El calor del verano aplastaba la ciudad como una mano invisible, espesa y sin piedad. Yo me había asomado a la ventana del segundo piso sin ninguna intención en particular, solo buscando un poco de aire que no llegaba. Pero lo que encontré me robó el aliento de una manera muy distinta. Abajo, en el patio de gravilla frente a la vieja fábrica que era el corazón del territorio de mi hermano, algo estaba ocurriendo. Alejandro tenía a sus hombres formados como si esperara una inspección. Seis, siete tipos con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, todos mirando hacia la entrada del callejón. Y al fondo, avanzando despacio, con la calma insolente de quien sabe que nadie va a detenerlo, apareció él. No sabía su nombre todavía. No lo necesitaba. Su presencia llenó el patio antes de que llegara al centro. Era alto, de hombros anchos y movimientos lentos y precisos, como un animal que no necesita correr porque ya sabe que va a atrapar lo que quiere. Su cabello oscuro caía ligeramente
Leer más