Mundo ficciónIniciar sesiónMilenne Daurella, una chica de 23 años conoce a Hernán Castillo desde los 13 años, por tanto, ambos crecen en el ceno de una familia humilde, al no tener parentesco alguno, empiezan a tener una relación romántica, sin embargo todo cambia desde el momento en el que deciden ir a la ciudad, con el objetivo de progresar a nivel económico. Pues Miles de infortunios se cruzarán en su camino a la felicidad. ¿Podrán derribar todo obstáculo para continuar y cumplir todas sus metas juntos?. Por otro lado tenemos a Gerald Moguer quien esta a cargo del conglomerado Moguer pues es el heredero, sus padres lo instruyeron desde los 8 años para poder hacerse cargo de todo, una vez ellos den un paso al costado. Actualmente tiene 26 años, ya con una amplia experiencia en el mundo de los negocios. Con su imperio creciendo cada día más, solo le falta formar una familia. La duda está en quien es la indicada.
Leer másMilenne Dicen que el amor es efímero, tan rápido como llega también se va, el amor se disfruta sin tapujos Gerald ni siquiera se imagina lo que siento por él, de saberlo quizás fuese más coherente y romántico con sus acciones hacia a mi, no se que es lo que sienta por mi, pero si sé que yo me estoy sintiendo atraída hacia él, cada día que pasa mis sentimientos van en aumento. Esa actitud tan estoica, tan engreída, tan apasionada, tan todo es lo que tanto me atrae, aunque no esté bien es lo que me vuelve loca, me hace ansiarlo más, me gusta estar cerca de él. Me da mucho miedo este sentimiento, porque se que no es mutuo, tampoco hay una razón para algo más que lo que tenemos, una relacion unicamente laboral. No puedo controlar lo que siento, aunque lo intente desde que me dí cuenta, no pude lograrlo, al contrario el sentimiento sólo aumentó. No es justo sentir esto, menos por alguien tan engreído como él, es tan descarado, cínico, tiene el ego por los cielos. Cómo esque he termina
La noche se había convertido en el territorio natural de Gerald. Era cuando las decisiones más oscuras se tomaban con mayor claridad, cuando el mundo parecía guardar silencio para no delatar a nadie. En su despacho, solo la luz de las pantallas iluminaba su rostro serio, muy distinto al hombre provocador que Milenne conocía.Ahí no había sonrisas.Solo cálculo.Los informes se desplegaban uno tras otro frente a él: órdenes de búsqueda, rastreos financieros, movimientos policiales, nombres marcados en rojo. Diez reos habían escapado durante el motín, diez sombras desperdigadas por el país... y, sin embargo, casi todos los recursos estaban puestos sobre uno solo.Hernan Castillo.Gerald frunció el ceño.—No tiene sentido —murmuró.Con un gesto preciso, llamó a su gente. No policías. No funcionarios. Personas que existían en la frontera entre lo legal y lo invisible. Aquellos que no hacían preguntas cuando el dinero y el poder hablaban con claridad.—Quiero que desaparezca —ordenó—. Todo
Hernan se sentó en la cama de una de las habitaciones. El colchón crujió bajo su peso. Cerró los ojos por un instante, y entonces ocurrió: la imagen de Milenne apareció sin permiso. Su sonrisa suave. Su voz llamándolo por su nombre. El recuerdo de sus manos, del calor que una vez fue hogar.Abrió los ojos de golpe.—Necesito saber de ella —dijo, casi como una confesión.David ya lo esperaba. Se sentó frente a él, serio.—Lo sé. Pero no será fácil.—Nunca lo es —replicó Hernan— Pero no escapé de prisión para desaparecer. Escapé porque... —su voz se quebró apenas— porque no podía morir ahí sin volver a verla.David sostuvo su mirada.—Entonces haremos las cosas bien. Sin prisas. Sin errores.Encendió uno de los teléfonos y comenzó a marcar una secuencia larga, memorizada. No había nombres guardados, solo números que no existían para nadie más.—Voy a activar una red vieja —explicó— Personas que escuchan, que observan, que saben moverse sin dejar rastro. Nadie relacionará la búsqueda con
Su asistente entró con una tablet en las manos. Era una joven eficiente, de sonrisa amable y mirada despierta. Milenne confiaba en ella; siempre estaba al tanto de todo lo que ocurría en la empresa, incluso de lo que no figuraba en las agendas. Pero hacia mal en dejar pasar a Gerald.—Buenas tardes, señorita Daurella—saludó—Tiene la reunión con el consejo a las cuatro y la cena con los inversionistas a las siete.Milenne asintió, pero antes de que ella pudiera continuar, habló:—Ayer... —se detuvo un segundo, midiendo sus palabras—ayer vino Gerald Moguer y hoy también. ¿Acaso tiene cita conmigo? ¿Por que lo dejan pasar?La asistente alzó apenas las cejas, sorprendida por el dato, pero negó con la cabeza.—No, señorita. No tiene ninguna cita con usted y no lo he dejado pasar, seguramente convenció a la secretaria, le llamare la atención para que no vuelva a hacerlo además...Hizo una pausa breve, como si dudara si debía decir algo más. Milenne lo notó de inmediato.—¿Qué ocurre? —pregu
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