Mundo ficciónIniciar sesiónSavannah Montgomery
El despertador ni siquiera llegó a sonar. Me desperté de golpe cuando el reloj de mi mesa de noche apenas marcaba las cinco y media de la mañana. Tenía los ojos abiertos de par en par, fijos en el techo blanco de mi habitación, y el cuerpo rígido como una estatua. No había dormido casi nada; pasé la noche dando vueltas entre las sábanas, saltando de una pesadilla a un recuerdo distorsionado donde unos ojos marrones verdosos y otros de un verde brillante me acorralaban en la oscuridad. Me levanté de la cama con el corazón latiéndome en la ganta. Me moví con una agilidad felina, casi sin respirar, decidida a abandonar la mansión lo más rápido posible, escondida, sin que nadie en absoluto notara mi presencia. Me puse unos pantalones de vestir oscuros, una blusa pulcra de color marfil y unos zapatos de tacón bajo. Recogí mi cabello cobrizo en una coleta alta, tomé mi bolso, la valiosa carpeta de la universidad y abrí la puerta de mi habitación milímetro a milímetro. El pasillo estaba sumido en un silencio sepulcral. Caminé de puntillas, conteniendo el aliento cada vez que la madera parecía emitir el más mínimo crujido, y bajé las escaleras flotantes con la mirada fija en las puertas de las habitaciones de los huéspedes. No quería topármelos. No estaba lista para verlos con la luz del día. Crucé el vestíbulo principal, abrí la pesada puerta de la entrada con un sigilo ensayado y salí corriendo hacia mi auto. En cuanto cerré la puerta del vehículo y encendí el motor, dejé salir todo el aire que había estado retinando en mis pulmones. Enganché la marcha y manejé mi auto hacia la universidad a toda prisa, alejándome de esa casa como si estuviera escapando de un incendio. Sin embargo, el verdadero problema no estaba detrás de mí, sino en mi propia mente. Mientras mis manos apretaban el volante y mis ojos se mantenían fijos en la autopista, no pude evitar pensar en lo que había sucedido anoche. La imagen se reproducía en mi cabeza como una cinta de película maldita: Benedict, semidesnudo, con sus tatuajes oscuros grabados en la piel morena, mordiendo esa fresa con una cadencia tan caliente y seductora que me erizaba los vellos de la nuca; y luego Kaelen, colocándose detrás de mí, rozando mi espalda con su pecho desnudo mientras me susurraba al oído con una voz ronca que todavía me hacía vibrar. Cada vez que lo pensaba, cada vez que esos recuerdos asaltaban mi mente, mi corazón latía muy fuerte, con una violencia que me asustaba. Era una reacción física e involuntaria que no podía controlar por más que me repitiera a mí misma que eran mis hermanos, que era una locura y una total falta de respeto hacia mi familia. Cuando por fin llegué a la universidad, estacioné el auto de un solo golpe. Me bajé respirando hondo, tratando de adoptar mi fachada de estudiante perfecta y centrada. Caminé a paso firme por los pasillos del campus, ignorando los saludos casuales de algunos compañeros, y fui directamente hacia el salón de clases del bloque principal, donde tenía que entregar mi actividad final. Entré, crucé el aula y le entregué la carpeta firmada a la profesora. En cuanto el documento estuvo en sus manos, sentí un peso menos sobre mis hombros. No me quedé a socializar. Me giré sobre mis talones y salí del salón, cruzando el estacionamiento para subir de nuevo a mi auto y dirigirme sin perder tiempo hacia la empresa. La constructora de mi padre era mi lugar seguro, o al menos eso era lo que yo creía. Hasta ayer, yo me desempeñaba como la secretaria personal de mi padre. Él había diseñado ese puesto especialmente para mí porque me estaba entrenando para ser arquitecta, él claro que tenía a su secretaria principal pero yo los ayudaba también y eso en daba la oportunidad de estar cerca de él todo el tiempo, aprender de él. Mi padre es un arquitecto brillante, reconocido en todo el país, un hombre al que yo admiro muchísimo y del cual quiero aprender absolutamente todo lo que se pueda. Trabajar a su lado, revisar sus planos, ver cómo transformaba líneas abstractas en imponentes estructuras de concreto y cristal, era mi mayor pasión. Llegué al enorme edificio corporativo, subí por el ascensor hasta el piso ejecutivo y caminę por el pasillo alfombrado. Lo primero que hice, como cada mañana, fue sentarme en mi oficina. Encendí la computadora y me dispuse a revisar minuciosamente la agenda de mi padre para todo el día: llamadas con inversionistas, revisión de obras en el norte de la ciudad y un almuerzo de negocios. Una vez que organicé los documentos necesarios, me levanté de mi asiento, tomé la tableta corporativa y salí de mi oficina encaminándome directamente hacia la oficina de mi padre para hacer la lectura matutina de sus compromisos. Giré el pomo de la puerta y entré con una sonrisa profesional en el rostro, pero la palabra "buenos días" se me congeló a mitad de la garganta. Me sorprendí por completo al ver que ahí no solo estaba mi padre. Sentados en las sillas de cuero frente al gran escritorio de caoba estaban Kaelen y Benedict, vistiendo trajes de tres piezas hechos a la medida que los hacían lucir imponentes, masivos y peligrosamente elegantes. La luz de la mañana entraba por el enorme ventanal de la oficina, delineando las facciones afiladas de ambos. Me tragué los nervios, acomodé la tableta contra mi costado y les di los buenos días de forma estrictamente profesional, manteniendo mi postura erguida. —Buenos días, papá. Buenos días, señores Cavendish —dije, usando mi tono más formal. Me acercé al escritorio y miré fijamente a mi padre, evitando desviar la vista hacia los lados—. Papá, aquí tengo los detalles de tus reuniones. ¿Necesitas que te diga la agenda de hoy para comenzar? Mi padre levantó la vista, regalándome una mirada llena de afecto y calidez, sin embargo, hizo un gesto con la mano para que guardara la tableta. —No, mi niña, no es necesario —me dijo con una voz tranquila y jovial—. De hecho, la agenda va a cambiar por completo para ti a partir de este momento. Ya no vas a ser mi secretaria, Savannah. Parpadeé confundida, sintiendo un leve vuelco en el estómago. —¿No? —alcancé a preguntar. —No —asintió mi padre, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. Como estás a tan solo unas semanas de graduarte y ya tienes todos los conocimientos teóricos, he decidido que es hora de que des el siguiente paso en tu carrera. A partir de hoy, vas a trabajar directamente con Benedict y con Kaelen. El suelo pareció moverse bajo mis pies. Sentí que la sangre se me congelaba en las venas y miré a mi padre con los ojos desorbitados, aunque intenté disimular mi pánico absoluto. —Ellos son muy buenos arquitectos, Savannah —continuó mi padre con orgullo, señalando a sus hijos—. Tienen una trayectoria impecable en Europa y conocen las últimas tendencias de diseño. He decidido que, entre los tres, te vamos a entrenar para que seas la mejor arquitecta de esta firma. Van a compartir proyectos, revisar planos y trabajar en equipo, ellos se ofrecieron. Yo sabía perfectamente que mi padre lo hacía con una muy buena intención. Sabía que él me amaba y que esto era el mayor voto de confianza que podía darme para mi futuro profesional. Mi padre no tenía la más mínima idea de lo que había sucedido anoche en la penumbra de la cocina, ni de la tensión prohibida que se había instalado entre nosotros. Pero a mí, esa noticia me ponía demasiado nerviosa. Me costaba respirar. Sentía una presión asfixiante en el pecho, pero sabía que no podía decirle que no a mi padre. No tenía una excusa válida para rechazar una oportunidad tan brillante sin levantar sospechas. —Muchas gracias, papá... está bien. Es una excelente oportunidad —logré decir, esforzándome para que mi voz no temblara, forzando una sonrisa amable. En ese instante, cometí el error de mirarlos. Kaelen sonrió levemente, una expresión astuta y divertida que me hizo saber que estaba disfrutando enormemente de mi incomodidad. Benedict, por su parte, no sonrió se me quedó mirando fijamente con esos ojos marrones verdosos, con una intensidad tan densa y oscura que sentí que me desnudaba con la mirada. Me miraba como si quisiera devorarme allí mismo, sin importarle que mi padre estuviera a menos de un metro de distancia. Mi padre, sumido en sus propios pensamientos y en la felicidad de ver a sus hijos integrados, no percibió absolutamente nada del lenguaje no verbal que flotaba en el ambiente. —Perfecto —dijo mi padre, levantándose de su sillón—. Te vas a quedar con la misma oficina que tienes, Savannah, ya que es espaciosa y cómoda. Las oficinas de tus hermanos van a estar también en ese mismo piso, justo en el pasillo de al lado, así que estarán a unos pocos pasos de distancia para cualquier consulta de los proyectos. Sin embargo, no te preocupes por el trabajo administrativo; cada uno de ustedes va a tener una secretaria asignada para que pueda organizarlos con sus agendas y llamadas. Tú te enfocarás netamente en el diseño y la arquitectura junto a ellos. —Entendido, papá —asentí, apretando los puños a mis costados para ocultar el temblor de mis manos. De pronto, la voz profunda y barítona de Benedict rompió el hilo de la conversación, haciendo que me tensara por completo. —Papá, creo que Savannah tiene algo importante que contarte —soltó Benedict, fijando sus ojos en mí con una frialdad calculadora—. ¿Por qué no le dices a tu padre lo que me dijiste anoche? Un frío helado me recorrió la espina dorsal. Me quedé completamente paralizada, sintiendo que el aire se me escapaba. ¿Anoche? ¿A qué se refería? ¿Iba a hablar de lo que pasó en la cocina? Mis pensamientos se volvieron un caos absoluto y el pánico se apoderó de mí. —¿A... a qué te refieres, Benedict? —pregunté, tartamudeando levemente, con los ojos abiertos de par en par, suplicándole internamente con la mirada que no dijera nada. Kaelen soltó una pequeña risa baja y paternalista, interviniendo para sacarme del pozo de terror en el que me había hundido. —Sobre la tesis, Savannah. Háblale a papá sobre tu tesis —dijo Kaelen, mirándome con un brillo divertido. Al escuchar la palabra "tesis", sentí que el alma me volvía al cuerpo. Me relajé un poco, soltando un suspiro imperceptible, y una pequeña sonrisa genuina apareció en mis labios al recordar mi logro. Miré a mi padre, dejando atrás por un segundo el miedo a los hermanos. —Es verdad, papá... —dije, con la voz más dulce y clara—. Oficialmente me aprobaron la tesis esta mañana. Prácticamente ya estoy graduada. Y de hecho, la profesora me dijo que me voy a graduar con honores, porque tengo las mejores notas de toda la facultad en esta promoción. En cuanto terminé de hablar, el rostro de mi padre se iluminó por completo. Soltó una exclamación de alegría, rodeó el gran escritorio de caoba con pasos rápidos y se acercó a mí. Me rodeó con sus brazos en un abrazo fuerte, protector y lleno de un amor paternal tan puro que no pude evitar que mis ojos se cristalizaron por la emoción. —¡Sabía que lo lograrías, mi niña! Estoy tan sumamente orgulloso de ti —me dijo al oído, apretándome contra su pecho—. Siempre supe que llegarías lejos, Savannah. Escuchar esas palabras era todo lo que yo había esperado durante años. Era lo que más deseaba escuchar de él en este mundo. Este hombre me había adoptado como si fuese su propia hija de sangre, me había dado un hogar, su amor incondicional y una vida llena de oportunidades desde que entró a la vida de mi madre. Yo lo adoraba con toda mi alma y, definitivamente, jamás en la vida quería decepcionarlo. Sentir su orgullo me hizo derramar una pequeña lágrima de felicidad que limpié rápidamente con mi dedo al separarme de él. Mi padre se separó sonriendo, pero luego su expression se volvió un poco más seria y profesional.—Bueno, muchachos, aprovechando este momento, debo darles un aviso —dijo mi padre, mirando a los tres—. Debo salir de la oficina ahora mismo. De hecho, me voy a ir de viaje durante un par de días junto a Eleanor. Necesitamos viajar a la sede del norte para hacer un par de trámites legales y firmas de escrituras que requieren nuestra presencia obligatoria. Pero no se preocupen, regresaré a mitad de la próxima semana para poder sentarme con los tres y entrenarlos formalmente en el nuevo proyecto hotelero. Asentí con la cabeza, intentando mostrarme comprensiva, pero por dentro, una bomba de pánico acababa de estallar en mi estómago. Saber que mi padre y mi madre se iban de viaje me ponía muchísimo más nerviosa. Eso significaba que me iba a quedar en esa inmensa casa completamente sola con estos dos hombres. Sola, sin la protección de mis padres, compartiendo el mismo techo, los mismos pasillos... y recordando lo que había pasado en la cocina. Mi padre comenzó a caminar hacia la salida de la oficina, dando por terminada la reunión y despidiéndose de los tres con un ademán de mano y una sonrisa llena de confianza.—Quedan a cargo, muchachos. Cuiden la empresa y cuídense entre ustedes —dijo mi padre, cruzando el umbral. Antes de cerrar la puerta por completo, Benedict dio un paso al frente, clavando su mirada marrón verdosa en la mía con una fijeza que me erizó la piel. —No te preocupes por nada, papá —prometió Benedict con su voz profunda, arrastrando las palabras con una seguridad abrumadora que sonó como una sentencia de la que no podía escapar—. Yo mismo me encargaré de cuidar muy bien de Savannah mientras no estés.






