Capitulo 05

Savannah Montgomery

​En cuanto la pesada puerta de caoba se cerró detrás de mi padre, el silencio que quedó en el despacho ejecutivo se volvió denso, casi sólido. El aire, que un segundo antes se sentía fresco por el aire acondicionado, pareció calentarse de golpe. El pánico que había intentado reprimir durante toda la reunión me golpeó con fuerza en el pecho. Por puro instinto de supervivencia, di media vuelta sobre mis tacones, dispuesta a salir de allí pisándole los talones a mi padre. No quería quedarme a solas con ellos ni un solo segundo.

​Sin embargo, no fui lo suficientemente rápida.

​Antes de que mi mano pudiera siquiera rozar el pomo de bronce, la silueta alta y estilizada de Kaelen se interpuso en mi camino. Se movió con una agilidad pasmosa, casi fantasmal, bloqueando la salida por completo. Se apoyó de espaldas contra la madera, cruzando los brazos sobre el pecho de su impecable traje gris hecho a la medida, y me miró desde su altura con esos ojos verdes que brillaban con una diversión peligrosa.

​—¿A dónde vas tan de prisa, chiquita? —preguntó Kaelen, modulando su espeso acento británico con una suavidad que me erizó la piel—. Tenemos muchas cosas de qué hablar para organizarnos ahora que somos un equipo, ¿no crees?

​Tragué saliva, intentando con todas mis fuerzas mantener mi fachada de secretaria eficiente y profesional, aunque por dentro sentía que las piernas me temblaban como gelatina. Apreté la tableta corporativa contra mi pecho, usándola como un escudo imaginario entre él y yo.

​—Debo... debo ir a mi oficina a organizarme un poco —respondí, haciendo un esfuerzo descomunal para que mi voz sonara firme—. Tengo que prepararme para asumir mis nuevas tareas y, además, debo pasarle la agenda de mi padre a su secretaria de nuevo para que no haya ningún contratiempo con sus citas pendientes. Tengo cosas que hacer.

​Desde el fondo de la oficina, escuché el sutil crujido del cuero. Benedict, que hasta ese momento había permanecido sentado en una de las sillas frente al escritorio, se levantó con una parsimonia exasperante. Caminó con pasos lentos y seguros hacia donde estábamos nosotros. Su sola presencia parecía absorber todo el oxígeno del lugar; era una fuerza de la naturaleza masiva, oscura y dominante que hacía que el despacho de mi padre se sintiera sumamente pequeño.

​Se detuvo a un par de pasos de mí, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la mirada. Sus ojos marrones verdosos eran un misterio insondable.

​—¿Acaso te intimidamos, Savannah? ¿O es que te asustamos? —preguntó Benedict. Su voz de barítono resonó en mi pecho como un eco sordo, fría, madura y cargada de una autosuficiencia que me desarmó por completo.— ¿Por qué siempre intentas huir de nosotros? ¿Nos tienes miedo?

​—No —mentí de inmediato, desviando la mirada hacia un punto cualquiera de la pared para no perderme en la intensidad de sus pupilas—. Por supuesto que no me asustan. Sin embargo, es obvio que no los conozco. Solo los he visto durante minutos y... como ya dije, tengo mucho trabajo pendiente.

​Kaelen soltó una pequeña risa baja, un sonido sutil que me hizo volver la vista hacia él. El hermano menor se despegó de la puerta y dio un paso hacia mí, recortando drásticamente el espacio personal que me quedaba.

​—Bueno, precisamente por eso estamos aquí —dijo Kaelen, con una sonrisa de medio lado que me heló la sangre—. Estamos muy ansiosos por conocerte, Savannah... por conocerte de todas las formas posibles.

​La forma en la que arrastró las palabras y la mirada lasciva y cargada de dobles intenciones que me lanzó me hicieron comprender al instante que no se refería a una simple relación de hermanos, ni a conocernos a través de charlas familiares. Había un hambre cruda en su tono. Kaelen dejó de mirarme a mí por un segundo para dirigirle una mirada de complicidad a Benedict, y esa muda comunicación entre ellos me puso los pelos de punta.

​Dejé de mirar a Kaelen y giré la cabeza hacia Benedict. Él me miraba de una manera tan intensa, tan profunda y fija, que sentí como si pudiera leer cada uno de mis pensamientos más ocultos, como si supiera perfectamente el desastre que estaba causando en mi sistema. Su mirada hizo que mi respiración se acelerara de golpe. Mi pecho comenzó a subir y bajar de forma errática bajo la blusa de seda marfil, y mi corazón empezó a latir aún más rápido, con un ritmo desbocado que amenazaba con romperme las costillas.

​Me sentía acorralada entre los dos, atrapada en un juego cuyas reglas desconocía por completo. La confusión y el miedo se mezclaron con un calor extraño que empezó a ramificarse desde mi vientre hacia todo mi cuerpo.

​—¿Qué... qué es lo que ustedes quieren de mí? —pregunté en un susurro trémulo, mirando a Benedict a los ojos—. Estoy muy confundida con la forma en la que actúan, somos hermanos...— Susurré lo último.

​Benedict no respondió con palabras de inmediato. En su lugar, dio el último paso que nos separaba, eliminando cualquier distancia. Estaba tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su cuerpo. Se inclinó sutilmente hacia mí, obligándome a cerrar los ojos por la impresión, y pegó sus labios a la curva de mi oreja. Su aliento cálido me rozó la piel cuando susurró con una voz ronca y posesiva

​—Te queremos a ti, Savannah. Los dos te quieremos a ti.

​Mi corazón dio un vuelco violento. El pulso me retumbaba en los oídos con una fuerza ensordecedora. Sentí una debilidad repentina en las rodillas y tuve que apoyarme levemente en el borde del escritorio que estaba a mi lado para no caer.

​—No... no entiendo a qué se refieren con eso —tartamudeé, con los ojos abiertos de par en par, buscando desesperadamente una pizca de cordura en la habitación.

​Fue Kaelen quien soltó la bomba definitiva, destruyendo cualquier atisbo de duda con una crudeza que me dejó sin aliento.

​—Queremos tenerte en nuestra cama, chiquita —dijo Kaelen con total naturalidad, dando un paso más hacia mí—. Eso es lo que queremos.

​Una ola de indignación y vergüenza me tiñó las mejillas de un rojo ardiente. El pudor y la educación que mi madre me había inculcado se rebelaron ante semejante propuesta tan baja y directa.

​—¡Eso es una falta de respeto! —exclamé, con la voz temblorosa por la ofensa, intentando poner una distancia que ellos no me permitían—. Yo no soy ninguna mujer de la calle, ninguna mujer cualquiera para acostarme con ustedes dos. ¡Soy su hermana!

​Benedict se separó un milímetro de mi oído, pero no retrocedió. Su rostro quedó a escasos centímetros del mío, y esa sonrisa fría que no llegaba a sus ojos marrones verdosos volvió a aparecer en sus labios carnosos.

​—No tienes que ser una mujer cualquiera, Savannah —replicó Benedict con una tranquilidad pasmosa, su voz arrastrando una autoridad implacable—. Solo tienes que ser una mujer dispuesta a complacer sus propios deseos ¿O acaso me vas a negar que nosotros te provocamos eso?

​Estaba más que dispuesta a mentir. Quería gritarles que me daban asco, que no sentía absolutamente nada por ellos, que la sola idea me parecía repulsiva.

Abrí la boca para soltar la mentira que me salvaría de esa situación.​—Sin mentiras, Savannah —sentenció él, fijando su mirada en mis labios con un hambre feroz.— De sincera ¿Acaso no hacemos que cada parte de tu piel se erice y tú intimidad palpite de deseo?

​Sus palabras cayeron sobre mí con el peso de una orden directa y absoluta. Sentí un corrientazo recorrer cada fibra de mi ser, una sumisión involuntaria que hizo que mi cuerpo reaccionara de forma autónoma, traicionando mi mente. Antes de que pudiera procesarlo, el susurro de la verdad escapó de mis labios

​—Sí... sí lo hacen.

​Me quise morir en ese mismo instante. Mis propios labios me habían traicionado ante la mirada dominante de Benedict, quien ensanchó su leve sonrisa al escuchar mi confesión, plenamente satisfecho de confirmar el poder que tenía sobre mis reacciones.

​Kaelen dio un paso al frente, colocándose al lado de su hermano, rodeándome por completo con su magnetismo oscuro.

​—Entonces, no lo hagas más difícil —ofreció Kaelen, bajando la voz a un tono peligrosamente seductor—. Pasa un par de noches con nosotros, chiquita. Los tres juntos, en una misma cama. Déjate llevar, solo un par de noches.

​Las palabras de Kaelen me causaron una impresión demasiado profunda, un impacto que me dejó completamente muda. Jamás en toda mi vida, ni en mis pensamientos más descabellados, me había imaginado a mí misma en una cama con dos hombres. Era una idea absurda, pecaminosa, horrible ante los ojos de Dios y de la sociedad. Era una perversión que desafiaba toda lógica. Sin embargo, mientras mi mente intentaba rechazar activamente el concepto, la cruda realidad de mi cuerpo era completamente diferente. El simple hecho de imaginarme a mí misma atrapada entre los cuerpos masivos de Benedict y Kaelen, siendo tocada por ambos al mismo tiempo, hizo que una ola de calor salvaje me recorriera el vientre, encendiéndome por dentro de una manera tan intensa que sentí claramente cómo me humedecía bajo mi ropa interior.

​Asustada de mis propias sensaciones y del deseo pecaminoso que me estaba consumiendo, di un paso hacia atrás, intentando alejarme de ellos, buscando aire.

​—¿Quieres huir de nuevo, Savannah? —preguntó Benedict, arqueando una ceja, adivinando mi movimiento.

​Antes de que pudiera responder o dar un paso más, Benedict se acercó nuevamente. Pero esta vez no hubo sutilezas. Se acercó tanto que su cuerpo chocó contra el mío, acorralándome por completo. Pude percibir la fragancia exquisita de su perfume importado mezclada con el aroma de su aliento un olor sumamente varonil a cigarrillo mentolado y menta fresca que me mareó por completo.

​Sin previo aviso, Benedict atrapó mi rostro con una de sus manos tatuadas, obligándome a levantar la cara, y me besó.

​Fue un beso apasionado, fogoso y de una ferocidad que me robó el sentido de inmediato. No me dio tiempo de procesarlo cuando sentí sus manos firmes en mis muslos; me cargó del suelo con una facilidad asombrosa y me subió al borde del escritorio de caoba de mi padre. Mis piernas quedaron abiertas a los lados de sus caderas mientras él se metía entre ellas, profundizando el contacto.

​Mis manos, actuando por puro instinto, se aferraron a sus hombros cubiertos por la tela del traje. En lugar de empujarlo, correspondí aquel beso con una desesperación que no sabía que poseía. Sus labios devoraban los míos con una maestría implacable, su lengua reclamaba mi boca con una posesión salvaje que me hizo sentir sumamente inexperta, torpe e inocente comparada con la madurez y la experiencia que él derrochaba. Las manos de Benedict comenzaron a recorrer mi cuerpo con lentitud subieron por mis piernas desnudas, acariciaron mis caderas por encima del pantalón de vestir y buscaron la finura de mi cintura bajo la blusa de seda, quemándome la piel con cada roce. El placer era tan intenso que un gemido ahogado se me quedó atrapado en la garganta.

​De repente, en medio de la neblina del deseo, un destello de lucidez me golpeó la mente. Me di cuenta de dónde estábamos. Estaba encima del escritorio de mi padre. El hombre que me había criado, el hombre que confiaba en mí, el dueño de esa oficina. La culpa me invadió como un balde de agua fría.

​Saqué fuerzas de donde no tenía, planté mis manos en el firme pecho de Benedict y lo empujé hacia atrás con todas mis fuerzas, rompiendo el beso.

​—¡No! ¡Sueltame! —susurré con la respiración completamente acelerada, con el pecho agitándose de forma errática y los labios levemente hinchados y enrojecidos por la fuerza de su boca. Miré a Benedict con los ojos cristalizados por el pánico de haberme dejado llevar—. No podemos hacer esto... Ustedes... ustedes son mis hermanos.

​Benedict dio un paso atrás, acomodándose el saco del traje con una tranquilidad exasperante, mirándome con una fijeza oscura. Desvié la vista hacia una esquina de la oficina y me topé con Kaelen. Él había permanecido allí todo el tiempo, apoyado contra la pared, mirándonos fijamente con una mirada fogosa y una pequeña sonrisa de absoluta satisfacción en el rostro, como si hubiera disfrutado del espectáculo en primera fila.

​Al escuchar mi queja, Kaelen soltó una pequeña carcajada, un sonido limpio y elegante que resonó en las paredes del despacho, y caminó hacia el escritorio.

​—Vamos, Savannah, no seas ingenua —dijo Kaelen, deteniéndose al lado de su hermano—. Quizás tú consideres a Lysander como tu padre, y respetamos eso. Pero la única y jodida verdad aquí es que nosotros no compartimos la misma sangre. Tú eres una Montgomery, nosotros somos Cavendish. No hay un solo lazo biológico que nos una.

​Me quedé helada al escucharlo pronunciar mi apellido de esa forma tan cortante. Kaelen se inclinó un poco hacia adelante, clavando sus ojos verdes en los míos.​—Y aunque no compartimos la misma sangre si queremos que compartas la misma cama con nosotros —añadió con una voz cargada de una promesa oscura.

​Aquello fue la gota que derramó el vaso. La realidad de la situación me golpeó con fuerza.

Me deslicé rápidamente hacia abajo, bajándome de aquel escritorio de un solo golpe y acomodando mi blusa arrugada con manos temblorosas. El peso de la culpa y la moralidad regresaron a mi sistema con la fuerza de un camión. Estaba decidida. No iba a decepcionar a mis padres, no iba a traicionar la confianza del hombre que me había dado un hogar, y bajo ninguna circunstancia me iba a meter con mis supuestos hermanos. Eran unos pecadores, unos monstruos seductores que querían destruirme.

​Sin decir una sola palabra, ignorando la intensidad de sus miradas combinadas y el calor persistente que seguía quemándome entre las piernas, caminé a paso apresurado hacia la puerta. Kaelen esta vez no se interpuso; simplemente me dejó pasar con esa sonrisa ladina que me decía que esto no había terminado. Giré el pomo de bronce con desesperación, abrí la puerta y salí de aquella oficina a toda prisa, cerrando detrás de mí y corriendo hacia la supuesta seguridad de mi cubículo, con los labios ardiendo y el corazón hecho un caos absoluto.

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