Mundo ficciónIniciar sesiónBenedict Cavendish
El sonido de sus pasos apresurados y el roce de la seda perla contra sus muslos desaparecieron pasillo arriba, seguidos por el eco seco de una puerta al cerrarse y el clic definitivo de una cerradura. Se había encerrado con llave. Me quedé estático en medio de la penumbra de la cocina, con la mirada fija en el umbral vacío por donde la cobriza acababa de huir como si hubiera visto al mismísimo demonio. En mis dedos todavía quedaba el rastro casi imperceptible de la humedad de la fresa que había mordido frente a ella, y en mi sistema, una vibración densa y caliente que no planeaba ignorar. Savannah Montgomery era una criatura fascinante. Su timidez, ese sonrojo violento que tiñó sus mejillas blancas en cuanto la acorralé contra el granito, y la forma en que su pecho subía y bajaba con una respiración desbocada, se me habían quedado grabados a fuego bajo los párpados. Miré de reojo a mi hermano. Kaelen seguía de pie a unos pasos de mí, con los ojos verdes brillando en la oscuridad de la cocina y esa sonrisa ladina, silenciosa, que usaba cada vez que algo despertaba su interés más de la cuenta. No nos dijimos nada en ese momento. No hacía falta. Llevábamos toda la vida leyéndonos el pensamiento con un solo parpadeo, y el veredicto sobre la hija de Eleanor estaba más que claro para ambos. Decidí que el aire de la cocina se había vuelto demasiado denso, así que me giré en silencio y caminé de regreso hacia la planta alta de la mansión. Mis pies descalzos no hicieron el menor ruido sobre el mármol ni sobre la madera noble de los pasillos. Crucé mi habitación asignada, una estancia enorme y fría que todavía apestaba a desuso, y abrí las puertas de cristal que daban hacia la terraza privada. El aire helado de la noche me recibió de golpe, impactando de lleno contra mi torso desnudo. Mis músculos se tensaron por el cambio de temperatura, pero no me importó; necesitaba que el frío me asentara las ideas. Me apoyé contra la barandilla de piedra de la terraza, metí la mano en el bolsillo de mi pantalón de mono gris y saqué una cajetilla de cigarrillos junto con el encendedor metálico. Saqué uno, lo coloqué entre mis labios y encendí la llama. La pequeña luz naranja iluminó mis facciones por un segundo antes de que diera la primera calada profunda, dejando que el humo amargo inundara mis pulmones. Lo retuve un par de segundos y luego lo expulsé despacio, viendo cómo se disolvía en la oscuridad del jardín. A los pocos minutos, el sutil crujido de la madera detrás de mí me indicó que ya no estaba solo. No tuve que girarme para saber de quién se trataba. El sonido de la puerta de cristal al abrirse y cerrarse con suavidad confirmó mis sospechas. Kaelen caminó con parsimonia por la terraza y se sentó en el borde de una de las tumbonas de mimbre que estaban junto a mí, apoyando los codos sobre sus rodillas desnudas. Él también vestía solo el pantalón de mono deportivo, y su piel morena parecía absorber la luz de la luna. Se quedó mirando el horizonte unos instantes antes de romper el silencio con esa voz pausada y segura que compartíamos. —¿Qué vamos a hacer? —preguntó, directo al grano, mirándome de reojo con esos ojos verdes que en la noche parecían dos ranuras brillantes. Le di otra calada a mi cigarrillo, manteniendo la vista fija en la copa de los árboles del jardín inferior. La brasa naranja brilló con fuerza antes de volver a apagarse. —¿A qué te refieres? —solté con indiferencia, aunque sabía perfectamente a dónde quería llegar. Kaelen soltó una risa baja, casi inaudible, y se acomodó en su sitio, inclinando el cuerpo hacia adelante. —Sabes perfectamente a qué me refiero, hermano. Hablo de Savannah —dijo, y pronunciar su nombre en la quietud de la madrugada sonó casi como una provocación—. La quiero. Desde que la vi entrar a la sala esta tarde, supe que me interesaba. Y sé perfectamente que tú también la quieres; te vi los ojos cuando la tenías acorralada contra la isla de la cocina. No puedes ocultármelo a mí, Benedict. Dejé salir el humo de golpe, sintiendo el calor del tabaco quemándome la garganta. Kaelen no se equivocaba. Mi hermano me conocía mejor que nadie en este mundo.—Estoy más que dispuesto a compartir —añadió él con total naturalidad, sin un ápice de duda en su tono. Me aparté de la barandilla y me giré para mirarlo de frente, sosteniendo el cigarrillo entre el dedo índice y el medio. —Savannah huyó, Kaelen —le recordé con una frialdad cortante—. Corrió a encerrarse en su habitación con el seguro puesto en cuanto te acercaste a hablarle al oído. Estaba temblando. Quizás ella no es la indicada para esto. Quizás simplemente no va a poder con nosotros. Kaelen me sostuvo la mirada. Sus ojos verdes se entrecerraron y una sonrisa astuta, desafiante, curvó sus labios de forma pausada. —¿Acaso no te gustan los retos, Benedict? —preguntó, arqueando una ceja—. ¿Desde cuándo le temes a una chica asustada? Un silencio pesado se instaló entre los dos. Sus palabras dieron en el blanco. Claro que me encantaban los retos; toda mi vida se había basado en conquistar lo difícil, en dominar aquello que parecía inalcanzable, tanto en los negocios corporativos como en la vida personal. Y la verdad era que la cobriza me encantaba. Era preciosa, un deleite visual que me había descolocado desde el primer segundo. Tenía una belleza limpia, inocente, con esa piel blanca adornada por sutiles pecas y ese cabello de un tono fuego que contrastaba con sus ojos azules como el cielo. Jamás en mi vida había estado con una mujer tan linda y pura como ella. Las mujeres en Londres eran distintas; eran predecibles, sofisticadas de plástico, dispuestas a entregarse al primer chasquido de dedos de un Cavendish. Savannah, en cambio, era un terreno inexplorado. Una niña bien portada que seguía las reglas, que se esforzaba por su tesis y que temblaba cuando un hombre de verdad reducía su espacio personal. Quería tenerla en mi cama. Deseaba ver esa seda perla esparcida por el suelo de mi habitación mientras reclamaba cada centímetro de su piel blanca. Y sí, quería compartirla con mi hermano. Para el ojo de cualquier otra persona, lo que Kaelen y yo hacíamos, la forma en que planeábamos nuestras conquistas, sería considerado lo más horrible y retorcido que cualquier ser humano podría hacer. La sociedad se escandalizaría, nos señalaría como monstruos. Pero a nosotros nos importaba un demonio la moralidad de los demás. Kaelen y yo nos habíamos criado juntos bajo la sombra de un apellido pesado, en un entorno donde la competencia era feroz, y desde muy niños nos habíamos educado de una forma muy clara: nos prometimos que no deseábamos pelearnos por absolutamente nada en esta vida. Ni por dinero, ni por el legado de nuestro padre, ni por el poder. Así que, con el paso de los años, nos acostumbramos a compartirlo todo. Absolutamente todo. Incluyendo a las mujeres que entraban en nuestras vidas. Sin embargo, había un patrón que siempre se repetía, una realidad de la que yo era plenamente consciente y que me hacía mantener los pies sobre la tierra. Ninguna mujer nos había durado más de dos semanas. Jamás. Estábamos tan sumamente acostumbrados a tener una chica tras otra, a saciar el capricho del momento, que ninguna era lo suficientemente interesante como para retener nuestra atención por mucho tiempo. Siempre era lo mismo: la novedad del cuerpo nuevo, el juego de la seducción compartida, la adrenalina de tenerlas a nuestra merced, y luego de dos o tres veces en la cama con ella, siempre nos aburríamos. Nos resultaban monótonas, vacías, fáciles de predecir. Y yo sabía, con la fría lógica que manejaba mi mente, que Savannah Montgomery no sería la excepción a la regla. Al final del día, una vez que lográramos desmantelar su timidez y poseerla por completo, terminaría convirtiéndose en una más del montón. El capricho se apagaría y volveríamos a nuestro estado de aburrimiento habitual. Pero el viaje para llegar a ese punto... el viaje iba a ser sumamente entretenido. Miré la brasa del cigarrillo, que ya consumía los últimos milímetros del filtro. Dejé salir un largo suspiro, permitiendo que la tensión de mis hombros se liberara junto con el aire de la noche. —Acepto —le dije a mi hermano, manteniendo mi voz firme y decidida. Me llevé el cigarrillo a la boca por última vez, dándole una última y profunda calada que encendió el tabaco con fuerza, llenando mis pulmones de ese calor amargo antes de dejar caer la colilla al suelo de la terraza y aplastarla con la planta del pie. Kaelen ensanchó su sonrisa. Una expresión de triunfo absoluto iluminó sus facciones morenas, sabiendo que el juego acababa de comenzar oficialmente y que las cartas ya estaban sobre la mesa. Se levantó con movimientos lentos, estirando los músculos de su espalda, y caminó hacia la barandilla para quedar a mi lado, mirando también hacia la inmensidad de la propiedad. —No hay que apresurarla, Benedict —comentó Kaelen, bajando el tono de su voz—. Hoy huyó bastante espantada de la cocina. Si la presionamos demasiado rápido, se va a romper o va a terminar confesándole algo a Lysander, y eso arruinaría la diversión antes de empezar. Tenemos que medir su resistencia, ver si su cuerpo y su mente soportan estar con los dos al mismo tiempo. —Sé cómo jugar esto, Kaelen —respondí, mirándolo de reojo con frialdad—. No vamos a asustarla. Al menos no más de lo necesario. Mañana empieza nuestro entrenamiento en la empresa de papá, y si no me equivoco, ella está haciendo sus pasantías allí mismo. Ese será nuestro terreno. La tendremos cerca, bajo nuestro control, obligada a vernos la cara en un ambiente donde no podrá salir corriendo a encerrarse con llave. Kaelen asintió, visiblemente complacido con la estrategia. —Va a ser un mes muy interesante en esta casa —susurró mi hermano menor, dándome una palmada en el hombro antes de dar la vuelta y caminar de regreso hacia el interior de la mansión. Me quedé solo en la terraza un rato más, sintiendo cómo el viento frío de la madrugada me golpeaba el rostro. Me crucé de brazos, apoyando la espalda contra la barandilla de piedra, y dirigí la mirada hacia la ventana del fondo del pasillo, la que sabía que pertenecía a la habitación de Savannah. Me pregunté si la cobriza estaría durmiendo, o si seguía sentada detrás de su puerta con el corazón desbocado, procesando el sabor amargo de la atracción que intentaba negar. Ella no tenía idea del mundo en el que acababa de entrar. Pensaba que su única preocupación eran sus tres días de clases y su título universitario con honores, pero la realidad era que sus días de calma habían terminado en el momento exacto en que pusimos un pie en este país. Kaelen y yo íbamos a tomarla, íbamos a quebrar cada una de sus malditas reglas de niña buena, y la obligaríamos a descubrir de lo que era capaz su cuerpo cuando dos hombres la reclamaban como suya. Una sonrisa fría y carente de piedad se dibujó en mis labios mientras me daba la vuelta para entrar a mi habitación. Que disfrutara de sus últimas semanas de inocencia; el tiempo ya estaba corriendo en su contra.






