Capítulo 3
Lucía abrió los ojos de par en par.

—⁠Majestad… —⁠Hizo un esfuerzo por incorporarse y se aferró con los dedos helados al borde de su túnica⁠—⁠. Inés solo quería protegerme. Le suplico que le perdone la vida.

Alejandro bajó la mirada. Ella estaba blanca como el papel, con un hilo de sangre en la comisura de los labios. Los mechones húmedos de sudor se le pegaban a la frente y al rostro. Nunca le había parecido tan desvalida.

Lucía jamás le pedía nada. Incluso cuando estuvo a punto de morir al recibir una cuchillada por protegerlo, al despertar solo había dicho: "Lo único que importa es que usted esté bien".

Era la primera vez que lo miraba así, suplicándole.

Algo se ablandó en el pecho de Alejandro. Frunció el ceño y estaba por decir que le perdonaría la vida a la doncella, aunque no la dejaría sin castigo, cuando Valeria tiró de su manga entre sollozos.

—⁠Si hoy la perdona, Majestad, ¿cómo podré hacerme respetar en este palacio? ¡Todos dirán que soy débil, que cualquiera puede humillarme! Si hasta una criada se atreve a desafiarme… ¡Será mejor que me muera!

Y, al decirlo, se lanzó contra una de las columnas.

—⁠¡Valeria!

Alejandro la sujetó de inmediato y la estrechó contra su pecho.

—⁠¡No hagas locuras!

La vio llorar entre sus brazos, casi sin poder respirar. Después miró a Lucía, agonizante en el suelo. Cerró los ojos un instante y terminó por endurecer el corazón.

—⁠Llévensela y mátenla a golpes —⁠ordenó, sin admitir discusión.

Las palabras se clavaron en el pecho de Lucía como una daga envenenada.

—⁠No… Por favor, no…

Intentó arrastrarse hacia su doncella, pero Alejandro la retuvo con firmeza.

—⁠¡Lucía! —⁠La advertencia llevaba una nota apenas perceptible de fastidio⁠—⁠. ¡No es más que una criada! ¡Te enviaré otras mejores!

—⁠No, Majestad. No quiero a nadie más. Solo quiero a Inés… ¡Tenga piedad, se lo suplico!

Se inclinó una y otra vez hasta golpear el suelo con la frente, pero la mirada de Alejandro no se ablandó. Estaba decidido a respaldar a Valeria.

Entonces un grito desgarrador llegó desde el patio. Lucía se estremeció y sintió el sabor de la sangre en la garganta. Entre la desesperación y el dolor de la espalda, escupió una bocanada de sangre. Todo se volvió negro y perdió el conocimiento.

Cuando despertó, estaba en su cama del Palacio de Jade. Tomás aguardaba a su lado. Al verla abrir los ojos, soltó un suspiro de alivio.

—⁠Por fin despierta, señora.

Lucía no respondió.

—⁠Su Majestad me ha enviado con su medicina y un mensaje —⁠continuó él con cautela⁠—⁠. Le ordena que, de ahora en adelante, se comporte como corresponde a su posición, no provoque más conflictos y, sobre todo, no vuelva a intentar hacerle daño a la emperatriz. Debe quedarse en sus aposentos y recuperarse. En cuanto a Inés… recibió el castigo que dictan las normas de palacio y ya fue sepultada. Su Majestad, en su bondad, ordenó entregar una compensación a su familia. Pronto le asignarán otros sirvientes que la atiendan como es debido.

Cada palabra agravó su dolor. Lucía permaneció tendida, con la mirada vacía fija en los elaborados bordados del dosel.

Tomás esperó un momento. Como ella no reaccionaba, dejó el tazón de medicina en la mesita junto a la cama, se inclinó y salió.

La habitación volvió a quedar en silencio. Lucía cerró los ojos. Las lágrimas resbalaron hasta perderse entre sus cabellos.

Durante las horas siguientes, Lucía apenas reaccionó: tomó la medicina y dejó que le cambiaran los vendajes. Los médicos atendieron las heridas de su espalda, pero nada aliviaba el dolor que le causaba la muerte de Inés.

Se recuperaba en silencio y esperaba en silencio el momento en que la píldora surtiera efecto.

Esa misma tarde, Tomás apareció de nuevo.

—⁠Señora, Su Majestad la requiere en el Palacio del Fénix.

Lucía se levantó y lo siguió. Por el camino, el eunuco le contó en voz baja lo que había ocurrido.

—⁠Alguien está difundiendo rumores fuera del palacio. Dicen que la emperatriz es arrogante y cruel, que manda matar a golpes a gente inocente y no merece su título. Algunos ministros han pedido que la destituyan. Al enterarse, la emperatriz se desesperó e intentó ahorcarse. Los médicos lograron salvarla. El emperador está furioso. Ha convocado a todo el personal del palacio y ha jurado que ejecutará a quien haya iniciado esos rumores.

Lucía lo escuchó sin alterarse.

Al llegar, encontró el salón abarrotado de personas de rodillas. Alejandro presidía la reunión con Valeria apoyada contra su pecho, llorando desconsoladamente.

—⁠Soy inocente. Yo nunca hice nada de eso…

—⁠Lo sé —⁠la consoló él⁠—⁠. Descubriré la verdad y limpiaré tu nombre.

Al levantar la vista, sus ojos se cruzaron con los de Lucía, que acababa de entrar. La mano con la que secaba las lágrimas de Valeria se detuvo.

Lucía bajó la mirada y se arrodilló. Sabía lo que él estaba pensando.

Durante sus años de matrimonio había sufrido incontables heridas ante sus ojos: venenos, cuchilladas, caídas al agua… Siempre había soportado dolores atroces sin derramar una sola lágrima delante de él.

Alejandro había dejado claro que no le gustaban las mujeres lloronas. Las lágrimas no lo conmovían; solo se las secaría a la mujer que amara. Por eso, por mucho que le doliera, Lucía tenía que aguantar y guardarse toda su debilidad, toda su angustia.

Hasta aquella vez en que alguien intentó asesinarlo y ella recibió la cuchillada destinada a él.

La herida era gravísima. Cuando le extrajeron el arma, el dolor le hizo perder la visión por momentos y el sudor le empapó la ropa. No pudo contenerse: las lágrimas le corrieron en silencio por las mejillas.

Alejandro estaba a su lado mientras le extraían el arma. Al verla llorar, no la reprendió. Extendió una mano y le secó las lágrimas con la yema de los dedos.

—⁠¿Te duele tanto? —⁠preguntó con voz ronca.

Ella se quedó sorprendida; él también pareció desconcertarse, como si hubiera recordado sus propias palabras. Sin embargo, no retiró la mano. Volvió a acariciarle la mejilla con torpeza, pero con una ternura que Lucía nunca había sentido de su parte.

Después de aquello, algo pareció cambiar entre ellos. Alejandro empezó a tratarla mejor. Recordaba cuáles eran sus dulces favoritos y la visitaba cuando enfermaba.

Lucía se alarmó. Quería explicarle que no había recibido aquella cuchillada por amor. Si él moría sin llegar al trono, ella tampoco conseguiría la libertad. No podría volver al Sur ni reunirse con Gabriel.

Por suerte, cuando Alejandro fue coronado, Valeria acudió al palacio entre lágrimas y él terminó casándose con ella y nombrándola emperatriz. Todo volvió a ser como antes, como si la amabilidad que había mostrado con Lucía no hubiera sido más que una ilusión.

Arrodillada entre la multitud, Lucía esperó sin decir nada. Al cabo de unas horas, alguien se acercó al emperador y le entregó unas pruebas.

—⁠Majestad, lo hemos descubierto. La persona que ordenó difundir los rumores… fue la señora Lucía Montes.

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