Mundo ficciónIniciar sesiónMaddy es una joven al límite: trabaja sin descanso, vive en condiciones precarias y carga con una deuda abrumadora mientras lucha por mantener con vida a su hermano menor, León, quien depende de un costoso tratamiento médico. Tras la muerte de sus padres en un accidente, su vida se desmoronó, obligándola a sacrificar sus sueños y su estabilidad para sobrevivir. Desesperada por el dinero, acepta participar en un experimento farmacéutico que le deja una inesperada y humillante secuela: una galactorrea persistente. A esto se suma el acoso laboral que culmina en un intento de abuso, empujándola aún más cerca del colapso emocional. Cuando todo parece perdido, recibe una extraña oferta de trabajo como “nodriza” en una lujosa mansión. Atraída por la promesa de un salario exorbitante, Maddy acude a la entrevista, solo para descubrir que el puesto implica mucho más que cuidar a un bebé: deberá convertirse en la proveedora de leche —y compañía íntima— de un poderoso y enigmático hombre, el amo Caine. Atrapada entre su dignidad y la necesidad de salvar a su hermano, Maddy se ve obligada a tomar una decisión que cambiará su vida para siempre, adentrándose en un mundo oscuro, opulento y lleno de secretos donde su cuerpo y su voluntad dejarán de pertenecerle por completo.
Leer másDieciocho malditas horas sin parar, sin apenas comer, sin espacio para llorar o acurrucarme por un segundo para tomar aire y poder seguir adelante.
Los dientes me castañearon al abrir la puerta de mi pequeño piso. Restos de la cena del día anterior, cuando me quedé dormida a mitad del bocado, estaban todavía en la mesa, al lado de la cama, una cama tan pequeña que, si me movía, me caía. El corazón se me estrujó, los ojos me ardieron y se me emborronó la vista a causa de las lágrimas no derramadas.
«No llores, Maddy» ―me regañé con inquina, quitándome las lágrimas con el dorso de la mano, sintiendo la punzada de aquellas gotas que, como dagas, resbalaban por mi piel.
Admiré mi pequeño piso, un piso de apenas unos metros cuadrados, lo suficiente para entrar una cama de menos de un metro, una pequeña mesa delgada donde tenía una sola hornilla eléctrica que casi no me atrevía a usar por miedo a que la energía aumentara y me fuera imposible pagarla, y una silla sencilla.
Las rodillas me temblaron, los latidos de mi corazón resonaron en mis oídos.
Odiaba mi vida, lo hice desde el momento en el que aquel accidente me condenó, y ya no tuve más tiempo de divertirme, de ser una joven normal, de vivir como cualquiera, en cambio, tenía deudas y deudas que me obligaban a trabajar casi todo el día, y el único tiempo libre que me quedaba entre trabajos lo ocupaba para viajar al siguiente trabajo o para ir al hospital.
Ya no lo soportaba, estaba al borde.
Un hipido lastimero salió de mis labios y me reprendí por ser tan débil.
Temblando, dejé caer el bolso viejo y raído donde llevaba mis pertenencias, y arrastré los pies hasta la cama, mordiéndome los carrillos para no llorar, para soportar un poco más. Si me rendía y lloraba…, no iba a poder seguir adelante.
Me senté en la cama y dejé que mi cabello negro cubriera mi rostro.
¿Cuánto tiempo llevaba de aquella manera…? Ya ni siquiera recordaba cuando mi vida era como la de cualquier adolescente, la de una joven promedio que apenas estaba comenzando su vida de adulto, con el inicio de la universidad, de una vida nueva que promete mil sueños por cumplir.
Pero todo se desdibujó en el accidente que me arrebató a mis padres y me hizo responsable de mi hermanito…
Aquel maldito accidente en el que mi vida cambió, en el que los frenos del coche de papá dejaron de funcionar y nos precipitamos por un risco. Ellos murieron al instante, o eso es lo que me dijeron los oficiales. En realidad, yo no iba en el coche, se suponía que iban de vacaciones, un viaje al que no quise ir porque quería quedarme con mi pareja. Cuando levanté el móvil después de tres llamadas, dejando «desamparado» a mi novio de aquel entonces, Rya, mi alma murió junto a mi familia. Al principio no comprendí las palabras del oficial encargado de darme la noticia, después de todo, estaba desnuda, al lado de mi novio que no dejaba de tocarme los senos que tanto amaba succionar, de meterme la mano entre las piernas, rogándome para que volviera a tomar su pene con mis labios turgentes, algo que paré de hacer al ver la insistencia de la persona que estaba llamándome.
Cuando pedí que me repitiera lo que dijo, mi mente se cerró con aquellas palabras que desmoronaron el piso bajo mis pies. Esas palabras se enquistaron en mi psique y me arrastraron a un mundo oscuro, un mundo donde lo único que hacía era trabajar para mantener conectado a mi hermanito, para mantener con vida al único familiar que me quedó.
El oficial trató de ser amable, sensible, pero ¿cómo se le dice a una persona que se ha quedado huérfana en un segundo, y que ahora está a cargo de la vida de un pequeño niño de ocho años que necesita respiración asistida?
Los primeros días, me la pasé en el hospital y familiares: tíos, primos, entre otros, vinieron a verme, a «tratar» de ayudar, incluso más de alguno se hizo cargo de los preparativos funerarios de mis padres. Por supuesto que fueron amables, que trataron de ofrecer sus ayudas económicas, pero todo eso se acabó con el tiempo. Con el funeral, muchos volvieron a sus vidas, y cuando una tía ofreció comprarme la casa para que pudiera pagar las deudas, no pude negarme.
No pude conservar lo que a mis padres tanto les costó obtener, no hubo forma, ¿cómo lo haría si los gastos médicos eran tan altos?
La casa, el coche, las cuentas bancarias, mi cordura, todo fue mermando. Los primeros meses no lo sentí tanto, pero después, cuando me deshice de los últimos muebles… Fue hasta que la deuda subió a casi seis cifras que entendí que un solo trabajo no serviría y comencé a esclavizarme.
Nunca consideré renunciar a León, mi hermanito, hasta hacía unas horas, cuando mi alma quedó apresada en un agujero negro que me hizo salir corriendo por mi vida, con la necesidad acuciante de parar la rueda que me mantenía atada no solo a la rutina, sino también a los malos tratos, al abuso, a mil cosas en las que no quería pensar, y para colmo, sin encontrar una salida a mis deudas que casi nunca disminuían.
De no ser por el tratamiento experimental en el que entré…, solo digamos que no podría haber mantenido a León unas semanas más en el hospital, pero era dinero, por mucho que era, no fue suficiente, y los efectos colaterales…
Resoplé cuando el dolor punzó en mis pechos y la leche no tardó en salir de mis pesadas tetas que estaban más grandes y redondas que nunca, casi parecían desafiar la ley de la gravedad.
Inspiré hondo, cansada, a punto de llorar, con las emociones y las hormonas alborotadas.
Sin pensarlo, me quité la camisa del trabajo, del segundo trabajo, y casi me arranqué el sostén, liberando mis tetas. El papel higiénico empapado de leche cayó al suelo.
Jadeé de placer, aliviada por no sentir las incómodas capas de tela que solo apresaban mis senos y me sofocaban.
Destensé los hombros y me recosté en la cama, dejándome llevar por la imperiosa necesidad de exprimirme la leche para acabar con la tensión.
Mis dedos se encontraron con mis pezones rosados, algo irritados gracias a la fricción que ejercía el papel higiénico, misma que solo me ponía más sensible, sin embargo, era la única manera que tenía para evitar manchar las camisas con leche.
Apreté los pezones con cuidado y la leche se derramó, cálida y líquida, calmando el ardor en las perlas rosadas.
El maldito tratamiento experimental me ocasionó una galactorrea que nadie más del experimento sufrió. ¡Vaya suerte de porquería!
Refunfuñé y seguí ordeñándome cual vaca, pese a que la comparación me mataba.
Meterme en aquel experimento fue la última solución que tuve para pagar la deuda que volvió a acumularse. No requería cambiar mis hábitos, de hecho, no se recomendaba tener descanso ni nada por el estilo, se suponía que era un medicamento en la última fase para ser aprobada. La mayoría de los participantes no tuvieron efectos colaterales, y los que sí, no eran muy graves. Y yo creí que también era como ellos, hasta que los pechos comenzaron a dolerme. Era fue el primer síntoma, un dolor, al principio suave, que cada vez se fue acentuando y que me impidió dormir boca abajo. Siempre tuve los pechos más grandes que el promedio, sin embargo, con el medicamento me aumentaron dos tallas, casi sin darme cuenta, hasta que una mañana me puse uno de mis sostenes más «nuevos» y se me salieron por todos lados. Fue… terrible. No obstante, lo peor vino cuando un día me llamó a mandar el gerente de la tienda donde trabajaba como dependiente.
Sus gemidos me estaban torturando, y sus labios eran ambrosía pura. No derramó ni una sola gota, me estaba comiendo de verdad, succionando toda mi leche que se vertía con violencia y abundancia sobre su boca que tragaba y tragaba.―¡Amo Caine! ―grité cuando no pude más, cuando un orgasmo clamó con energía contra las costas de mi psique y no pude hacer más que temblar, sollozar y retorcerme, pegándome a su cara, tomando su cabeza con una mano e impulsándome sobre su rostro, para sentir más, casi hasta ahogarlo, pese a que todavía le quedaba un hueco en su nariz para inhalar hondo, algo que creó cosquillas en mi piel.Estallé con fuerza y me corrí como nunca lo había hecho, con mi sexo mojado hasta lubricar los muslos, con la leche saliendo de mi pezón como una fuente.Jadeante, me agarré al respaldo, quitándole el peso de mi torso a su rostro, algo que lo hizo gruñir y morderme el pezón.En cambio, yo vibré, y traté de recuperar el aliento, pese a que sus labios seguían electrizando mi
―¡Amo Caine! ―suspiré entrecortada.Me dejó ir tras mis palabras.―Ve a la habitación, quítate las medias, sécate y espérame al lado de la cama ―instruyó con los ojos cerrados.Asentí, pese a que no me vio y, como me dijo, salí del baño tras agarrar una toalla, me sequé con cuidado de no espolear mis senos para no derramar más leche valiosa y me quité las medias mojadas con rapidez. Vi las bragas y dudé, pero él no dijo nada de estas, así que las dejé.Inspiré hondo cuando salió del baño, sobre la silla de ruedas, desnudo, con su cuerpo y cabello secos, al menos lo suficiente para no gotear.Mi corazón se agitó cuando sus ojos me repasaron, cuando se quedó observando el pequeño triángulo de tela que cubría mi sexo.Inspiré hondo y me perdí en su torso cincelado, era mismo que me permitió tocarlo de una manera en la que nunca rocé a otro hombre, incluso cuando esa era nuestro primer contacto, sentí una necesidad imperiosa de acoplarme a su cuerpo, de dejarle explorar mi anatomía como s
Su pene era enorme, estaba tan duro, que mi interior palpitó al saberlo tan excitado, pese a que, en realidad, no habíamos hecho mayor cosa. Era blanco, como su cuerpo entero, su piel estaba tensa y su punta era rosada, como sus labios, una vena hinchada y gruesa lo rodeaba desde un lado, subiendo por la bara hasta perderse antes de llegar al capullo. Palpitaba y se movía sobre su torso. Una lágrima sola brillaba en su ojo ciego, tan erótico, que terminé de mojar las bragas por completo.Tragué saliva y subí los ojos a los suyos, que me miraban con ardor, quemando mi piel, mancillándome.Le quité los pantalones por completo, alzándome un poco para no dejar de verlo, para prendarme de esas pupilas oscuras, de sus pozos grises que me admiraban con resquemor, con pasión.―Levántate ―ordenó poniendo una de sus manos sobre mi mandíbula, casi sin moverse para agárrame la cara.Le hice caso, me puse en pie. Me soltó cuando estuve medio parada y luego se alejó, moviendo la silla, quedándose a
Nuestros rostros cerca. Respiré su aliento, su aliento mentolado, fresco, que exhaló sobre mi rostro. Mi tensión se acrecentó, la sangre en mis venas corrió más y más rápido.Lo sentí, sentí su dureza pugnando contra mi sexo. Sus manos se tensaron contra mi trasero.―Quí-ta-te-lo ―repitió por tercera vez, remarcando cada silaba, con sus ojos en mis labios entreabiertos por donde estaba respirando desde que sus dedos se incrustaron en mi culo.Tragué saliva, cerrando la boca y me perdí en sus ojos demandantes.Como pude, con la mano entre su pecho y mis senos, bajé el cierre del vestido, despacio, temblando.Gruñó desesperado y, sin aguardar, sus manos se fueron al escote, soltándome, lo que me hizo agarrarlo de los hombros para no caer, porque, pese a estar en una silla de ruedas, era fuerte y se movió con rapidez. Sus manos tomaron el vestido del escote, tocando mi piel sin querer y… lo destrozó, la tela se rasgó por completo y el cierre se arruinó cuando estiró con fuerza.Mis tetas
Último capítulo