Capítulo 2
Lucía trabajó toda la noche para terminar la capa. La piel de zorro blanca, adornada con un bordado exquisito, resultaba tan abrigadora como suntuosa.

Apenas amaneció, fue a entregarla personalmente al Palacio del Fénix. Valeria se arreglaba frente al espejo. Al verla entrar, su mirada se endureció.

—⁠¿Qué te trae por aquí?

Lucía hizo una reverencia.

—⁠Mis respetos, Majestad. El emperador me ordenó confeccionar una capa para usted. Ya está terminada y he venido a entregársela.

Una doncella recibió la prenda y se la llevó a Valeria. Valeria pasó los dedos por la piel y, de pronto, su expresión se ensombreció.

—⁠Arrodíllate.

Lucía se quedó inmóvil, sorprendida.

—⁠He dicho que te arrodilles. ¿Qué pasa? ¿Llevas unos días como consorte y ya olvidaste las normas?

Tras un instante de silencio, Lucía obedeció. Valeria se acercó y la miró desde arriba.

—⁠¿Bordaste la capa con tanto esmero para que el emperador piense en ti cada vez que la vea y vaya a visitarte más seguido? —⁠Soltó una risa despectiva⁠—⁠. Pues sigue soñando. Él siempre me ha amado a mí. Tú sabes cómo me trataba. Solo se casó contigo para mantenerme a salvo. En cuanto subió al trono, me nombró emperatriz, mientras que tú no eres más que una consorte. ¿Todavía no entiendes cuál es tu lugar?

—⁠Jamás me atrevería a hacer algo así —⁠contestó Lucía, sin levantar la cabeza.

—⁠¿No te atreverías? Yo creo que eres muy capaz.

Valeria le levantó la barbilla con la mano, luego la soltó y se volvió hacia los sirvientes.

—⁠¡Sujétenla! ¡Lucía me ha faltado al respeto, me guarda rencor y alberga intenciones desleales! ¡Denle veinte golpes con la vara de castigo! ¡Que sirva de escarmiento!

Los sirvientes intercambiaron miradas y ninguno se movió. Aunque el emperador había elegido a Valeria como emperatriz, tampoco parecía completamente indiferente a Lucía. Si de verdad la golpeaban…

—⁠¿Mis órdenes ya no valen nada? —⁠exigió Valeria⁠—⁠. Piensen bien a quién ama Su Majestad. ¿De verdad van a desobedecerme por ella?

La amenaza era inequívoca. Los sirvientes se estremecieron y se apresuraron a inmovilizar a Lucía.

—⁠¡Señora! —⁠gritó Inés, horrorizada.

Quiso correr hacia ella, pero otras doncellas la sujetaron con fuerza.

Obligaron a Lucía a tenderse boca abajo sobre las baldosas heladas. La vara cayó con violencia, y el golpe sordo contra su carne resonó en el salón.

El primer impacto le arrancó un gemido. Se mordió el labio. Llegaron el segundo, el tercero… El dolor se acumulaba, el sudor frío le perló la frente y el rostro se le quedó sin color.

Mientras miraba las vetas de la piedra, solo podía pensar que debía resistir un poco más: "Faltan cuatro días. Gabriel, espérame cuatro días más…"

Su conciencia comenzó a desvanecerse. Los golpes y los gritos de Inés se oían cada vez más lejanos. Justo cuando estaba por perder el conocimiento, una voz furiosa resonó desde la entrada:

—⁠¡Deténganse!

Después llegaron unos pasos apresurados y conocidos. Un borde de tela amarilla apareció en su campo de visión borroso. Era Alejandro.

Al ver lo que ocurría, su rostro se crispó de rabia.

—⁠¿Qué está pasando aquí?

Apartó al eunuco que la golpeaba y se inclinó para levantarla. Al tocarla, sintió una humedad tibia y pegajosa: la sangre había empapado su delgado vestido.

—⁠¡Lucía! —⁠Su voz contenía una mezcla de furia y alarma de la que ni él mismo era consciente⁠—⁠. ¿Quién les dio permiso para golpearla?

Ella apenas logró abrir los ojos. El dolor no le permitía hablar.

Entonces Valeria se cubrió el rostro y exclamó entre sollozos, desde el lugar de honor:

—⁠¡Majestad! ¡Yo ordené que castigaran a Lucía!

Alejandro alzó la cabeza de golpe.

Con los ojos llenos de lágrimas, Valeria señaló la capa que yacía en el suelo.

—⁠Lucía me tiene envidia porque soy la emperatriz. ¡Escondió agujas de plata en esta capa para lastimarme! Por suerte, mi doncella la revisó con cuidado y las encontró. De lo contrario… ¡ya me habrían herido! No quería darle importancia, Majestad, pero ahora me corresponde velar por el orden entre las consortes. Si tolero una maldad semejante, ¿cómo podré hacer que me respeten? ¿Cómo voy a mantener el orden?

Alejandro frunció el ceño y miró aquella prenda espléndida. Luego volvió los ojos hacia Lucía, a quien aún sostenía, y endureció el gesto.

—⁠¿Es verdad?

Inés consiguió soltarse y corrió hacia su señora.

—⁠¡Majestad, no es cierto! —⁠gritó, llorando⁠—⁠. ¡Mi señora pasó toda la noche cosiendo esa capa y revisó cada puntada! ¡Es imposible que hubiera agujas! Fue la emperatriz… ¡La emperatriz quería humillarla y buscó un pretexto para castigarla!

—⁠¡Inés, cállate! —⁠intentó detenerla Lucía, demasiado tarde.

Alejandro miró el rostro bañado en lágrimas de Valeria y luego la cara pálida de la mujer que sostenía. Su expresión cambió varias veces. Al final, retiró la mano con la que ayudaba a Lucía.

—⁠¿Una simple criada se atreve a calumniar a la emperatriz? —⁠Su voz heló el salón⁠—⁠. Llévensela. Que la maten a golpes.

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