Llegué a casa quince minutos antes que Alejandro.
Lo sé porque Inés, la mujer que limpiaba dos veces por semana y que llevaba en la casa desde antes de que yo naciera, me vio entrar y me lanzó una mirada de advertencia que valía más que mil palabras. Señaló el reloj con los ojos.
Me senté a la mesa de la cocina con un café y el libro que había estado fingiendo leer durante dos días. Cuando Alejandro entró, yo estaba en la tercera página de siempre.
Me miró durante un segundo más de lo normal.