La noche había caído completamente sobre nosotros, y la tensión del enfrentamiento con Alejandro aún flotaba en el aire. Pero en medio de ese caos, Adrián era el único ancla que mantenía mi mundo firme.
Me llevó de la mano hacia la parte más apartada del jardín, un rincón donde la luz de la luna se filtraba a través de los árboles, proyectando sombras que parecían bailar con cada ráfaga de viento. Allí, el silencio era casi sagrado, como si el universo mismo hubiera decidido darnos un respiro.