El viaje al hospital fue un torbellino desgarrador de luces cegadoras y el rugido furioso del motor. Tyler, con una concentración quirúrgica, manejaba con una precisión que desmentía su estado anterior, impulsado por una descarga de adrenalina que le helaba la sangre. A su lado, Derek era una estatua de yeso, sus ojos clavados en el vacío, su mente atrapada en un ciclo incesante de imágenes perturbadoras.
Al llegar a la sala de espera principal, Derek buscó desesperadamente, sus ojos escaneando