Savannah Montgomery
Salí de la oficina corporativa como si me persiguiera un fantasma. No miré atrás, no me detuve en mi cubículo a recoger nada más que mi bolso y bajé por el ascensor privado rezando para no encontrármelos en el vestíbulo. Manejé de regreso a casa con las manos pegadas al volante, con los labios todavía entumecidos y calientes por el beso salvaje de Benedict, y con esa maldita humedad persistente entre mis piernas que me recordaba la traición de mi propio cuerpo.
Cuando po