Mundo ficciónIniciar sesiónEn el corazón de Estados Unidos, bajo el techo de una familia compuesta que aparenta perfección, Savannah Montgomery vive una realidad asfixiante. Tras la unión de sus padres, lo que prometía ser una convivencia tranquila se convierte en un terreno minado de deseo y poder. Benedict y Kaelen Cavendish, sus hermanastros. Para los hermanos, compartir nunca ha sido un problema; es parte de su naturaleza depredadora. Al principio, Savannah fue solo un capricho nuevo, un experimento compartido tras puertas cerradas. Sin embargo, lo que se suponía que sería una aventura pasajera pronto se fractura para convertirse en algo mucho más oscuro una obsesión febril. Entre mentiras y secretos, nada será igual.
Leer másSavannah Montgomery
El zumbido del motor de mi auto se apagó, pero el zumbido en mi pecho continuaba a toda marcha. Una sonrisa enorme, imposible de ocultar, tiraba de mis labios. Venía manejando todo el camino de regreso desde el campus de la universidad con el corazón dándome vuelcos de pura felicidad. Mi tesis de grado finalmente había sido aprobada, y la mención era oficial prácticamente ya estaba graduada con honores. Sentí una burbuja de alegría pura mezclada con una deliciosa dosis de nervios flotando en mi estómago. Estaba a tan solo unas semanas de ponerme la toga y el birrete, a nada de cruzar la meta final de mis estudios, y tenía unas ganas inmensas de correr a contarle la maravillosa noticia a mis padres. Desabroché mi cinturón de seguridad, tomé mi bolso junto con la pesada carpeta que contenía los archivos impresos del proyecto y bajé del auto a toda prisa. El aire fresco de la tarde me recibió al instante, pero mi sonrisa flaquó un poco en cuanto puse un pie sobre el pavimento de la entrada. Fruncí el ceño, deteniendo mis pasos. Estacionado justo frente a la escalinata principal de la mansión se encontraba uno de los sedanes negros del chofer. Me quedé estática unos segundos, mirando la reluciente y oscura carrocería. Qué extraño. A esta hora de la tarde, mi padre debería estar en su oficina corporativa, al igual que mi madre. La curiosidad me hizo apresurar el paso. Crucé la pesada puerta principal de madera y me adentré en el silencioso vestíbulo de mármol. Caminé con pasos suaves, acomodando la carpeta contra mi pecho casi por instinto, y me dirigí hacia la sala principal al percibir el eco de varias voces. Lo que vi en cuanto me asomé por el umbral me hizo detener el aliento de golpe. Ahí estaban mi madre y mi padre, sentados en los sofás individuales. Pero no estaban solos. Junto a ellos se encontraban dos chicos extremadamente atractivos. Mis ojos se abrieron de par en par y sentí un vuelco extraño en el estómago. Jamás en toda mi vida había visto a dos hombres tan impresionantes. Eran el vivo retrato de la sofisticación británica, pero envueltos en un aura peligrosa y masculina que llenaba por completo la habitación. Al notar mi presencia, la conversación se cortó y mis padres se levantaron de inmediato. —¡Savannah, mi niña, llegaste! —exclamó mi padre con una enorme sonrisa, caminando hacia mí para rodearme en un medio abrazo y darme un tierno beso en la frente. Luego, se giró con orgullo hacia los dos recién llegados—. Quiero presentarte a alguien muy importante. Savannah, ellos son Benedict y Kaelen. Mis hijos. Tus hermanos. Me quedé completamente muda, mirándolos con una sorpresa que me resultó imposible disimular. Claro que yo sabía perfectamente que mi padre tenía dos hijos en el Reino Unido, sin embargo, jamás en estos cinco años los había conocido en persona porque ellos no habían querido venir a los Estados Unidos. Sabía sus nombres, pero no tenía idea de quién era quién, ni mucho menos sabía cuál de los dos era el mayor o el menor; eran muy contemporáneos y la verdad es que no se notaba la diferencia. Además, no se parecían mucho a papá. Ambos poseían una imponente presencia de piel morena, pero sus facciones eran mucho más afiladas y severas. Uno de ellos era un hombre de espaldas anchas y un porte frío que intimidaba con solo mirarlo. Tenía varios tatuajes oscuros que se asomaban con rebeldía por debajo de los puños doblados de su camisa formal, y unos ojos de un color marrón verdoso que me examinaron de arriba abajo con una lentitud calculadora y posesiva. El otro compartía la misma estatura imponente y la tez morena, pero con una fisonomía ligeramente más estilizada y libre de tatuajes. Sus ojos eran de un verde puro y brillante, un tono magnético que contrastaba con la seriedad de su hermano y que guardaba una expresión un poco más dulce, aunque igual de dominante.—Muchachos, ella es Savannah, su hermanita menor —continuó mi padre, mirándolos con firmeza, rompiendo mi parálisis—. Y espero que la traten como tal. En ese preciso instante, vi con total claridad cómo los dos hermanos intercambiaron una mirada rápida. Fue un gesto milimétrico, un destello de complicidad pura en sus ojos, como si se comunicaran así, de forma silenciosa. Entonces, el chico de los ojos verdes se adelantó un par de pasos, reduciendo drásticamente mi espacio personal con una confianza absoluta. —Es un verdadero placer conocerte por fin, Savannah —dijo su voz, arrastrando un acento británico pulcro, espeso y sumamente elegante—. Claro que sí, papá, nosotros nos encargaremos de cuidarla. Con una cortesía impecable, tomó mi mano derecha con firmeza. Elevó mi mano con parsimonia y depositó un beso suave, lento, justo en el torso de mi piel. El contacto me provocó un corrientazo extraño. Sintiéndome repentinamente abrumada, mi corazón comenzó a latir con fuerza y sentí cómo mis mejillas se teñían de un sonrojo caliente.—Yo soy Kaelen —añadió, regalándome una sonrisa de medio lado. Yo sonreí de manera tímida, intentando ocultar los nervios. Al presentarse él, asumí de inmediato que el otro, el que se quedaba atrás observándome en absoluto silencio con una frialdad rígida y una mirada marrón verdosa, se llamaba Benedict. Para romper el denso hielo que se había formado, mi madre intervino de inmediato, colocándose a mi lado. Aunque intentaba sonreír con dulzura, se le veía bastante tensa; era evidente que estaba nerviosa por el hecho de tener a los hijos de su esposo instalados en la casa. —Ellos se van a quedar aquí un par de semanas, mi vida —explicó mi madre—. Mientras encuentran el apartamento perfecto para mudarse. —Así es —asintió mi padre—. Ambos van a ser entrenados para ser los siguientes en asumir la directiva de la empresa. —Me parece excelente. Bienvenidos —atiné a responder con mi habitual tono educado y dulce, asintiendo con la cabeza. —Bueno, ya es hora de comer —anunció mi madre—. Pasemos todos al comedor, por favor. Nos encaminamos hacia el gran comedor formal. Se sentía una tensión extraña en el aire, a pesar de que mi padre se veía completamente feliz, extasiado de tener finalmente a sus dos hijos en el país. Nos sentamos a la mesa; yo tomé mi lugar habitual al lado de mi madre, quedando justo de frente a los hermanos. Durante la cena, el ambiente se llenó con los relatos de negocios. Mi madre y yo nos manteníamos al margen, escuchando con atención cómo ellos hablaban con mi padre. —Los hoteles de la zona norte han duplicado los ingresos este trimestre, papá —comentaba Benedict. Su voz era profunda, de un barítono frío y sumamente maduro que resonaba con autoridad en todo el espacio. —Excelente. Mañana mismo revisaremos los reportes en la oficina —respondió mi padre, plenamente complacido. Mi madre me miraba de reojo con nerviosismo. Para tranquilizarla, estiré mi mano por debajo de la mesa y comenzó a acariciarle la mano suavemente para hacerle saber que todo iba a estar bien. Pero de repente, en medio de ese gesto, sentí cómo algo rozaba mi pierna. Un escarcha me recorrió el cuerpo. No pude evitar bajar un poco la vista por debajo del mantel y me quedé completamente helada al ver que era la pierna de Benedict. Me estaba acariciando descaradamente con su pierna, con un roce lento y firme. ¿Qué diablos estaba haciendo? El aire se me atascó en la ganta y me ahogué a mitad de un trago de agua, soltando una tos abrupta. —¿Estás bien, Savannah? —me preguntó Kaelen de inmediato. Fijó sus ojos verdes en mí con un brillo indescifrable. Yo asentí con la cara ardiendo, mientras mi padre me pasaba apresurado un vaso con agua. —Toma, bebe un poco —dijo mi padre, mirándome con preocupación. Bebí el agua rápidamente, me disculpé con todos y dejé la servilleta sobre la mesa, incapaz de soportar un segundo más de esa audaz cercanía. —Agradezco mucho la cena, pero la verdad es que estoy un poco agotada —dijo, haciendo un esfuerzo para mantener mi voz firme—. Mañana debo entregar una actividad y aún no comienzo. —Pero Savannah, no has tocado la cena —me reclamó mi padre, deteniéndome con la mirada—. Tienes que comer algo. —Lo sé, papá, de verdad lo lamento —le respondí de forma educada y bastante dulce—. Pero no tengo apetito. Sigan disfrutando de la cena sin mí, por favor. Buenas noches y... Bienvenidos. Solo quería huir de ese comedor. Con el corazón acelerado, subí las escaleras corriendo hasta llegar a mi habitación. Me encerré y decidí tomar una ducha larga para quitarme la tensión de encima. Al salir, me acosté. Tenía que terminar mis actividades; estaba a nada de finalizar por completo mis estudios. Me senté en la cama, tomé la computadora y comencé a redactar mi última asignación. Solamente me quedaban tres días de clases y ya finalizaba por completo, esperando con ansias el día de mi graduación. "Si sigues rindiendo así en las pasantías de la empresa, te quedarás fija de inmediato", recordé que mi padre me había dicho semanas atrás en la oficina. Ese pensamiento era mi mayor motivación para concentrarme en la pantalla. Teclé durante horas hasta que perdí por completo la noción del tiempo. De pronto, mi estómago rugió con fuerza y me di cuenta de que ya eran las ocho de la noche. El no haber cenado me estaba pasando factura. Acomodé mi pijama, que consistía en un conjunto de seda; llevaba un short bastante corto y una camisa que me llegaba un poquito más abajo que el propio short. Me aparté el cabello pelirrojo de la cara, abrí la puerta y salí de mi habitación completamente descalza. La mansión estaba sumida en una penumbra silenciosa. Bajé las escaleras sin hacer el menor ruido y caminé hacia la cocina. Entré al lugar y, al abrir la nevera, vi lo que había de frutas. Divisé un envase lleno de fresas, lo saqué y lo coloqué en la isla de granito. Retiré la tapa y comencé a comer un par de fresas con calma. A los pocos segundos, escuché pasos en el pasillo. Me tensé un instante, pero asumí que quizás era mi madre. Relajé los hombros y me dispuse a seguir comiendo. Sin embargo, una enorme silueta se recortó contra la penumbra y una voz gruesa me hizo sobresaltarme —Vaya, miren quién decidió bajar...Savannah Montgomery Sin emitir sonido alguno Benedict, me sujetó los hombros y acercó su rostro al mío, sus labios rozando mi oído en un susurro gélido—Cálmate, Savannah. Respira. Actúa como si nada hubiera pasado. No dejes que el miedo te delate.Lo vi moverse con una velocidad inhumana. Recogió su camisa, los pantalones y el resto de sus pertenencias dispersas sobre la alfombra. Cada movimiento suyo estaba cargado de una tensión que casi podía cortarse con un cuchillo. Lo vi deslizarse hacia el baño y cerrar la puerta, dejando un vacío inmenso en el lugar que ocupaba su cuerpo.Respiré profundo, inhalando el aroma a su perfume y al nuestro, una mezcla de sudor y deseo que aún impregnaba el ambiente. Me obligué a ponerme de pie. Mis piernas se sentían como gelatina, pero caminé hacia el espejo con una determinación desesperada. Me coloqué una bata de seda sobre la piel desnuda, asegurándome de ocultar cualquier marca, cualquier huella de nuestra unión. Me deslicé hasta la cama
Alistair Ferrero El eco de mis pasos resonaba en el mármol del pasillo, una cadencia rítmica que marcaba mi determinación. Mi mente era un mecanismo de precisión, calculando cada variable de lo que estaba a punto de suceder. Necesitaba terminar con esto hoy mismo. La farsa de la "familia perfecta" había llegado a su fecha de caducidad.Al abrir la puerta de mi despacho, no me sorprendió encontrar la estancia sumida en una penumbra elegante. Juliette estaba allí, de pie junto a mi escritorio, con una copa de vino en la mano y una postura demasiado rígida, demasiado ensayada. Sabía que ella me estaba esperando; la empleada me había entregado el mensaje, pero la urgencia de Alessandra había sido mi prioridad absoluta.—Sabía que vendrías aquí primero, en lugar de buscarme—dijo ella, con una voz que oscilaba entre el reproche y la necesidad.Me quité la chaqueta y la arrojé sobre el sillón, tomándome un momento para observarla. Su rostro estaba perfectamente maquillado, pero sus oj
Alessandra Dumont El peso de la realidad se había instalado en mis hombros, una carga que ni siquiera la noticia de mi inminente libertad lograba disipar por completo. La marca de la bofetada de Juliette aún palpitaba en mi mejilla, una señal física de la urgencia que sentía por alejarme un momento, al menos poner distancia entre nosotras.—. Antes de cualquier otra cosa... necesito ir al cementerio. Hoy.Él no se inmutó. Sus ojos, profundos y analíticos, me observaron con una comprensión que me desconcertó. Parecía leer mis intenciones, mis deseos ocultos y la necesidad imperiosa de cerrar un ciclo antes de iniciar el siguiente.—Entiendo —respondió, su voz firme y desprovista de cualquier sentimentalismo innecesario—. Ve al cementerio, Alessandra. Tómate el tiempo que necesites. Yo iré por ti más tarde, cuando hayas terminado. Te llevaré personalmente al apartamento.Antes de que pudiera responder, una de las empleadas de la casa apareció al final del pasillo, deteniéndose al v
Alessandra Dumont El vapor del baño todavía se aferraba a mi piel, un calor residual que contrastaba con el aire acondicionado gélido de la mansión. Salí envuelta en mi bata de baño blanca, sintiendo el tejido suave contra mi cuerpo mientras caminaba hacia la cama. Allí, como una intrusa en mi propia habitación, estaba mi maleta, abierta y esperando. Con movimientos precisos, comencé a sacar la ropa sucia que acumulé durante el viaje, depositándola en el cesto, y luego empecé a organizar la ropa limpia, colgando cada prenda con esmero. Estaba a punto de meter una blusa en el clóset cuando un suave golpe en la puerta interrumpió mi labor.Debe ser Alistair, pensé con una chispa de emoción contenida.Con una pequeña y genuina sonrisa curvando mis labios, me apresuré hacia la entrada, convencida de que era él quien venía a buscarme. Giré el pomo y abrí la puerta de inmediato, pero al encontrarnos cara a cara, el rostro que vi no fue el de Alistair, sino el de mi madre. Mi sonrisa no d
Último capítulo