Capítulo 3: Marcas en la piel

Alejandro tenía el mapa extendido sobre la mesa del sótano cuando yo bajé a buscar agua a las siete de la mañana.

No debería haber bajado por las escaleras traseras. Normalmente usaba la cocina principal. Pero esa mañana algo me llevó por el pasillo secundario, y la puerta del sótano estaba entreabierta, y las voces de dentro llegaban con suficiente claridad como para detenerme sin querer.

—Los de Valente se están moviendo hacia el norte —decía Renzo—. Tres coches vistos en el perímetro del puerto anoche.

—¿Cuántos hombres? —preguntó Alejandro.

—No lo sabemos con certeza. Pero si van por los contenedores, necesitamos adelantar el envío.

Silencio. El tipo de silencio que antecede a una decisión.

—Muévelo para esta noche —dijo Alejandro—. Y que nadie sepa la ruta excepto tú y Carmelo. Nadie más. Si hay una filtración, quiero saber quién es antes de que llegue a sus oídos.

Retrocedí despacio, pegando la espalda a la pared. El corazón me golpeaba con fuerza. Contenedores. Puerto. Esta noche. Las mismas palabras que Adrián había usado apenas unas horas antes.

Me fui a la cocina sin hacer ruido y me preparé el café con las manos firmes por puro esfuerzo de voluntad.

¿Qué había en esos contenedores?

La pregunta me acompañó toda la mañana. Me acompañó mientras Alejandro desayunaba a mi lado hablando de cosas normales, de si había dormido bien, de si necesitaba dinero para la universidad. Me acompañó cuando besó mi frente y me dijo que iba a salir y que no tardaba.

Cuando se fue, me quedé sola en la casa grande con tres guardias en la planta baja y demasiados pensamientos.

Fui al cuarto de la lavandería, donde los empleados guardaban cosas sin orden aparente. Detrás del armario de los detergentes, apiladas contra la pared, había cuatro cajas de madera sin marcar. Las había visto antes sin prestarles atención. Ahora me agaché y forcé la tapa de una con una llave vieja que encontré en el cajón.

Armas.

Pistolas envueltas en tela oscura, ordenadas con una precisión que contrastaba con el desorden del resto del cuarto. Nuevas. Sin número de serie visible.

Cerré la caja. Me levanté. Me alejé.

No era la primera vez que había armas en esta casa. Sabía desde niña en qué mundo vivía. Pero algo en la imagen, combinada con lo que había escuchado en el sótano y lo que Adrián me había dicho de madrugada, me produjo una náusea que no era solo miedo sino algo más específico. Una sospecha que no quería terminar de formarse.

Salí al jardín trasero a las once de la mañana. Necesitaba aire. Necesitaba espacio entre mis pensamientos y las paredes de esa casa.

El jardín era amplio y descuidado, lleno de hierba alta y un viejo rosal que nadie podaba desde hacía años. Me senté en el banco de piedra junto al muro y cerré los ojos.

—Encontraste algo.

No grité. Lo cual decía bastante sobre el estado en que me había dejado la noche anterior: ya esperaba su voz en lugares donde no debería estar.

Abrí los ojos. Adrián estaba de pie a cuatro metros, al otro lado del rosal. Vestía diferente que la noche anterior, más informal, pero llevaba la misma expresión de siempre: atenta, reservada, calculando cada milisegundo.

—¿Cómo entraste? —pregunté.

—El muro del fondo tiene un punto sin cámara —dijo—. Lo tiene desde hace dos años. Tu hermano debería arreglarlo.

—Le daré el mensaje. —Me levanté—. ¿Qué quieres ahora?

—Saber qué encontraste. —Dio un paso hacia el rosal, pero no lo cruzó. Como si respetara una línea que yo no había trazado pero que él veía—. Estás diferente que esta mañana. Algo te afectó.

—¿Me estabas mirando esta mañana también?

—Estaba comprobando que estuvieras bien.

—Eso no es lo mismo que no estar espiándome.

Su boca se movió. Casi fue una sonrisa.

—¿Qué encontraste, Lucía?

Lo miré durante un largo momento. Pensé en Alejandro. Pensé en las cajas. Pensé en la pregunta que llevaba horas dando vueltas en mi cabeza y que no me atrevía a hacerle a mi hermano.

—Armas —dije—. Sin marcar. En la lavandería.

Algo cambió en su expresión. No fue sorpresa. Fue confirmación.

—¿Cuántas cajas?

—Cuatro que vi. Puede haber más.

Asintió lentamente, los ojos fijos en algún punto detrás de mí mientras procesaba la información.

—Adrián. —Esperé a que me mirara—. ¿Qué hay en los contenedores del puerto?

—Cosas que no deberían moverse —dijo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta más segura que puedo darte ahora mismo.

Me acerqué un paso. Cruzamos el rosal al mismo tiempo sin darnos cuenta, y de repente había menos de un metro entre nosotros y el aire entre los dos era diferente, más denso, cargado de algo que no era solo tensión.

—Mi padre —dije, bajando la voz—. ¿Qué hizo?

Su mandíbula se apretó.

—Lucía…

—No me trates como si fuera una niña a la que hay que proteger de la verdad —dije—. Llevo años viviendo en esta casa sin que nadie me explique nada. Mi padre murió y Alejandro nunca me dijo cómo de verdad. Llevo diez años con media historia. —Sostuve su mirada—. Quiero la otra mitad.

El silencio duró lo suficiente para que el viento moviera las ramas del rosal entre nosotros.

—Tu padre se llamaba Rafael Martínez —dijo al fin, con una voz que era más baja y más cansada—. Y hace doce años, falsificó contratos de exportación usando el nombre de mi padre. Hundió el negocio familiar, dejó deudas que tardamos años en pagar y destruyó la reputación de un hombre honrado. Mi padre no sobrevivió a eso. —Hizo una pausa—. No de la manera que importa.

Lo miré. Lo miré de verdad.

—¿Tu padre murió por eso?

—Murió dos años después. Enfermo, arruinado, sin poder probarlo porque las pruebas habían desaparecido. —Sus ojos eran oscuros y completamente serios—. Así que sí. Tu padre destruyó mi familia. Y cuando yo tuve edad y recursos para investigarlo, ya era demasiado tarde para la justicia legal. Así que busqué otro tipo de justicia.

El mundo se reconfiguró debajo de mis pies. No de golpe, sino despacio, como cuando una imagen que creías entender cambia de ángulo y ya nunca puedes volver a verla como antes.

—¿Y yo? —dije, con una voz que casi no reconocí—. ¿Soy parte de esa otra justicia?

Me miró durante tres segundos que pesaron más que cualquier cosa que hubiera sentido antes.

—Todavía no lo sé —respondió, y esa honestidad brutal fue más inquietante que cualquier mentira.

Me alejé un paso. Luego otro.

—Necesito que te vayas.

Se fue sin protestar. Sin promesas ni amenazas.

Y yo me quedé en el jardín con el sol cayendo sobre mi cabeza y doce años de historia reescribiéndose en mi interior, preguntándome cuántas otras cosas sobre mi familia eran verdad y cuántas eran la versión que me habían permitido creer.

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