Capítulo 2: La oferta peligrosa

Eran las dos y cuarenta de la madrugada cuando escuché el golpe en mi ventana.

No en la puerta. En la ventana. Segundo piso.

Me incorporé en la cama con el corazón desbocado, agarrando instintivamente la pequeña navaja que guardaba en el cajón desde que vivía en esta casa. Alejandro me la había dado hace tres años con una sola instrucción: si algo te despierta de noche y no sabes qué es, primero agarra esto, después pregunta.

Me acerqué despacio. Corrí apenas la persiana.

Adrián Valente estaba en el saliente exterior, con una mano apoyada en el marco y los ojos fijos en los míos como si llevar horas escalando fachadas ajenas fuera algo perfectamente ordinario.

Me quedé sin habla durante tres segundos completos.

—Abre —dijo, su voz tan baja que tuve que leer sus labios tanto como escucharlo—. No estoy aquí para hacerte daño.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que viene a hacerme daño —susurré.

Algo cruzó su expresión. No fue una sonrisa exactamente. Fue más el reconocimiento de que la respuesta había sido inteligente.

—Tienes razón —admitió—. Pero si quisiera hacerte daño, no habría golpeado. —Hizo una pausa—. Y tu hermano tiene cuatro hombres en el piso de abajo que llevan dormidos desde medianoche gracias al somnífero que alguien puso en el café de las once. No necesito tu permiso para entrar, Lucía. Lo pido de todas formas.

Me helé. Guardé la navaja con dedos que no temblaban solo de miedo.

Abrí la ventana.

Entró sin hacer ruido, con esa eficiencia silenciosa que me había llamado la atención en el patio. Se quedó de pie en el centro de mi habitación, alto y oscuro, y por primera vez lo tuve cerca. Vi las cicatrices finas en sus nudillos. Vi la tensión en su mandíbula. Vi que sus ojos recorrían la habitación antes de detenerse en mí, no con deseo, sino con la misma atención analítica de quien busca algo específico.

—¿Qué quieres? —pregunté, porque la pregunta era la única que importaba.

—Información —dijo—. Sobre los contenedores del puerto norte. Los que tu hermano mueve sin registrar. Quiero saber qué hay dentro y cuándo sale el próximo cargamento.

Lo miré. Lo miré de verdad, intentando leer debajo de esa superficie de piedra.

—¿Me estás pidiendo que espíe a mi hermano.

No fue una pregunta. Fue una constatación.

—Te estoy pidiendo que me ayudes a evitar una guerra —respondió, y algo en su voz cambió apenas, un matiz que no encajaba con el resto—. Porque lo que hay en esos contenedores, si llega a su destino, va a iniciar un conflicto que ninguno de los dos va a poder controlar. Y en ese conflicto, Lucía, tú eres el eslabón más débil. Lo que tenga que romperse primero.

Me senté en el borde de la cama porque mis piernas decidieron que ya habían tenido suficiente.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Sé muchas cosas sobre esta familia —dijo, y no sonó como una amenaza. Sonó como un hecho—. Sé que estudias diseño en la Universidad del Centro. Sé que llevas seis meses intentando convencer a tu hermano de que te dejes vivir en el campus y él sigue diciéndote que no. Sé que la noche que cumpliste veintidós años te encerraste en esta habitación llorando porque Alejandro canceló la cena que habías planeado para atender una reunión.

Me quedé sin palabras. No porque la información fuera especialmente íntima. Sino porque era exacta. Y eso significaba que me habían observado durante mucho tiempo sin que yo lo supiera.

—¿Me has estado espiando? —dije, y esta vez sí había furia en mi voz.

—He estado evaluando —respondió—. No es lo mismo.

—Para mí sí lo es.

Por primera vez, su expresión cedió un milímetro. Algo en sus ojos, una sombra de algo que podría haber sido respeto, o quizás sorpresa.

—Tienes razón —dijo, y sonó como si la frase no le saliera con facilidad—. Tienes razón en estar enojada.

El silencio que siguió fue extraño. Denso, pero no del todo incómodo. Él seguía de pie. Yo seguía en el borde de la cama. La ciudad seguía durmiendo afuera.

—No te voy a dar información sobre mi hermano —dije al fin.

—Lo sé —respondió, sin sorpresa—. No esperaba que lo hicieras esta noche.

—¿Entonces para qué viniste?

Se tomó un momento. El primero que yo le había visto tomarse.

—Para que supieras que existo —dijo—. Para que cuando las cosas se pongan peores, y se van a poner peores, supieras que hay alguien que puede sacarte de en medio antes de que te usen como moneda de cambio.

Se movió hacia la ventana. Y entonces, no sé por qué, quizás fue la rabia o quizás fue esa cosa sin nombre que había sentido en la ventana esa tarde, hablé antes de pensar.

—¿Quién arruinó a tu familia? —pregunté—. ¿Fue mi padre?

Se detuvo. No se giró de inmediato. Cuando lo hizo, sus ojos eran diferentes. Más duros. Más cargados.

—¿Quién te dijo eso?

—Nadie —dije—. Pero llevas diez años en guerra con mi hermano y no empezaste siendo un niño. Algo pasó antes. Y mi padre murió cuando yo tenía quince años en circunstancias que Alejandro nunca me explicó del todo.

El silencio que siguió duró demasiado.

—Buenas noches, Lucía —dijo al fin, y su voz tenía algo que no había tenido antes. Algo que no era frialdad. Era, quizás, cuidado.

Salió por la ventana sin hacer ruido. Y yo me quedé despierta hasta el amanecer, con más preguntas que respuestas y la certeza incómoda de que la vida que conocía estaba a punto de romperse.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP