Benedict Cavendish Cerré la llave de la ducha, cortando el flujo de agua caliente que había inundado el baño de un vapor espeso y asfixiante, casi tanto como la tensión sexual que todavía me vibraba en las venas. Tomé una de las toallas blancas y mullidas del toallero y, con un cuidado que raras veces aplicaba en mi vida, comencé a secar el cuerpo de Savannah. Estaba temblando, no de frío, sino por el colapso absoluto de sus fuerzas. Sus piernas apenas podían sostenerla sobre los azulejos húmedos; se balanceaba ligeramente, con la cabeza gacha y el cabello pelirrojo pegado a su espalda, chorreando gotas que se mezclaban con el rastro de nuestra pasión. La envolví en la tela, asegurándome de retirar la humedad de su piel pálida, y luego la cargué en mis brazos una vez más. Su cuerpo se sentía dócil, extrañamente liviano ahora que toda la resistencia inicial había sido erradicada de su sistema. Salí del baño y caminé de vuelta hacia el dormitorio, donde la penumbra de la tarde comen
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