Su asistente entró con una tablet en las manos. Era una joven eficiente, de sonrisa amable y mirada despierta. Milenne confiaba en ella; siempre estaba al tanto de todo lo que ocurría en la empresa, incluso de lo que no figuraba en las agendas. Pero hacia mal en dejar pasar a Gerald.
—Buenas tardes, señorita Daurella—saludó—Tiene la reunión con el consejo a las cuatro y la cena con los inversionistas a las siete.
Milenne asintió, pero antes de que ella pudiera continuar, habló:
—Ayer... —se det