Mundo ficciónIniciar sesiónKillian Draken es un hombre de acero que no cree en el azar, solo en el deber. Por eso, acepta casarse con la heredera del imperio Vanderbilt para salvar su propio legado. Pero días antes de la boda, un encuentro fortuito en la costa con una mujer misteriosa lo cambia todo. Por primera vez, Killian está dispuesto a dejarlo todo por un amor sin nombres ni títulos. Sin embargo, la realidad lo golpea de la forma más cruel el día de su compromiso. Al entrar al salón de la mano de su prometida, descubre que la mujer que ama no es una desconocida, sino la "bastarda" despreciada de la familia: la sirvienta de su propia esposa. Atrapado en un matrimonio de mentiras, Killian pronto descubrirá que nada es lo que parece. Mientras el odio de su prometida crece y los secretos de su suegra amenazan con salir a la luz.
Leer másLa mansión de los Vanderbilt no permitía errores. En Hollow Cliff, hasta el polvo parecía tener miedo de posarse sobre los muebles de diseño. Elowen terminó de ajustar la última pieza de la vajilla de porcelana en el comedor principal, moviéndose con una precisión casi quirúrgica. A pesar de que la casa estaba llena de empleados, su madrastra, Beatrix, siempre encontraba una excusa para que Elowen realizara las tareas más serviles antes de que llegaran las visitas.
—Para que no olvides de dónde vienes —solía decirle con esa sonrisa gélida que nunca llegaba a sus ojos.
—El tenedor de ensalada está tres milímetros desviado, Elowen. Qué descuido tan... hereditario.
Elowen no necesitó girarse para reconocer la voz. Beatrix entró en el comedor como si flotara, envuelta en un traje sastre de color crema que acentuaba su figura impecable y su total falta de calidez.
—Lo corregiré ahora mismo —respondió Elowen, manteniendo la voz neutral. Había aprendido que cualquier chispa de rebeldía era el combustible que Beatrix usaba para incendiar su día.
—No te molestes. Déjaselo a alguien que tenga ojos para la excelencia —sentenció Beatrix. Se acercó y, con un gesto cargado de desprecio, le arrebató el paño de seda que Elowen llevaba en la mano—. Ve al piso de arriba. Tu hermana necesita ayuda con su vestuario para la cena de gala.
—Tengo trabajo pendiente en el taller de gemología, Arthur me pidió que revisara...
—Ya sabes que no puedes molestar a Arthur —la interrumpió Beatrix, enfatizando con veneno la distancia entre Elowen y su padre—. Y lo que él "te pida" no tiene valor si yo decido lo contrario. Vete. Ahora.
Sin más opción, Elowen subió las escaleras de mármol, sintiendo el peso de los retratos familiares que la observaban desde las paredes. En ninguno de ellos aparecía ella; siempre había sido la sombra en la periferia, la nota discordante en una sinfonía perfecta. Al llegar a
la suite de Vianca, el panorama no era mejor: el caos era absoluto. Vestidos de miles de dólares estaban esparcidos por la cama como cadáveres de seda.
—¡Llegas tarde! —chilló Vianca sin mirarla. Estaba frente a un espejo de cuerpo entero, probándose un collar de zafiros que Elowen misma había pulido la semana anterior—. Este cierre está flojo. No sé para qué te dejamos entrar al taller si no puedes ni asegurar un broche.
Vianca se giró, y por un momento, el parecido físico entre ambas era evidente: la misma estatura, la misma mandíbula definida. Pero donde Elowen tenía una mirada profunda y analítica, Vianca solo mostraba una ambición insaciable.
—El broche está perfecto, Vianca. Es el ángulo con el que lo tironeas —dijo Elowen, acercándose para ajustar la joya.
—No me hables de ángulos —Vianca le apartó las manos de un golpe—. Hablas como una empleada de fábrica... como la hija de la amante, escondida entre máquinas y piedras sucias.
Elowen apretó los puños, pero no retrocedió.
—Esta "hija de la amante" es la única en esta casa que sabe que ese zafiro que llevas tiene una fisura interna. Si no dejas de moverte así, se partirá en dos antes del brindis.
Vianca palideció de inmediato, llevándose las manos al cuello con horror.
—¡Mientes! Solo quieres asustarme porque me envidias. Envidias que yo tenga el nombre, el futuro y que sea tan hermosa.
—No envidio nada que se compre con contratos, Vianca —respondió Elowen con una calma que enfureció aún más a su hermana.
En ese instante, la puerta de la suite se abrió y Arthur Vanderbilt apareció en el umbral. Se veía cansado; su rostro era un mapa de arrugas y arrepentimientos ocultos tras una fachada de éxito.
—¿Qué es este ruido? —preguntó con voz débil.
—¡Papá! Dile a Elowen que deje de molestarme con sus estupideces técnicas —exigió Vianca, fingiendo un sollozo.
Arthur miró a Vianca y luego a Elowen. Durante un segundo, hubo un destello de dolor en sus ojos al ver a su hija menor vestida con ropa sencilla frente a la opulencia de la mayor. Sin embargo, la debilidad se impuso a la justicia.
—Elowen, ve a tu habitación —dijo Arthur, evitando su mirada—. Beatrix tiene razón, hoy es un día importante para la familia. No queremos... complicaciones.
—Entiendo, padre —dijo Elowen. La palabra "familia" siempre la excluía, incluso cuando salía de los labios del hombre que le había dado su sangre.
Elowen salió de la habitación y bajó hacia los niveles inferiores, donde el mármol se convertía en piedra bruta y el aire dejaba de oler a flores para oler a trabajo. Solo cuando cerró la puerta de su taller metálico, se permitió respirar. Ella era la verdadera Vanderbilt, la que entendía la tierra y los metales, la que llevaba el negocio en las venas. Pero en Hollow Cliff, la verdad no importaba tanto como el brillo de una mentira bien contada.
Mientras tanto, lejos de la opulencia silenciosa de los Vanderbilt, la realidad se forjaba en un entorno mucho más rudo y oscuro.
La oficina de Silas Draken olía a cuero viejo, tabaco caro y desesperación contenida. En la pared del fondo, el retrato del abuelo de Killian, el fundador del imperio del acero, parecía observar a su nieto con ojos acusadores. Killian estaba recostado en uno de los sillones, con una pierna cruzada y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Había pasado la noche anterior en un club exclusivo de Londres, y la prensa ya se estaba dando un festín con las fotos de él saliendo con dos modelos.
—Fue una noche productiva, supongo —dijo Silas, arrojando con sarcasmo un tabloide sobre la mesa de caoba. La portada mostraba a Killian bajo el titular: “El Heredero de Acero funde la noche”.
—La vida es corta, tío. Y el champán no se va a beber solo —respondió Killian con voz perezosa.
—Se acabó, Killian. No más juegos, no más escándalos y, definitivamente, no más libertad.
Silas se inclinó hacia adelante, entrelanzando sus dedos. En ese momento, la madre de Killian, Eleanor Draken, entró en la habitación. Caminaba con una elegancia gélida; su rostro era una máscara de porcelana que no permitía fisuras.
—Tu tío tiene razón —dijo Eleanor, con una voz que era un susurro afilado—. Las acciones de Draken Steel han caído un 12% esta mañana. Los bancos nos están asfixiando, Killian. Si no inyectamos capital antes de fin de mes, perderemos la fundición original. Perderemos el nombre.
Ante la gravedad del asunto, Killian se puso serio. Su faceta de playboy se desmoronó por un segundo.
—¿Tan mal están las cosas? Pensé que el contrato con el gobierno era seguro.
—El gobierno no firma contratos con empresas que no pueden garantizar el suministro de gemas industriales para los componentes —explicó Silas—. Y los Vanderbilt tienen el monopolio de los zafiros de alta pureza. Por eso vas a casarte con Vianca.
Killian soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Vianca? ¿En serio? He coincidido con ella en tres galas. La mujer tiene el cerebro de un canario y la arrogancia de una reina. No tiene ni idea de lo que hacemos aquí. Para ella, el acero es algo que se usa para hacer cubiertos caros.
—No te pedimos que la ames, Killian. Te pedimos que la asegures —sentenció su madre, apoyando una mano en su hombro. El gesto no tenía calidez, era una orden—. Los Vanderbilt necesitan nuestra tecnología y nosotros su material. Es una fusión perfecta. Arthur ya ha aceptado.
Killian se puso de pie, su altura llenaba la habitación con una presencia imponente.
—¿Me están vendiendo como a un semental de exhibición para salvar sus malas inversiones?
—Te estamos pidiendo que protejas tu herencia —respondió Silas con dureza—. Pero antes de la farsa de la boda, hay trabajo real que hacer. Mañana viajarás a las minas de San Lorenzo. Necesito que supervises personalmente el nuevo cargamento de zafiros industriales. Arthur ha enviado a su equipo técnico para que trabajen contigo en los informes de dureza.
—¿A una mina? —Killian arqueó una ceja. Al menos eso sonaba mejor que una cena de gala.
—Estarás allí un tiempo, asegurándote de que el material sea el adecuado —continuó su tío—. Cuando vuelvas de las minas, en un mes aproximadamente, viajarás directamente a Hollow Cliff para el compromiso oficial. Tienes ese tiempo para cerrar los detalles técnicos y mentalizarte. En un mes, Killian, le pondrás el anillo a Vianca frente al mundo.
Killian caminó hacia el ventanal. Veía las luces de la ciudad y se sintió atrapado, pero la idea del viaje a las minas le daba un respiro. Un mes lejos de su madre, de su tío y de la risa chillona de Vianca. Un mes de "libertad" antes de la sentencia final.
—Iré —dijo finalmente, sin girarse—. Haré el control en la mina. Pero no esperen que vuelva convertido en un marido dócil.
Killian apretó los puños. Sabía que su vida de playboy era una farsa para ocultar el vacío de su existencia, pero la farsa que le esperaba en un mes era mucho peor. Lo que él no sospechaba era que en ese puesto minero perdido, no encontraría a un técnico aburrido de los Vanderbilt, sino a una mujer que hablaba el lenguaje de su alma y que le haría desear que ese mes no terminara nunca.
La camioneta negra avanzaba por el camino de grava, y el sonido de las piedras triturándose bajo las ruedas le recordaba a Elowen el latido de su propio corazón: rápido, asustado y pesado. Cuando finalmente cruzaron los portones de hierro forjado de Hollow Cliff, sintió que el aire se volvía pesado de repente, como si el lujo exagerado de aquel lugar le robara el oxígeno.Elowen no miraba los jardines con asombro, como haría cualquier visitante. Al contrario, los miraba con náuseas. Cada estatua de mármol blanco y cada seto perfectamente podado le recordaban los años que pasó allí, agachando la cabeza y caminando por las sombras, antes de que Beatrix lograra echarla definitivamente a la mina de San Lorenzo. Ella siempre pensó que la mina era un castigo, un infierno de polvo y frío; pero allí arriba, entre las piedras y el viento, había descubierto por primera vez lo que era la dignidad. Allí era una mujer con un nombre; aquí, en esta mansión, era solo un error que la familia necesitab
Los últimos días en San Lorenzo fueron como vivir dentro de una burbuja que sabían explotaría en cualquier momento. Killian no podía dejar de mirarla ni un segundo. Cada vez que veía a Elowen con su ropa de trabajo, concentrada en una piedra o con la cara manchada de tierra, sentía un tirón en el pecho que lo dejaba sin aliento. Ella era real, era verdad, y el lugar al que él tenía que volver se solo era una pecera llena de tiburones, esperando la sangre para atacar.Elowen, en cambio, se estaba despidiendo en silencio, preparándose para el golpe. Cada noche, cuando se acurrucaba contra el pecho de Killian, cerraba los ojos muy fuerte para grabar en su mente el olor de su piel y el sonido de su corazón. Lo hacía convencida de que, en cuanto ese helicóptero despegara, él se olvidaría irremediablemente de la chica de la mina.—¿En qué piensas? —le preguntó Killian una noche, mientras le acariciaba el pelo con los dedos en la oscuridad.—En que el tiempo es un ladrón —respondió ella con
Faltaba apenas una semana para que el mes de inspección llegara a su fin, y en San Lorenzo, el tiempo se había espesado como la miel. Ya no eran dos extraños midiéndose las sombras; ahora, se buscaban con la inercia inevitable de los planetas. El polvo rojo de la mina parecía haberles teñido el alma, creando un mundo propio donde las jerarquías de Londres o las exigencias de los Draken no podían entrar.Debido a esa cercanía, sus tardes se habían convertido en un ritual sagrado. Al terminar el turno, cuando el rugido de las excavadoras finalmente se apagaba y solo quedaba el crujido de la tierra enfriándose, se refugiaban en el antiguo almacén de muestras. Era un lugar que olía a papel viejo y piedra húmeda, iluminado apenas por una bombilla amarillenta que oscilaba con el viento.—¿Otra vez con esa lupa, Elowen? —la voz de Killian, ahora despojada de toda frialdad, rompió el silencio del almacén.Él estaba sentado en una mesa de madera robusta, con la camisa abierta en el cuello y la
Los días siguientes en San Lorenzo se deslizaron con una lentitud casi líquida, como si el tiempo se hubiera espesado bajo el peso de lo no dicho. El aire en la mina ya no solo olía a ozono y hierro, sino a una expectativa eléctrica que hacía de cada encuentro fortuito en los túneles una pequeña sacudida para el alma. Killian ya no era el hombre que llegó con trajes que valían más que la maquinaria del hangar; ahora, su piel se había curtido bajo el sol de montaña y sus manos, antes impecables, lucían las marcas del trabajo duro: pequeños cortes, manchas de aceite que se resistían al jabón y una fuerza nueva y honesta en el agarre.Pero el cambio más profundo, sin duda, habitaba en su silencio. Killian, acostumbrado toda su vida a llenar los vacíos con frases ingeniosas y un encanto ensayado, había aprendido finalmente a callar. En ese proceso de transformación, descubrió que el silencio de Elowen no era un vacío, sino un refugio compartido donde las palabras sobraban.Así, comenzaron
El sol de la mañana siguiente no trajo calidez, sino una claridad cruda que parecía exponer cada pensamiento que Killian había tenido en la gruta. Se despertó con el cuerpo tenso, recordando la sensación del peso de ella sobre él y la suavidad de su piel bajo su pulgar. Durante años, Killian había obtenido lo que quería con una sonrisa o un cheque; pero ahora, por primera vez, se sentía como un intruso esperando una migaja de atención de una mujer que parecía decidida a borrarlo de su existencia.Salió al hangar con una determinación renovada, pero se detuvo en seco al ver la escena. Elowen no estaba sola. Estaba rodeada de tres operarios, discutiendo ruidosamente sobre el cargamento del día. Llevaba el casco calado hasta las cejas y su lenguaje corporal era defensivo, cerrado, como si hubiera construido una muralla de hierro a su alrededor durante la noche.—Elowen —llamó Killian. Su voz sonó más fuerte de lo que pretendía en el espacio hueco del taller.Ella se tensó visiblemente, p
La noche en la mina de San Lorenzo poseía una cualidad sagrada, casi irreal, que ninguna descripción técnica podría capturar. Sin la contaminación lumínica de la ciudad, el cielo se transformaba en un manto de terciopelo negro salpicado por miles de diamantes en bruto; las estrellas parecían estar tan cerca que Killian sentía que, si extendía la mano, podría tocarlas con las yemas de sus dedos. Habian pasado algunos días y el silencio de la montaña no era un vacío absoluto, sino una presencia viva, interrumpida únicamente por el viento que silbaba entre las estructuras de acero y el crujido profundo de la roca asentándose tras el calor del día.Bajo este escenario imponente, Killian salió de su contenedor metálico cargando dos mantas pesadas de lana, sintiendo cómo el aire gélido le cortaba la respiración al primer contacto. Sus ojos buscaron de inmediato la silueta que ya se había vuelto constante en su mente y la encontró justo donde esperaba: Elowen estaba sentada en el banco de ma
Último capítulo