Mundo ficciónIniciar sesiónEn el corazón de Estados Unidos, bajo el techo de una familia compuesta que aparenta perfección, Savannah Montgomery vive una realidad asfixiante. Tras la unión de sus padres, lo que prometía ser una convivencia tranquila se convierte en un terreno minado de deseo y poder. Benedict y Kaelen Cavendish, sus hermanastros, han crecido bajo un código propio de excesos y privilegios, acostumbrados a reclamar todo lo que desean sin rendir cuentas a nadie. Para los hermanos, compartir nunca ha sido un problema; es parte de su naturaleza depredadora. Al principio, Savannah fue solo un capricho nuevo, un experimento compartido tras puertas cerradas. Sin embargo, lo que se suponía que sería una aventura pasajera pronto se fractura para convertirse en algo mucho más oscuro: una obsesión febril. La inocencia de Savannah se desmorona ante el asedio constante de dos hombres que no conocen límites. Atrapada entre Benedict y Kaelen, se adentra en un juego de dominación sin retorno, donde la moral es un obstáculo que ellos están dispuestos a demoler. Cada encuentro es más intenso que el anterior, cada caricia una marca de propiedad, y cada noche se transforma en una espiral de sexo salvaje que los consume a los tres por igual. En una casa que debería ser un hogar, Savannah descubre que no es una hermana, sino un trofeo en medio de un pacto de sangre. Los hermanos Cavendish han decidido que no permitirán que nadie más la toque, ni que ella intente escapar de la red de placer y posesión que han tejido a su alrededor. En este juego de hermanastros, el deseo es una sentencia, y la única regla es que, una vez que han probado el fruto prohibido, no tienen intención de dejar de devorarlo.
Leer másSavannah Montgomery
El zumbido del motor de mi auto se apagó, pero el zumbido en mi pecho continuaba a toda marcha. Una sonrisa enorme, imposible de ocultar, tiraba de mis labios. Venía manejando todo el camino de regreso desde el campus de la universidad con el corazón dándome vuelcos de pura felicidad. Mi tesis de grado finalmente había sido aprobada, y la mención era oficial prácticamente ya estaba graduada con honores. Sentí una burbuja de alegría pura mezclada con una deliciosa dosis de nervios flotando en mi estómago. Estaba a tan solo unas semanas de ponerme la toga y el birrete, a nada de cruzar la meta final de mis estudios, y tenía unas ganas inmensas de correr a contarle la maravillosa noticia a mis padres. Desabroché mi cinturón de seguridad, tomé mi bolso junto con la pesada carpeta que contenía los archivos impresos del proyecto y bajé del auto a toda prisa. El aire fresco de la tarde me recibió al instante, pero mi sonrisa flaquó un poco en cuanto puse un pie sobre el pavimento de la entrada. Fruncí el ceño, deteniendo mis pasos. Estacionado justo frente a la escalinata principal de la mansión se encontraba uno de los sedanes negros del chofer. Me quedé estática unos segundos, mirando la reluciente y oscura carrocería. Qué extraño. A esta hora de la tarde, mi padre debería estar en su oficina corporativa, al igual que mi madre. La curiosidad me hizo apresurar el paso. Crucé la pesada puerta principal de madera y me adentré en el silencioso vestíbulo de mármol. Caminé con pasos suaves, acomodando la carpeta contra mi pecho casi por instinto, y me dirigí hacia la sala principal al percibir el eco de varias voces. Lo que vi en cuanto me asomé por el umbral me hizo detener el aliento de golpe. Ahí estaban mi madre y mi padre, sentados en los sofás individuales. Pero no estaban solos. Junto a ellos se encontraban dos chicos extremadamente atractivos. Mis ojos se abrieron de par en par y sentí un vuelco extraño en el estómago. Jamás en toda mi vida había visto a dos hombres tan impresionantes. Eran el vivo retrato de la sofisticación británica, pero envueltos en un aura peligrosa y masculina que llenaba por completo la habitación. Al notar mi presencia, la conversación se cortó y mis padres se levantaron de inmediato. —¡Savannah, mi niña, llegaste! —exclamó mi padre con una enorme sonrisa, caminando hacia mí para rodearme en un medio abrazo y darme un tierno beso en la frente. Luego, se giró con orgullo hacia los dos recién llegados—. Quiero presentarte a alguien muy importante. Savannah, ellos son Benedict y Kaelen. Mis hijos. Tus hermanos. Me quedé completamente muda, mirándolos con una sorpresa que me resultó imposible disimular. Claro que yo sabía perfectamente que mi padre tenía dos hijos en el Reino Unido, sin embargo, jamás en estos cinco años los había conocido en persona porque ellos no habían querido venir a los Estados Unidos. Sabía sus nombres, pero no tenía idea de quién era quién, ni mucho menos sabía cuál de los dos era el mayor o el menor; eran muy contemporáneos y la verdad es que no se notaba la diferencia. Además, no se parecían mucho a papá. Ambos poseían una imponente presencia de piel morena, pero sus facciones eran mucho más afiladas y severas. Uno de ellos era un hombre de espaldas anchas y un porte frío que intimidaba con solo mirarlo. Tenía varios tatuajes oscuros que se asomaban con rebeldía por debajo de los puños doblados de su camisa formal, y unos ojos de un color marrón verdoso que me examinaron de arriba abajo con una lentitud calculadora y posesiva. El otro compartía la misma estatura imponente y la tez morena, pero con una fisonomía ligeramente más estilizada y libre de tatuajes. Sus ojos eran de un verde puro y brillante, un tono magnético que contrastaba con la seriedad de su hermano y que guardaba una expresión un poco más dulce, aunque igual de dominante.—Muchachos, ella es Savannah, su hermanita menor —continuó mi padre, mirándolos con firmeza, rompiendo mi parálisis—. Y espero que la traten como tal. En ese preciso instante, vi con total claridad cómo los dos hermanos intercambiaron una mirada rápida. Fue un gesto milimétrico, un destello de complicidad pura en sus ojos, como si se comunicaran así, de forma silenciosa. Entonces, el chico de los ojos verdes se adelantó un par de pasos, reduciendo drásticamente mi espacio personal con una confianza absoluta. —Es un verdadero placer conocerte por fin, Savannah —dijo su voz, arrastrando un acento británico pulcro, espeso y sumamente elegante—. Claro que sí, papá, nosotros nos encargaremos de cuidarla. Con una cortesía impecable, tomó mi mano derecha con firmeza. Elevó mi mano con parsimonia y depositó un beso suave, lento, justo en el torso de mi piel. El contacto me provocó un corrientazo extraño. Sintiéndome repentinamente abrumada, mi corazón comenzó a latir con fuerza y sentí cómo mis mejillas se teñían de un sonrojo caliente.—Yo soy Kaelen —añadió, regalándome una sonrisa de medio lado. Yo sonreí de manera tímida, intentando ocultar los nervios. Al presentarse él, asumí de inmediato que el otro, el que se quedaba atrás observándome en absoluto silencio con una frialdad rígida y una mirada marrón verdosa, se llamaba Benedict. Para romper el denso hielo que se había formado, mi madre intervino de inmediato, colocándose a mi lado. Aunque intentaba sonreír con dulzura, se le veía bastante tensa; era evidente que estaba nerviosa por el hecho de tener a los hijos de su esposo instalados en la casa. —Ellos se van a quedar aquí un par de semanas, mi vida —explicó mi madre—. Mientras encuentran el apartamento perfecto para mudarse. —Así es —asintió mi padre—. Ambos van a ser entrenados para ser los siguientes en asumir la directiva de la empresa. —Me parece excelente. Bienvenidos —atiné a responder con mi habitual tono educado y dulce, asintiendo con la cabeza. —Bueno, ya es hora de comer —anunció mi madre—. Pasemos todos al comedor, por favor. Nos encaminamos hacia el gran comedor formal. Se sentía una tensión extraña en el aire, a pesar de que mi padre se veía completamente feliz, extasiado de tener finalmente a sus dos hijos en el país. Nos sentamos a la mesa; yo tomé mi lugar habitual al lado de mi madre, quedando justo de frente a los hermanos. Durante la cena, el ambiente se llenó con los relatos de negocios. Mi madre y yo nos manteníamos al margen, escuchando con atención cómo ellos hablaban con mi padre. —Los hoteles de la zona norte han duplicado los ingresos este trimestre, papá —comentaba Benedict. Su voz era profunda, de un barítono frío y sumamente maduro que resonaba con autoridad en todo el espacio. —Excelente. Mañana mismo revisaremos los reportes en la oficina —respondió mi padre, plenamente complacido. Mi madre me miraba de reojo con nerviosismo. Para tranquilizarla, estiré mi mano por debajo de la mesa y comenzó a acariciarle la mano suavemente para hacerle saber que todo iba a estar bien. Pero de repente, en medio de ese gesto, sentí cómo algo rozaba mi pierna. Un escarcha me recorrió el cuerpo. No pude evitar bajar un poco la vista por debajo del mantel y me quedé completamente helada al ver que era la pierna de Benedict. Me estaba acariciando descaradamente con su pierna, con un roce lento y firme. ¿Qué diablos estaba haciendo? El aire se me atascó en la ganta y me ahogué a mitad de un trago de agua, soltando una tos abrupta. —¿Estás bien, Savannah? —me preguntó Kaelen de inmediato. Fijó sus ojos verdes en mí con un brillo indescifrable. Yo asentí con la cara ardiendo, mientras mi padre me pasaba apresurado un vaso con agua. —Toma, bebe un poco —dijo mi padre, mirándome con preocupación. Bebí el agua rápidamente, me disculpé con todos y dejé la servilleta sobre la mesa, incapaz de soportar un segundo más de esa audaz cercanía. —Agradezco mucho la cena, pero la verdad es que estoy un poco agotada —dijo, haciendo un esfuerzo para mantener mi voz firme—. Mañana debo entregar una actividad y aún no comienzo. —Pero Savannah, no has tocado la cena —me reclamó mi padre, deteniéndome con la mirada—. Tienes que comer algo. —Lo sé, papá, de verdad lo lamento —le respondí de forma educada y bastante dulce—. Pero no tengo apetito. Sigan disfrutando de la cena sin mí, por favor. Buenas noches y... Bienvenidos. Solo quería huir de ese comedor. Con el corazón acelerado, subí las escaleras corriendo hasta llegar a mi habitación. Me encerré y decidí tomar una ducha larga para quitarme la tensión de encima. Al salir, me acosté. Tenía que terminar mis actividades; estaba a nada de finalizar por completo mis estudios. Me senté en la cama, tomé la computadora y comencé a redactar mi última asignación. Solamente me quedaban tres días de clases y ya finalizaba por completo, esperando con ansias el día de mi graduación. "Si sigues rindiendo así en las pasantías de la empresa, te quedarás fija de inmediato", recordé que mi padre me había dicho semanas atrás en la oficina. Ese pensamiento era mi mayor motivación para concentrarme en la pantalla. Teclé durante horas hasta que perdí por completo la noción del tiempo. De pronto, mi estómago rugió con fuerza y me di cuenta de que ya eran las ocho de la noche. El no haber cenado me estaba pasando factura. Acomodé mi pijama, que consistía en un conjunto de seda; llevaba un short bastante corto y una camisa que me llegaba un poquito más abajo que el propio short. Me aparté el cabello pelirrojo de la cara, abrí la puerta y salí de mi habitación completamente descalza. La mansión estaba sumida en una penumbra silenciosa. Bajé las escaleras sin hacer el menor ruido y caminé hacia la cocina. Entré al lugar y, al abrir la nevera, vi lo que había de frutas. Divisé un envase lleno de fresas, lo saqué y lo coloqué en la isla de granito. Retiré la tapa y comencé a comer un par de fresas con calma. A los pocos segundos, escuché pasos en el pasillo. Me tensé un instante, pero asumí que quizás era mi madre. Relajé los hombros y me dispuse a seguir comiendo. Sin embargo, una enorme silueta se recortó contra la penumbra y una voz gruesa me hizo sobresaltarme —Vaya, miren quién decidió bajar...Savannah Montgomery El vapor de la ducha seguía impregnado en las paredes de mármol del baño, un eco de la intensidad que acababa de consumirnos. Kaelen, con esa mirada todavía cargada de una posesividad embriagadora, me ayudó a limpiar los restos de nuestra entrega bajo el chorro de agua fría, un contraste que hizo que mi piel se erizara y mis sentidos se despabilaran a la fuerza. No intercambiamos palabras, solo gestos un roce de dedos, una mirada que decía más que mil sentencias. Él me vistió con un movimiento experto, casi como si mi cuerpo fuera un maniquí que solo él tenía derecho a vestir, antes de que ambos saliéramos de la habitación, caminando hacia el corazón de la mansión. Al llegar al comedor principal, la escena me detuvo en seco. Benedict ya estaba allí, moviéndose con la precisión de un hombre que tiene el control absoluto de su entorno. Había preparado la mesa con una elegancia impecable; el aroma del café recién hecho y de los panqueques con sirope inundaba el am
Savannah Montgomery Abrí los ojos con lentitud, sintiendo las pestañas pegadas y la boca seca. No tenía la menor idea de qué hora era; el concepto de tiempo se había vuelto irrelevante desde el momento en que crucé el umbral de esta habitación. Podía ser temprano, podía ser mediodía, o quizás el mundo exterior ya se había detenido por completo, dejándonos atrapados en este vacío de sábanas revueltas. Lo primero que registré al girar la cabeza no fue la luz, sino la presencia a mi lado. Kaelen estaba allí, ocupando gran parte de mi espacio vital. El shock inicial de encontrarlo en mi cama, tan cerca de mí, fue un golpe eléctrico. Me quedé helada, con el corazón martilleando contra mis costillas, intentando controlar mi respiración para no despertarlo. Pero, al observar el escenario, mi nerviosismo fue desplazado por una fascinación que me resultó aterradora por lo inevitable. No pude evitar mirarlo. Lo miré con una minuciosidad que rozaba la obsesión. Kaelen dormía con una tranqu
Benedict Cavendish Cerré la llave de la ducha, cortando el flujo de agua caliente que había inundado el baño de un vapor espeso y asfixiante, casi tanto como la tensión sexual que todavía me vibraba en las venas. Tomé una de las toallas blancas y mullidas del toallero y, con un cuidado que raras veces aplicaba en mi vida, comencé a secar el cuerpo de Savannah. Estaba temblando, no de frío, sino por el colapso absoluto de sus fuerzas. Sus piernas apenas podían sostenerla sobre los azulejos húmedos; se balanceaba ligeramente, con la cabeza gacha y el cabello pelirrojo pegado a su espalda, chorreando gotas que se mezclaban con el rastro de nuestra pasión. La envolví en la tela, asegurándome de retirar la humedad de su piel pálida, y luego la cargué en mis brazos una vez más. Su cuerpo se sentía dócil, extrañamente liviano ahora que toda la resistencia inicial había sido erradicada de su sistema. Salí del baño y caminé de vuelta hacia el dormitorio, donde la penumbra de la tarde comen
Savannah Montgomery Me quedé completamente inmóvil sobre el colchón, con la espalda pegada a las sábanas desordenadas y la respiración acelerada, resonando con fuerza en el silencio sepulcral que cayó sobre mi dormitorio. El eco de los gemidos salvajes que habían escapado de mi boca todavía parecía flotar en el aire pesado y denso por el sexo. El pulso me retumbaba con violencia en los oídos, un recordatorio frenético de la locura absoluta que acababa de consumarse en mi propia cama. Tenía los ojos fijos en el techo, incapaz de asimilar lo que mi cuerpo acababa de experimentar. —Voy a bajar a hacer la cena, hermano —escuché decir a Kaelen con la voz pastosa, arrastrando las palabras debido al cansancio y la satisfacción—. Regreso en un rato con la comida hecha para los tres. Necesitamos recuperar fuerzas. —Está bien —respondió Benedict, con su tono de barítono habitual, denso y profundo—. Ve. Yo me encargo de ella. —Benedict, por favor, acompáñala a bañarse —le pidió Kaelen en





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