Mundo ficciónIniciar sesiónAlejandro Valdés había ascendido al trono. Nombró emperatriz a Valeria Montes, mientras que Lucía Montes, la esposa principal que había permanecido a su lado durante la sangrienta lucha por la corona, solo recibió el título de primera consorte. El día en que llegó el decreto, un silencio sepulcral invadió el Palacio de Jade. Los sirvientes mantenían la cabeza baja y apenas se atrevían a respirar. Temían que Lucía rompiera a llorar, arrojara objetos al suelo o perdiera el control, como tantas mujeres que habían caído en desgracia ante el emperador. Pero ella recibió el decreto con absoluta serenidad. —Agradezco su generosidad, Majestad. Su voz no vaciló. Su rostro permaneció inexpresivo, y en sus hermosos ojos almendrados no asomó siquiera una sombra de tristeza. Regresó a sus aposentos y siguió leyendo, como si aquella orden no tuviera nada que ver con ella. Siete días después, Alejandro hizo una de sus poco frecuentes visitas al Palacio de Jade.
Leer másEn el instante en que tocó la cortina, la voz de Alejandro sonó detrás de ella. Ya no llevaba la autoridad fría de un emperador, sino un temblor difícil de contener y una súplica casi humilde.—Vuelve conmigo —dijo, como si cada palabra le costara todas sus fuerzas—. Te… extraño mucho.La mano de Lucía se detuvo apenas un instante. Nada más. La cortina se movió y ella salió de la sala. Sus pasos ligeros se alejaron.Alejandro quedó inmóvil, con la mano extendida y los dedos helados.Desde la tienda llegó la voz de Lucía, tan dulce como siempre al hablarle a Gabriel.—Amor, ¿ya se durmió Emi? Voy a revisar el caldo medicinal que dejé al fuego. Atiende tú la tienda.—Está bien. Ten cuidado de no quemarte.Era una conversación cotidiana entre esposos, pero escucharlos le resultó insoportable. Ella ni siquiera se había vuelto a mirarlo.Aquella noche, la luna brillaba en un cielo de pocas estrellas.El patio de los Salazar era pequeño. Tenían algunos frutales y hortalizas, y en una e
—Soy un viejo conocido —respondió Alejandro con una calma deliberada.A Lucía le temblaron los dedos, pero solo un instante. Se obligó a recuperar el control, bajó los ojos para evitar aquella mirada ardiente y se volvió hacia Gabriel.—Lleva a Emi adentro, por favor.Él la miró y luego observó a Alejandro con creciente inquietud. No preguntó nada. Le apretó la mano.—Llámame si necesitas algo.Después se llevó a la niña, volviéndose varias veces antes de entrar a la parte trasera.La tienda quedó en silencio. El aire parecía haberse inmovilizado entre los dos.Lucía respiró hondo, alzó el rostro sereno e hizo una reverencia impecable.—Bienvenido, señor.Aquella bienvenida tan distante le dolió. Lucía mantenía los ojos bajos y una actitud sumisa que solo servía para marcar distancia. Alejandro la observó y esbozó una sonrisa sin calidez.—Se parece mucho a una persona cercana a mí que murió.Las pestañas de Lucía temblaron apenas.—Hay muchas personas que se parecen entre sí. Deb
En Aguas Claras, al Sur, la primavera estaba en su esplendor. Las semillas de los sauces flotaban en el aire.En una esquina del pueblo había una pequeña tienda de caligrafía y pintura llamada Ecos de Tinta. La fachada era sencilla, pero el interior estaba limpio y dispuesto con buen gusto.Una mujer vestida con ropa de colores discretos y el cabello recogido con una sola horquilla de madera señalaba pacientemente las páginas de un libro. A su lado, apoyada contra sus piernas, una niña la escuchaba.La pequeña Emilia Salazar tenía entre dos y tres años. Llevaba el cabello recogido en dos moñitos y observaba con sus grandes ojos redondos el lugar que señalaba el dedo de su madre. Con su voz infantil, leyó:—En mi sueño de primavera…La mujer sonrió con ternura y le acarició el cabello.—Qué lista eres, Emi.La cortina del fondo se levantó. Un hombre de facciones agradables y aire culto salió vestido con una túnica azul. Traía una capa de un blanco azulado y la colocó con naturalidad s
Valeria dejó de moverse y de gritar. Levantó lentamente el rostro sucio, con los ojos desmesurados por la incredulidad.—No… Es imposible… —Sus labios agrietados apenas se movieron—. ¡La vi muerta! ¡Había vomitado sangre! ¡Los médicos le tomaron el pulso! ¡Estaba muerta! ¡Muerta!—Fingió su muerte —respondió Alejandro sin alterarse.Cada palabra pareció clavarse en ella como una aguja envenenada.—Ahora vive en el Sur con Gabriel, el hombre al que conoce desde niña. Tienen una hija. Debe de haber cumplido dos años.Valeria se desplomó como si la hubiera alcanzado un rayo. Le temblaban los labios, pero no conseguía hablar. Al cabo de un momento, soltó una carcajada aguda y estridente.—¿Fingió su muerte? ¡¿Y yo qué?! ¿Qué soy yo en todo esto?Reía y lloraba a la vez. Se señaló a sí misma y luego a Alejandro, fuera de sí.—¡Llevo tres años pudriéndome aquí, encadenada como un perro! ¿Porque ella supuestamente había muerto? ¿Me dejó aquí para que me consumiera solo porque la creí





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