Mundo ficciónIniciar sesiónHace trece años, Emilian Novak desapareció de la vida de Elara Harrington sin una explicación, sin una llamada, sin una sola palabra. Ahora, con 33 años, Elara ha rehecho su vida. Está en una relación estable y profunda con Lorenz Adler, un hombre paciente, cariñoso y seguro que le ha devuelto la ilusión de amar. Por primera vez en mucho tiempo, se siente en paz. Pero una cena familiar lo cambia todo. Al llegar a la casa de la familia de Lorenz, Elara se encuentra de frente con la última persona que esperaba ver, Emilian. El hombre que le rompió el corazón, es primo de Lorenz. Elara se ve obligada a enfrentar una pregunta que creía enterrada: ¿qué haces cuando el amor que te destruyó regresa justo cuando empezabas a ser feliz de nuevo? Una historia intensa de reencuentros inesperados, secretos del pasado y decisiones imposibles, donde el corazón se debate entre lo que fue y lo que podría ser.
Leer más—¡Jodido mentiroso! —grité al teléfono con la voz rota, mientras las lágrimas me quemaban las mejillas y caían sobre la pantalla—. ¡Me prometiste que estarías aquí! Me prometiste que nos casaríamos, que íbamos a formar una familia, que yo era tu hogar y tú eras mi destino… ¿Dónde estás, Emilian? ¡Contesta, por favor! ¡No me hagas esto!
Marqué su número una y otra vez. Una, dos, diez, veinte, cincuenta veces. Cada tono era como un cuchillo clavándose más profundo en mi pecho. Sonaba… sonaba… y luego el buzón de voz. Su voz grabada, esa voz ronca que tanto amaba, diciendo que dejara un mensaje. Colgué y volví a marcar, una y otra vez, hasta que me dolieron los dedos. Me dejé caer de rodillas en el suelo frío de mi pequeño apartamento, con una mano temblorosa sobre mi vientre todavía plano y la otra apretando el teléfono como si fuera lo único que me mantenía con vida. Solo habían pasado tres días desde que cumplí las seis semanas. Tres días desde que él se acostaba a mi lado, besaba mi vientre con devoción y le hablaba a nuestro bebé con esa ternura que nunca le había conocido. ¿Cómo pudo desaparecer así? Sin una nota. Sin una explicación. Sin una maldita despedida. Seguí llamándolo durante horas, hasta que el buzón se llenó y ya ni siquiera podía dejar mensajes. Cuando ya no pude más, salí corriendo del apartamento con el pelo revuelto y la ropa del día anterior, y fui hasta su departamento. Golpeé la puerta con los puños hasta que me sangraron los nudillos. —¡Emilian! ¡Abre la puerta, por favor! ¡Estoy embarazada! ¡Vamos a tener un hijo! ¡No puedes hacerme esto! ¡Emilian! Grité su nombre hasta quedarme ronca. Los vecinos me miraban con lástima desde sus puertas, pero nadie abrió. Nadie sabía nada… o nadie quería decirme. Había ido con todos sus conocidos, con nuestros conocidos y nadie sabía de él. Y ni siquiera nos habíamos peleado, jamás lo había hecho. Nos amábamos mucho como para caer en una discusión. O eso creía yo porque él había desaparecido de un momento a otro. Volví a casa derrotada y lo hice caminando, como si en mi andar todo se iba a solucionar, como si caminando se borrarían mis penas, mi tristeza, como si en el camino a casa, lo iba a encontrar y el me abrazaría diciéndome que todo había sido una confusión y que iba a estar aquí para mí, para el bebé, para nosotros. Y lo busqué, juro que lo busqué en cada chico que me encontré de camino a casa. Cuando cerré la puerta de mi apartamento, me faltó el aire. De un momento a otro me dolió la vida o el alma, no lo sé. Y no sé si el corazón duele, pero juro que mi pecho ardía como algo estuviera atravesando mi triste corazón. Me eché en la alfombra del pequeño salón donde muchas veces nos acurrucamos mientras veíamos una película y ahí me quedé no sé por cuanto tiempo, a veces con los ojos cerrados y a veces con la mirada perdida en la nada. Perdí la noción del tiempo y dejé de comer, de existir, de vivir. Hasta que recordé que había vida creciendo dentro de mí y que yo era la única responsable de él o ella. Me levanté de esa alfombra, con las rodillas temblando y el cuerpo entumecido de tanto llorar. Me puse una mano sobre el vientre aún plano y susurré entre sollozos: —Te prometo que te voy a proteger con mi vida, mi amor. Vamos a salir adelante tú y yo. Yo jamás me iré de tu lado… como hizo tu padre. Esa promesa fue lo único que me mantuvo en pie durante las siguientes semanas. Me obligué a comer aunque la comida supiera a nada, me duchaba aunque solo quisiera quedarme en la cama hasta desaparecer, y volví a las clases con los ojos hinchados y el corazón hecho pedazos. Estaba aprendiendo a respirar sin Emilian, a existir en un mundo donde él ya no estaba. Pero el destino es cruel. Una mañana, varias semanas después, empecé a sentir un dolor sordo en la parte baja del vientre. Al principio lo ignoré. Es solo estrés, me dije. Pero el dolor se volvió más agudo, más insistente. Cuando fui al baño, vi la sangre. Poca al principio, luego más. Mucha más. —No… no, por favor —susurré, con las manos temblando mientras me limpiaba—. Por favor, no… Corrí al hospital sola, en un taxi, apretando un pañuelo entre las piernas. El trayecto se me hizo eterno. Cuando llegué a emergencias, apenas podía hablar. —Estoy embarazada… estoy sangrando… ayúdenme, por favor… Me metieron en una habitación blanca y fría. Me hicieron una ecografía. El médico, un hombre de mirada cansada, miró la pantalla en silencio durante unos segundos que parecieron años. —Lo siento mucho —dijo en voz baja—. No hay latido cardíaco. Estás teniendo un aborto espontáneo. Las palabras me cayeron como un balde de agua helada. Me quedé mirando el techo, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía para siempre. Las contracciones empezaron fuertes, brutales, como si mi cuerpo estuviera expulsando no solo al bebé, sino también todos los sueños que había construido alrededor de él. Dolor físico y un dolor mucho más profundo, un vacío que me tragaba entera. Estaba sola, completamente sola. Una enfermera joven me apretó la mano mientras yo mordía la sábana para no gritar. Las lágrimas me caían por las sienes y se perdían en el pelo. En medio del dolor, solo podía pensar en Emilian besando mi vientre, hablándole al bebé con esa voz ronca llena de amor. —¿Dónde estás ahora, maldito? —pensé con rabia y desesperación—. ¿Por qué no estás aquí sosteniéndome la mano? El proceso duró horas. Horas de calambres, de sentir cómo lo perdía todo. Al final, cuando todo terminó, me quedé mirando la pared blanca, vacía por dentro. Mi bebé ya no estaba. El último lazo que me unía a Emilian se había ido con él. Esa noche, en la cama del hospital, me hice un ovillo alrededor de mi vientre ahora vacío y lloré hasta que no me quedaron lágrimas. Lloré por el bebé que nunca llegaría a conocer. Lloré por la familia que nunca tendríamos. Lloré por la chica de veinte años que había creído en las promesas de un hombre que desapareció. Emilian Novak no solo me había abandonado a mí, también había abandonado a su hijo antes siquiera de nacer. Esa noche entendí que no todas las promesas pueden cumplirse, que hay algunas que se tienen que romper sin poder evitarlo, y que yo le había fallado a ese bebé. ¡Emilian Novak, más te vale estar muerto y no volver a verte jamás en esta vida!La cena terminó entre risas forzadas y miradas preocupadas de Lorenz. Recogimos la mesa juntos y, mientras lavábamos los platos, él me abrazó por detrás, apoyando la barbilla en mi hombro.—Me quedo esta noche —susurró, besándome el cuello—. No quiero irme. Mañana es sábado, podemos dormir hasta tarde, preparar desayuno juntos…—Lorenz, estoy muy cansada —respondí, girándome entre sus brazos con una sonrisa débil—. De verdad necesito dormir.Él me miró con esa ternura que me desarmaba y negó suavemente con la cabeza.—No me importa. Solo quiero estar cerca de ti. Déjame quedarme, mi vida. Te prometo que no te molestaré.No encontré fuerzas para insistir. Asentí y él sonrió, satisfecho. Nos duchamos juntos, él me enjabonó la espalda con caricias suaves y me besó bajo el agua caliente. Después nos metimos en la cama. Lorenz me atrajo contra su pecho y me acarició el cabello hasta que su respiración se volvió profunda y regular. Se durmió temprano, como siempre después de un día largo.Y
No dormí esa noche. Cada vez que cerraba los ojos veía los de Emilian, grises, furiosos, destrozados. Su voz ronca repitiendo “mi hijo” resonaba en mi cabeza como un eco que no se apagaba. Me levanté varias veces, caminé por el apartamento abrazándome el vientre, reviviendo ese vacío que creí haber superado.Al amanecer tenía los ojos hinchados. Me duché con agua caliente, me puse un traje sastre gris oscuro, me recogí el cabello en un moño elegante y estaba terminando de maquillarme cuando escuché la llave en la puerta.Lorenz entró con una sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Llevaba dos vasos de café en una bandeja de cartón y una bolsa de papel con mi croissant favorito.—Buenos días, mi vida —dijo con esa voz cálida que siempre lograba calmarme. Se acercó, dejó los cafés sobre la mesa y me rodeó la cintura desde atrás, depositando un beso suave en mi cuello—. Te ves increíble, como siempre. Pero esos ojos… ¿dormiste mal?Me giré entre sus brazos y forcé una sonrisa. Loren
Por un segundo dudé. Debería ignorarlo. Debería apagar las luces y fingir que no estaba. Pero algo más fuerte que el miedo, no sabía si era la rabia, curiosidad, o tal vez esa parte enferma que lo prefirió muerto antes de acepta que me había abandonado, me hizo abrir la puerta solo una rendija.—¿Qué demonios haces aquí, Emilian?No esperó. Empujó la puerta con fuerza y entró como una furia, casi rozándome al pasar. Cerró de un portazo detrás de él. Sus ojos grises recorrieron el apartamento con desesperación, moviéndose de un lado a otro como un animal enjaulado.—¿Dónde está? —gruñó, con la voz ronca y cargada de algo salvaje.Yo me quedé congelada junto a la puerta, con la mano todavía en el picaporte y el corazón latiéndome con tanta fuerza que me dolía. No entendía nada. ¿Qué hacía aquí después de trece años? ¿Por qué había entrado de esa forma?—¿Quién? —pregunté, con la voz temblorosa—. Emilian, ¿de qué estás hablando? ¿Qué haces en mi casa?Él se movió rápido. Abrió la puerta
13 años despuésMe miré en el espejo del baño mientras me ajustaba el vestido negro ajustado que había elegido con tanto cuidado. El labial rojo oscuro contrastaba con mi piel pálida, el cabello suelto caía en ondas suaves sobre mis hombros y un toque de rímel resaltaba mis ojos. Me veía bien. Incluso bonita. Pero nadie podía ver las cicatrices que aún llevaba por dentro.Con el tiempo había aprendido a respirar de nuevo. Había reconstruido mi vida pedazo por pedazo, terminé la universidad, conseguí un buen trabajo, me mudé a un apartamento más grande y, sobre todo, había aprendido a no depender de nadie. Hasta que apareció Lorenz Adler.El timbre sonó exactamente a las ocho. Lorenz estaba guapo con su camisa azul clara y esa sonrisa tranquila que siempre lograba calmarme un poco.—Estás preciosa —dijo al verme, inclinándose para darme un beso suave en la sien—. Mi familia te va a adorar.Durante el trayecto en el auto intenté concentrarme en su voz, en sus bromas suaves, en la mano q
Último capítulo