Mundo ficciónIniciar sesiónEran las cuatro de la tarde cuando Sofía me llamó y me dijo que había visto un coche negro aparcado frente a mi edificio universitario durante toda la mañana.
—¿Uno de los de Alejandro? —pregunté, aunque algo en mi pecho me decía que no. —No lo reconocí —dijo—. Matrícula cubierta. Dos hombres dentro. Lucía, llevan ahí desde las ocho de la mañana. No se movieron en ningún momento. Colgué y me quedé mirando mi teléfono. Luego escuché, desde la planta baja, la voz de Renzo hablando por teléfono con un tono de urgencia que no intentaba disimular: —Los de Martínez se están moviendo. Buscan algo. O a alguien. Salí al pasillo. Renzo me vio y bajó la voz de inmediato, girándose hacia la pared. Pero ya era tarde. Me cambié despacio en mi habitación, pensando. Si alguien me estaba vigilando en la universidad, no era para protegerme. Y si Renzo hablaba de que buscaban a alguien, las posibilidades eran limitadas. Yo era la pieza más fácil de la familia. La que Alejandro no había blindado porque siempre había creído que nadie se atrevería. Salí al jardín a las cinco. Las nubes se habían acumulado en el cielo durante toda la tarde y el aire olía a tormenta inminente, a ozono y tierra seca a punto de mojarse. Me senté en el banco de piedra con las manos entrelazadas sobre las rodillas, mirando las primeras gotas tocar el suelo. Lo sentí antes de escucharlo. Esa sensación en la nuca, ese calor específico que había aprendido a reconocer en dos días como la señal de que él estaba cerca. —Esta vez sí te vi entrar —dije sin girarme. —El punto del muro —respondió Adrián desde atrás—. Sigo teniendo ventaja. Se sentó a mi lado en el banco. No demasiado cerca. Lo suficientemente cerca como para que yo notara el calor que irradiaba su brazo junto al mío. La lluvia empezó en serio. Gruesa, directa, sin preámbulos. Ninguno de los dos se movió. —¿Por qué viniste hoy? —pregunté, mirando cómo el agua oscurecía el suelo de gravilla. —Porque hay un coche con dos hombres de Dante Reyes aparcado frente a tu facultad —dijo—. Y porque si Dante sabe que eres la hermana de Alejandro y que Alejandro está ocupado con los contenedores esta noche, la aritmética es simple. Me giré para mirarlo. El agua le corría por la cara, por la mandíbula, por el cuello. No pareció importarle. —¿Quién es Dante Reyes? —El tercer jugador —dijo—. El que no aparece en ninguna negociación porque nunca negocia. Compra, roba o elimina. No tiene territorio propio, usa el de otros. Y lleva meses buscando una palanca contra tu hermano. —¿Y esa palanca soy yo. No fue una pregunta. Él tampoco lo trató como tal. —Eres lo más desprotegido que tiene Alejandro —dijo—. Lo que más le importa. Y lo que menos ha blindado porque cree que su nombre es protección suficiente. —Hizo una pausa—. No lo es. La lluvia arreciaba. Estábamos completamente empapados y ninguno de los dos hacía el menor intento de moverse hacia la protección del porche. —¿Por qué me dices todo esto? —pregunté—. Si en algún momento quisiste usarme también… —Lo estoy descartando —dijo, tan directamente que me cortó la siguiente frase. —¿Por qué? Me miró. No con el análisis frío de las veces anteriores. Con algo distinto, más directo y menos cómodo para él. —Porque no eres lo que esperaba —dijo—. Y porque hacerte daño no resuelve nada. Solo añade una deuda más a una lista que ya es demasiado larga. El agua nos rodeaba. El jardín se había convertido en una isla borrosa en medio de la tormenta, y los dos seguíamos en el banco como si el mundo exterior hubiera dejado de existir temporalmente. —Mi hermano mueve los contenedores esta noche —dije. Lo vi tensarse apenas. —¿Cuándo? —No sé la hora exacta. Ruta desconocida. Solo Renzo y Carmelo saben. Silencio. Lluvia. El sonido del agua golpeando las hojas del rosal. —¿Por qué me lo dices? —preguntó, y había algo genuinamente incierto en su voz. Como si no esperara esa respuesta. —Porque me preguntaste si mi padre hizo algo malo —dije—. Y porque lo que encontré esta mañana en la lavandería y lo que escuché en el sótano me dice que lo que mueven esos contenedores puede hacerle daño a gente que no tiene nada que ver con esta guerra. —Lo miré—. No te lo digo por ti. Te lo digo para que puedas detenerlo antes de que eso pase. Me miró durante un largo momento, con esa intensidad que yo ya había aprendido a sostener sin apartar los ojos. —¿Qué quieres a cambio? —preguntó. —La verdad completa sobre mi padre —dije—. No fragmentos. No lo que creas que puedo soportar. Todo. —Eso puede romperte cosas que no tienen arreglo. —Prefiero romperme con la verdad que seguir entera con una mentira. Algo cruzó su cara. Algo viejo y cansado y, por primera vez desde que lo conocía, vulnerable. —De acuerdo —dijo. Y entonces, sin que ninguno de los dos tomara una decisión consciente, sin que hubiera un momento claro de antes y después, sus dedos encontraron los míos sobre el banco empapado. No fue un gesto romántico. Fue el gesto de dos personas que acaban de hacer un pacto en medio de una tormenta y necesitan un punto de contacto real para confirmarlo. Me quedé completamente quieta. Su mano era grande y cálida a pesar del frío del agua. Sus nudillos, con esas cicatrices finas que había notado la primera noche, me rozaron los dedos. Levantó los ojos hacia mí. Yo no aparté los míos. Y en ese momento, con la lluvia cayendo a nuestro alrededor y la ciudad entera ajena a todo lo que estaba pasando en ese jardín, supe que el pacto que acabábamos de hacer era mucho más que información a cambio de verdad. Era el inicio de algo que ninguno de los dos iba a poder controlar. Nos separamos antes de que alguien pudiera vernos. Él se fue por el muro. Yo entré a la casa empapada, con el corazón en un estado que no sabía cómo describir. Esa noche, a las once, escuché los coches de Alejandro salir hacia el puerto. Y a las doce, escuché las sirenas.






