Mundo ficciónIniciar sesiónSavannah Montgomery
—Vaya, miren quién decidió bajar... La voz profunda, pausada y densa como el plomo resonó en la penumbra de la cocina, haciendo que diera un respingo de terror. El envase de cristal con las fresas casi se me resbala de las manos de no haber sido porque mis dedos reaccionaron por puro instinto, apretando el vidrio contra mi pecho. El corazón me dio un vuelco violento, golpeando con tanta fuerza contra mis costillas que juraría que el eco se escuchaba en todo el lugar. Giré sobre mis talones muy despacio, con las plantas de mis pies descalzos presionando el frío mármol, sintiéndome atrapada, expuesta. La luz que entraba por el ventanal del jardín terminó de perfilar la silueta que bloqueaba la salida de la cocina. No era mi madre. Era Benedict. Contuve el aliento de golpe y una ola de calor completamente desconocida me recorrió el cuerpo por dentro, quemándome desde las entrañas hasta la raíz del cabello. Él estaba allí de pie, apoyado levemente contra el marco de la puerta, vistiendo únicamente un pantalón de mono deportivo de algodón gris que descansaba bajo en su cadera. No tenía camisa. Estaba completamente semidesnudo, y la falta de luz no impedía que mis ojos, dilatados por la sorpresa, captaran cada centímetro de su anatomía. Jamás en toda mi vida había visto a un hombre semidesnudo. Y mucho, muchísimo menos a un hombre tan escandalosamente atractivo y descomunal como él. Su cuerpo estaba increíblemente trabajado, como si hubiese sido esculpido a mano con una precisión implacable. Sus hombros eran anchos, masivos, dando paso a unos pectorales firmes y unos músculos tensos que se movían con cada una de sus respiraciones pausadas. Mi mirada, traicionando cualquier rastro de la buena educación que siempre me había caracterizado, bajó de forma inevitable por su torso, siguiendo la línea perfecta de los cuadritos de su abdomen, fuertemente marcados, que desaparecían bajo la pretina del mono. Además, al no llevar ropa en la parte superior, sus tatuajes oscuros eran mucho más visibles; líneas intrincadas de tinta negra que ascendían por sus brazos y morían en su cuello, otorgándole un aspecto peligrosamente seductor y canalla que me paralizó por completo. Sentí que mi respiración comenzaba a acelerarse de una manera alarmante, volviéndose corta, superficial. Mis manos empezaron a sudar frío contra el envase de fresas. Me sentía tan pequeña, tan frágil bajo la pijama de seda perla que llevaba puesta; el short era extremadamente corto y la camisa holgada apenas me cubría las caderas, dejándome las piernas completamente descubiertas ante su mirada marrón verdosa que parecía devorarme en el silencio. Benedict se despegó del marco de la puerta con una lentitud exasperante. Cada paso que daba hacia mí parecía acortar el oxígeno de la cocina. Se movía con la confianza de un depredador que sabía que su presa no tenía a dónde ir. —Buenas noches —le susurré. Mi voz sonó torpe, un hilo trémulo y asustado que rompió la pesadez del ambiente. Él no respondió de inmediato. Se detuvo justo frente a mí, a escasos centímetros de la isla de granito, inundando mi espacio personal con su aroma a madera, tabaco caro y un calor corporal que me envolvía como una neblina densa. Era tan alto que me obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo. Sin apartar sus ojos marrones verdosos de los míos, Benedict estiró una de sus manos tatuadas hacia el envase de cristal que yo sostenía con debilidad. Sus dedos rozaron los míos por un milisegundo, provocando que un corrientazo eléctrico me sacudiera la columna. Tomó una de las fresas rojas por las hojas. Elevó la fruta con deliberada parsimonia y, manteniendo esa mirada fija, calculadora y gélida en mis ojos, la mordió. Fue un acto de una seducción tan impresionante y cruda que sentí que la respiración se me estancaba por completo en el pecho. Sus labios carnosos presionaron la fruta con lentitud, partiendo la pulpa roja mientras un brillo peligroso se instalaba en sus pupilas. Mordió la fresa con una cadencia tan caliente, tan maliciosa y deliberada, que mi pulso se disparó a niveles caóticos. Podía escuchar los latidos de mi propio corazón retumbando en mis oídos como un tambor desbocado. Tragué saliva con dificultad, completamente hipnotizada, incapaz de apartar la vista de su boca mientras él terminaba de comer la fruta. —Eso te pasa por no cenar —soltó Benedict. Su voz barítona arrastró las palabras con una frialdad y una madurez que me hicieron estremecer—. Y ahora estás aquí, a estas horas de la noche, picando algo de fruta a escondidas. El aire me faltaba, como si hubiese estado corriendo un maratón durante horas. Mi pecho subía y bajaba de forma errática bajo la fina seda perla. Me sentía intimidada, completamente dominada por su sola presencia. Era como si él poseyera toda la habitación, como si el espacio le perteneciera y yo fuera solo una intrusa indefensa a su merced. —Solo... solo se me abrió el apetito —logré susurrar, con la voz ahogada, elástica por los nervios. Benedict curvó la comisura de sus labios en una sonrisa leve, una mueca fría y afilada que no llegó en ningún momento a sus ojos marrones verdosos. Su mirada seguía siendo un témpano que me analizaba sin piedad. —Espero que eso no vuelva a suceder, Savannah —sentenció, dando un paso imperceptible que me obligó a arquearme levemente hacia atrás contra la isla—. Aliméntate de forma correcta. No quiero volver a verte deambulando por la casa a estas horas porque dejaste el plato lleno. Sentí un corrientazo recorrer cada fibra de mi ser al escuchar sus palabras. No había sido un consejo, ni una sugerencia amable de un hermano mayor; había sido una orden directa, dictada con una autoridad tan implacable que mi propio cuerpo pareció experimentar la imperiosa necesidad de acatarla sin rechistar. Yo, que siempre había sido una niña bien portada y acostumbrada a seguir las reglas de mis padres, me descubrí asintiendo sumisamente ante el mandato de este hombre al que apenas conocía. El pesado silencio que siguió a su orden se vio interrumpido por el sonido de unos pasos ligeros y rítmicos que se aproximaban desde el pasillo. Me tensé aún más, si es que eso era posible. Pocos segundos después, vi a Kaelen entrar a la cocina. Al igual que su hermano, venía semi vestido; llevaba únicamente un pantalón de mono deportivo oscuro, descalzo y sin camisa. Una nueva oleada de confusión y calor me golpeó el rostro. Era igual de atractivo que Benedict, poseía la misma estatura imponente y un cuerpo simétricamente trabajado, con los músculos del pecho y el abdomen perfectamente definidos por el ejercicio. La única y gran diferencia era que su piel morena estaba completamente limpia, libre de cualquier tatuaje, lo que le daba un aspecto pulcro pero igualmente devastador. Kaelen paseó sus ojos verdes por la escena, captando al instante mi postura arrinconada y la cercanía de Benedict. Una sonrisa suave y magnética apareció en su rostro. —No seas tan duro con ella, Benedict —dijo Kaelen, modulando ese acento británico tan elegante mientras se adentraba en la cocina—. Déjala respirar. Benedict no se movió, manteniendo sus ojos fijos en mí, pero su mandíbula se tensó ligeramente. Kaelen continuó avanzando con paso felino hasta que estuvo a escasos centímetros de nosotros.—Seguramente nuestra hermanita estaba nerviosa temprano —continuó Kaelen, mirándome con una dulzura aparente que no lograba ocultar la intensidad de su mirada verde —. Parecía que querías comunicarle algo importante a nuestro padre durante la cena que al final no pudiste decir. ¿Qué era eso tan importante, Savannah? ¿Qué quería decirles? Mis cuerdas vocales se sintieron secas, pero la necesidad de salir de esa situación me obligó a hablar en un susurro apresurado. —Me... me aprobaron la tesis —solté, apretando el envase contra mi cuerpo—. Ya es oficial. Me voy a graduar con honores en unas semanas. En cuanto las palabras salieron de mi boca, Kaelen acortó la distancia de una manera que me dejó sin aliento. Se colocó justo detrás de mí, rompiendo cualquier barrera física. Pude sentir el calor de su pecho semidesnudo rozando casi la tela de mi espalda, rodeándome con su presencia. Se inclinó sutilmente hacia adelante, y su aliento cálido me rozó la oreja cuando me susurró al oído con una voz baja, ronca y cargada de una extraña posesión: —Muy bien, chiquita... Hiciste un gran trabajo entonces. Creo que un logro como ese merece una recompensa, ¿no crees? Un escalofrío violento me sacudió entera. Me sentí completamente confundida, aturdida, asustada por las sensaciones que se estaban despertando en mi cuerpo. No sabía qué diablos estaba pasando en esa cocina, ni qué significaban sus palabras, sus miradas o el roce de sus cuerpos. Todo aquello desafiaba la lógica de mi vida perfecta. Sin pensarlo dos veces, presa del pánico y el deseo contenido que flotaba en el aire, tomé el envase de las fresas con manos temblorosas y, prácticamente, huí de aquella cocina. Pasé por el lado de Kaelen y Benedict como una exhalación, sin mirar atrás, escapando de la atmósfera asfixiante y peligrosa que habían creado en un segundo. Subí las escaleras casi corriendo, sintiendo el mármol frío bajo mis pies descalzos, con el corazón acelerado a un ritmo cardíaco alarmante y la respiración completamente cortada. Entré a mi habitación con el pecho agitándose violentamente, empujé la puerta y la cerré de golpe. Con dedos torpes y desesperados, giré la cerradura, escuchando el clic del seguro que me devolvía la privacidad. Me apoyé de espaldas contra la madera, deslizándome lentamente hasta quedar sentada en el suelo, abrazando el envase de fresas contra mis rodillas. Tenía el corazón a punto de salirse del pecho. Estaba sumamente confundida, asustada de mí misma y de las reacciones de mi propio cuerpo. Sentía una tensión sexual tan densa y desconocida que me hacía temblar las manos; una oleada de calor que no lograba disipar. ¿Cómo era posible que me sintiera así? Ellos eran mis hermanos. Eran los hijos de Lysander, el hombre protector que me había criado con tanto amor y devoción durante los últimos cinco años, el hombre al que yo llamaba papá. Era una aberración, una locura absoluta. Pero mi mente no podía borrar las imágenes. La frialdad seductora de Benedict mordiendo esa fresa, sus tatuajes, sus pectorales... y la cercanía prohibida de Kaelen susurrándome al oído, con su piel morena y sus ojos verdes. Yo misma sabía, en lo más profundo de mi ser, que lo que sentía era una innegable atracción física por ambos, lo cual me parecía absurdo, vergonzoso y reprochable. Eran dos perfectos desconocidos a los que acababa de ver por primera vez hacía apenas unas horas; los había tratado durante escasos minutos, y sin embargo, habían logrado desmantelar por completo todas mis malditas reglas con solo mirarme en la penumbra. Me quedé allí, en la oscuridad de mi cuarto, escuchando los latidos desbocados de mi corazón, sin saber cómo iba a ser capaz de mirarlos a la cara al día siguiente.






