Pasaron tres días antes de que Adrián hablara de ello de nuevo.
No porque lo evitara. Sino porque algunas cosas necesitan tiempo de digestión antes de poder articularse, y él era de los que no articulaban hasta que tenían algo real que decir.
Cuando lo dijo, fue en el desayuno. Un miércoles de noviembre con lluvia en las ventanas y café que todavía estaba caliente.
—Quiero ir a buscar a la abogada de Carmen Solís —dijo.
Lo miré.
—¿Para qué?
—Para saber si hay más —dijo—. Las cartas son lo que e