Hernan se sentó en la cama de una de las habitaciones. El colchón crujió bajo su peso. Cerró los ojos por un instante, y entonces ocurrió: la imagen de Milenne apareció sin permiso. Su sonrisa suave. Su voz llamándolo por su nombre. El recuerdo de sus manos, del calor que una vez fue hogar.
Abrió los ojos de golpe.
—Necesito saber de ella —dijo, casi como una confesión.
David ya lo esperaba. Se sentó frente a él, serio.
—Lo sé. Pero no será fácil.
—Nunca lo es —replicó Hernan— Pero no escapé de