Mundo ficciónIniciar sesiónEl mismo día que enterró a su padre, Renata descubrió que también había perdido su libertad. Para salvar la empresa familiar y pagar una deuda imposible, su fría e implacable madre la obliga a casarse con un completo desconocido. Sin voz ni voto, solo le queda una decisión que todavía le pertenece: entregar su primera noche al hombre que ella elija... antes de convertirse en la esposa de otro. Oculta tras un antifaz, vende una única noche a un misterioso desconocido. Él jamás conoce su nombre. Ella nunca ve su rostro. Solo recuerdan el calor de sus manos, una vieja cicatriz y una conexión imposible de olvidar. Al mismo tiempo, Leonardo también es víctima del juego de su padre. Obligado a aceptar un matrimonio por conveniencia para recuperar el legado de su madre, llega al altar convencido de que nunca podrá amar a la mujer que le impusieron. Lo que ninguno imagina es que la desconocida que los marcó para siempre y la esposa a la que prometieron ignorar... son la misma mujer. Mientras ambos intentan mantener un matrimonio frío y distante, los recuerdos de aquella noche prohibida comienzan a perseguirlos. Él no puede dejar de buscar a la mujer del antifaz. Ella se enamora sin saber que el hombre que añora duerme bajo el mismo techo. Pero los secretos siempre cobran su precio. Y cuando la verdad salga a la luz, descubrirán que el amor puede nacer de una mentira... o destruirse por una sola noche. ¿Qué ocurrirá cuando descubran que el gran amor que llevan meses buscando... siempre fue su propio esposo?
Leer másEnterré a mi papá a las once de la mañana y a la una ya estaba firmado un acuerdo de matrimonio sin siquiera conocer al novio.
Llevo dos días sin comer y no es por drama, es que no me pasa nada por la garganta desde que bajé del avión. Estoy en la cocina de una casa que fue mía hace diez años, sentada frente a un plato que no quiero, mirando a mi madre como a una desconocida. Lleva los labios y las uñas rojos, ni un solo pelo fuera de lugar, y esa mirada dura que me recuerda que volví al infierno del que mi padre me apartó.
—Firma abajo —dice, y jala la silla de enfrente, se sienta, y abre la carpeta dándole vuelta para que quede de frente a mí, y por alguna razón siento como si esa carpeta fuera mi sentencia.
—¿Qué es esto?
—Léelo si quieres. Pero firma.
Lo leo, pero el sello rojo del banco me deja claro de qué se trata. La casa, la empresa y el apartamento donde viví hasta hace dos días, hipotecado todo. Un plazo de veintitrés días. Y detrás, en una segunda carpeta más delgada, un nombre de hombre que no conozco, el mío al lado, y una palabra arriba.
Acuerdo prematrimonial.
—No entiendo. —Aunque ya entiendo, ya sé por qué me exigió quedarme después del funeral, por qué me trajo directo del cementerio a esta cocina sin dejarme ni cambiar de ropa.
—Te casas para que la empresa que dejó tu padre no se arruine. La familia del novio asume la deuda completa. Es un trato excelente.
—¿Casarme con quién? —Le doy vuelta a la hoja, como si atrás fuera a decir algo más—. No conozco a este hombre. No sé quién es. Enterramos a papá hace tres horas.
—Cuatro.
—Mamá.
—Lo conocerás el sábado. Es un buen partido.
Me río, una risa fea y corta, mientras mi mente termina de asimilar lo que dice sin parpadear, acomodándose el peinado como si no estuviera ya perfecto, hablándome de mi vida entera como si repasara una lista del mercado.
—No.
—No es una pregunta. —Y me da esa mirada fría que recordaba de niña, la que me hacía bajar la cabeza a los ocho años.
—Consigo trabajo, tengo título, tengo experiencia, hago lo que sea, vendo el apartamento…
—Está hipotecado. Acabas de leerlo.
—Las perlas que traes puestas, entonces. El carro. Los cuadros del estudio.
—No alcanza.
—Entonces que no alcance. —Me paro y la silla arrastra contra el piso—. Que se lo lleven todo. Que se lleven hasta las cucharas. No me importa quedarme sin nada. Acabo de perder a mi padre y a ti lo único que se te ocurre es venderme como ganado. ¿Nunca me quisiste, mamá? ¿Ni un poquito?
Y eso último me deja sin la poca fuerza que me quedaba. Las lágrimas que llevo dos días negándome salen solas, calientes, sin permiso, y odio que sea frente a ella, que me mira llorar con la misma cara con que miraría la lluvia por una ventana, sin que le toque nada por dentro.
—Firma. Sé que amabas a tu padre. Es tu deber cuidar de su herencia.
Me quedo con la mano agarrada al respaldo de la silla, y algo se me hiela en el pecho. Ella me llamó el viernes a las seis de la mañana para decirme que mi papá se había muerto en la madrugada, con la misma voz plana con que se pide un café, y ahora usa su nombre, usa mi amor por él, lo pone sobre la mesa como una ficha para moverme. Convierte al único hombre que me quiso en la cuerda con la que me amarra.
—¿Crees que el chantaje va a funcionar esta vez? —Me tiembla la voz, pero no bajo la mirada—. Ya no tengo ocho años, mamá. Ya no puedes manipularme.
Ella cierra la carpeta y la empareja con las dos manos, dando golpecitos contra la mesa para que las hojas queden parejas, tan tranquila que dan ganas de gritar solo para ver si algo la despeina.
—Deja el drama. Es una boda por conveniencia. Salimos de las deudas, te haces cargo de la empresa, y en un año te divorcias. Nadie te está pidiendo que lo ames.
—¿Te estás escuchando? —Se me escapa otra risa, incrédula—. Hablas de un matrimonio como de un cambio de zapatos. Diez años afuera y sigues siendo la misma mujer fría que me subió a un avión sin despedirse.
Me seco las lágrimas con el dorso de la mano, y ahí, de golpe, entiendo algo que llevo una década sin entender. Por eso mi padre no me dejaba volver. Todos esos domingos, todavía no, mi amor, todavía no es momento, no era que no me quisiera cerca. Me estaba protegiendo de ella, aunque el precio fuera perderme.
Y ya no le pude preguntar. Ya nunca voy a poder darle las gracias.
—Alguien tiene que ocuparse de las cosas prácticas. —Se levanta, se acomoda el collar—. Tú no estabas. Pero es momento de que asumas tu deber como heredera.
—No lo voy a hacer.
Se detiene un segundo en eso. Solo un segundo. Después sigue como si no lo hubiera oído.
—No me obligues a usar la fuerza. El sábado a las ocho conoces a tu futuro marido. Ponte algo que no sea negro. —Ya va saliendo cuando lo dice, sin voltear—. Y come. Vas a parecer un espanto en las fotos de las invitaciones.
Sale. Los tacones se le apagan por el corredor y después la oigo reírse, ya en otro cuarto, ya por teléfono con alguien, esa risa clara que le sale con todo el mundo menos conmigo, la misma que le oí en el cementerio a dieciocho metros del hueco donde acababan de meter a mi papá.
Me quedo sola en la cocina.
Me arde la cara y me arden los ojos, pero ya no bajan lágrimas. Conozco a mi madre. Sé que habla en serio, sé que al final va a lograr que me case, porque ella siempre logra lo que quiere, y pelear de frente es gastar fuerzas que no tengo. Me siento otra vez frente al plato que no toqué. Saco el celular por hacer algo con las manos, por no quedarme mirando la pared, y paso publicaciones con el pulgar sin leer ninguna, un perro, unos zapatos, la boda de alguien, y entre dos anuncios aparece un fondo negro con letras doradas.
Club privado busca señoritas. Discreción absoluta. Contrato. Caballeros de primer nivel.
Ya voy a seguir de largo.
Y abajo, en gris, en una línea tan pequeña que casi no se ve contra el negro, dice otra cosa.
Si es usted virgen, puede subastar su virtud por la cifra que usted misma decida. Puede ganar una fortuna por una sola noche.
Me quedo quieta. El pulgar se me para solo sobre la pantalla.
El sábado conozco al hombre con el que me van a casar sin haberme preguntado. Le van a entregar mi nombre, mi cuerpo, mi vida entera envuelta en un contrato, y nadie, en ningún momento, se detuvo a preguntarme a mí. Y de repente, por primera vez desde que bajé de ese avión, hay algo en todo este asunto que puedo decidir yo, y solo yo.
Amplío la imagen con dos dedos y copio el número. Si mi madre piensa obligarme, que me obligue. Me voy a casar. Pero lo primero, lo único que va a ser de verdad mío en todo esto, lo decido yo, y va a ser antes de que ella me quite la libertad.
LeonardoLo primero que registro cuando vuelvo del todo a mi cuerpo es que la mujer que odio me está sosteniendo la cara con las dos manos, y que no me quiero soltar.Eso último me alarma más que el accidente.Estoy temblando, empapado en sudor frío, con el corazón todavía galopándome como si acabara de correr un maratón dentro de una pesadilla, y ella sigue ahí, a centímetros, mirándome con una intensidad que no le conozco, repitiéndome que respire, que ya pasó, que estoy aquí. Y yo respiro, porque me lo pide, porque su voz es lo único sólido en un mundo que hace un segundo se estaba llenando de agua. Poco a poco el auto vuelve a ser un auto, la calle vuelve a ser una calle, y el terror va soltando las garras, y me quedo vacío, tembloroso, humillado, con la camisa abierta y la cicatriz al aire y la peor persona posible viéndome en el peor estado posible.—¿Ya estás aquí? —me pregunta, bajito, sin soltarme todavía—. ¿Volviste?—Suéltame —le digo, y me sale áspero, porque el miedo se m
RenataVuelvo en mí con un pitido agudo en los oídos y el sabor a metal en la boca.Por un segundo no sé dónde estoy. Hay humo, o polvo, algo blanco flotando en el aire, y el airbag desinflado colgándome sobre las piernas como una medusa muerta, y el mundo entero ladeado. Me duele el cuello. Me duele el hombro donde el cinturón me clavó de golpe. Pero muevo los dedos, muevo los pies, giro la cabeza, y entiendo, con un alivio que me marea, que estoy entera. Magullada, temblando, pero entera.—Leonardo. —Mi voz sale rasposa—. Leonardo, ¿estás…?Y me giro hacia él, y se me congela todo.Porque él también está entero, lo veo, no hay sangre, no hay nada roto, el otro auto nos dio de lado y el suyo aguantó el golpe. Pero Leonardo no está bien. Leonardo está mirando al frente con los ojos muy abiertos y vacíos, agarrado al volante con las dos manos tan fuerte que tiene los nudillos blancos, y respira mal, rapidísimo y sin aire a la vez, jadeos cortos y secos que no le entran, como un pez fue
LeonardoLlevamos exactamente cuarenta minutos fingiendo, y Renata actúa tan bien que casi me lo creo yo.Entramos del brazo a la mansión de mi padre, ella con un vestido color vino que le sienta como una amenaza y una sonrisa de portada de revista, y desde el segundo en que cruzamos la puerta se transforma. Se ríe de los chistes malos de los socios, le toca el brazo a las esposas, me mira a mí cada tanto con una dulzura tan perfecta que si no supiera que me odia, juraría que me adora. Es aterrador, la verdad. La mujer podría dar clases. Yo me limito a poner la mano en su cintura y a asentir, y a contar los minutos que faltan para poder largarme.—Relájate —me murmura entre dientes, sin dejar de sonreírle a un senador—. Tienes cara de estar en un funeral. Se supone que me amas, ¿recuerdas? Finge un poco, que para eso me arrastraste.—Estoy fingien
RenataMe quedo sola en la cocina con dos copas de vino, una a medias y la otra intacta, y el olor a vainilla de las velas que de repente me da náuseas.Lo escucho subir las escaleras en la oscuridad, cada pisada un clavo, y me quedo ahí de pie, agarrada al borde de la isla, esperando a que se me pase el ardor de la cara. Porque eso es lo peor, que me arde la cara, de vergüenza, de rabia, de haberme dejado llevar como una idiota. Me abrí. Le pregunté por su madre, lo escuché, le dije que se le suavizaba la cara, casi lo beso, y el muy desgraciado me trató de borracha patética y se fue a dormir como si yo fuera un plato sucio que dejó en el fregadero.—Bien jugado, Renata —me digo en voz alta, a la cocina vacía—. De verdad. Brillante.Agarro mi copa y me la tomo de un trago, no porque quiera sino por terquedad, y después agarro la de é
Último capítulo