alejandro cerraba la persiana de un golpe y salía a paso rápido hacia el patio, yo me quedé en el centro de la habitación con las manos frías y el pulso acelerado, intentando entender qué había sido eso. No era deseo. O no era solo deseo. Era algo más complicado, más incómodo. Era el instinto animal de reconocer a alguien peligroso y no poder mirar hacia otro lado precisamente por eso. Esa noche, desde mi cuarto, escuché fragmentos de la conversación en el patio. Las voces de Alejandro y Adrián, tensas y bajas, llegaban hasta mí en retazos. No pude entender las palabras, pero entendí el tono: dos hombres que se odian demasiado como para matarse de inmediato y demasiado como para dejarlo pasar. Me tumbé en la cama, mirando el techo, diciéndome que lo que había sentido en esa ventana no era nada. Era curiosidad. Era el vértigo de ver a alguien que representaba todo lo que mi mundo consideraba enemigo. No era nada. Lo repetí hasta que la ciudad se quedó en silencio y yo, por fin, dejé de creerme mis propias mentiras.






