Volví a casa como quien camina por debajo del agua.
Todo tenía el mismo aspecto de siempre: las mismas paredes, el mismo olor a café y madera vieja, el mismo retrato de familia en el descansillo donde mi padre sonreía con una mano en el hombro de Alejandro y la otra en el mío. Tenía yo once años en esa foto. Él cuarenta. Sonreíamos los tres.
Alejandro había matado a mi padre.
La frase daba vueltas en mi cabeza como una piedra en una máquina de lavar, sin desgastarse, sin perder un solo ángulo