En el instante en que tocó la cortina, la voz de Alejandro sonó detrás de ella. Ya no llevaba la autoridad fría de un emperador, sino un temblor difícil de contener y una súplica casi humilde.
—Vuelve conmigo —dijo, como si cada palabra le costara todas sus fuerzas—. Te… extraño mucho.
La mano de Lucía se detuvo apenas un instante. Nada más. La cortina se movió y ella salió de la sala. Sus pasos ligeros se alejaron.
Alejandro quedó inmóvil, con la mano extendida y los dedos helados.
Desde la