El beso terminó con un suspiro compartido. Mis labios ardían, mi corazón latía como un tambor en mi pecho, y mis manos aún estaban enredadas en su cabello oscuro. Pero antes de que pudiera encontrar las palabras para lo que sentía, un ruido seco rompió el hechizo.
Un chasquido, apenas perceptible, como el crujido de una rama. Mi cuerpo se tensó, y Adrián lo notó de inmediato. Sus ojos se oscurecieron, y su mandíbula se endureció.
—¿Qué fue eso? —pregunté, mi voz temblando mientras miraba hacia