Llevaba una túnica imperial de un amarillo intenso, bordada con dragones. Alto y erguido, con el rostro impasible, parecía un cedro cubierto de nieve en medio del salón: imponente e inaccesible.
—Lucía —dijo con voz grave—, ¿tienes alguna objeción a mi decisión?
Ella se levantó de inmediato e hizo una reverencia.
—No me atrevería, Majestad. Nombrar emperatriz a Valeria fue una decisión muy acertada. Yo… no tengo ninguna objeción.
Alejandro frunció el ceño al contemplar su serenidad. Había supuesto que su silencio de aquellos días era una forma de obligarlo a ir a consolarla. Esperaba que, en cuanto él preguntara, ella rompiera a llorar, se quejara y armara una escena.
Entonces le concedería algunos regalos y le recordaría con firmeza lo que había dicho el día de su boda: "En mi corazón solo está Valeria. Puedo darte riquezas y una vida de privilegios, pero no amor. El título de emperatriz también está reservado para la mujer que amo".
Con una mezcla de generosidad y autoridad, el asunto quedaría resuelto.
Sin embargo, a ella de verdad no le importaba.
Aquella actitud debía complacerlo. No le causaba problemas y demostraba que había entendido sus palabras, que no alimentaba esperanzas indebidas. Pero su indiferencia le producía un malestar que no sabía explicar.
—Majestad, he traído lo que ordenó.
Tomás Herrera, el jefe de los eunucos, entró seguido por varios sirvientes que cargaban cajas forradas de brocado. Al abrirlas, dejaron a la vista unas pieles de zorro ártico de la mejor calidad, tan blancas como la nieve, sin una sola mancha.
Alejandro había cazado aquellos animales unos días antes. Pensaba regalarle las pieles a Lucía para compensarla, pero ahora, al verla así, no sabía qué decir.
No valía la pena darle más vueltas. Se las entregaría y se marcharía.
Estaba por hablar cuando ella se le adelantó.
—Son unas pieles hermosas. —Las miró con admiración, aunque sin sorpresa—. ¿Son de los zorros que cazó hace unos días, Majestad? ¿Las ha traído para que le haga una capa a Valeria?
La incomodidad de Alejandro se intensificó.
—¿Por qué no se te ocurre… que podrían ser un regalo para ti?
Lucía se arrodilló de inmediato, alarmada.
—Perdóneme, Majestad. No me atrevería a hacerme esas ilusiones. Usted dijo que su amor solo le pertenece a Valeria. Si se tomó tantas molestias para cazar unos zorros tan valiosos, sin duda eran para ella. No quisiera… atribuirle intenciones que no tiene.
Tomás intentó aclararlo:
—Señora, en realidad, Su Majestad los cazó especialmente…
—Tomás.
El tono del emperador bastó para hacerlo callar.
Alejandro miró a Lucía, arrodillada ante él, y sintió que una ira inexplicable crecía en su interior.
—En ese caso, tendrás la capa terminada en un día. Está empezando a hacer frío y Valeria es delicada de salud. No puede pasar frío.
—Como ordene, Majestad —respondió ella, inclinando la cabeza.
Su obediencia lo irritó todavía más. Se dio media vuelta con brusquedad, agitando las mangas, y salió del salón a grandes pasos.
Lucía se incorporó y lo siguió con la mirada, desconcertada. Sin embargo, enseguida recuperó la calma y llamó a su doncella, Inés Duarte.
—Trae aguja e hilo.
—Sí, señora.
Cuando Inés regresó con lo necesario, Lucía se sentó junto a la ventana y comenzó a coser la capa. La luz del sol iluminaba sus dedos delicados, que manejaban la aguja con destreza.
—Señora… —preguntó la doncella en voz baja—. ¿De verdad no está triste?
Lucía detuvo las manos un instante y sonrió. Fue una sonrisa leve, pero de una belleza que dejaba sin aliento.
—¿Triste? ¿Por qué tendría que estarlo?
En cinco días, la píldora de muerte aparente que había tomado surtiría efecto. Entonces podría abandonar para siempre el palacio y a Alejandro, regresar al Sur y buscar al hombre que realmente amaba.
Lucía y Valeria eran hijas del canciller, pero Lucía había nacido de una concubina. Como era enfermiza desde pequeña, la habían enviado al Sur para que creciera al cuidado de su abuela.
Allí conoció a Gabriel Salazar, un joven de la familia del gobernador de la provincia, amable, refinado y de un talento extraordinario. Se criaron juntos: compartieron lecturas, paseos entre flores y tardes contemplando la lluvia y la bruma del Sur.
Un día, él le tomó la mano y le hizo una promesa:
—Lucía, cuando tengas edad para casarte, me casaré contigo.
—Está bien —respondió ella, ruborizada.
Pero el mismo día en que alcanzó la edad de contraer matrimonio, cuando los Salazar se disponían a pedir su mano, su padre, el canciller Rodrigo Montes, envió a buscarla para llevarla de regreso a la capital. Debía casarse con Alejandro, el tercer príncipe.
Por entonces, los nueve hijos del emperador se disputaban la sucesión. El soberano había elegido como esposa principal de cada uno a la hija de un alto funcionario. A Alejandro le correspondió una hija del canciller.
Él amaba a Valeria, la hermana mayor de Lucía e hija de la esposa legítima, pero conocía bien los peligros de aquella lucha. Casarse con ella habría sido exponerla a una muerte casi segura. Por eso, cuando supo que Valeria tenía una hermana criada en el Sur, pidió casarse con Lucía.
Ella se negó, hasta que su padre la amenazó con la vida de Gabriel.
—Si no te casas, haré ejecutar a toda la familia Salazar.
Finalmente, también le hizo una promesa:
—Cuando Alejandro llegue al trono, te daré una píldora para fingir tu muerte. Entonces podrás salir del palacio y buscar a Gabriel.
Lucía aceptó y se casó con Alejandro.
La vida a su lado resultó tan peligrosa como había imaginado: atentados, venenos, acusaciones falsas… Sufrió numerosas heridas y fue envenenada varias veces, pero nunca se quejó. Administraba la residencia a la perfección y cumplía sin falta con su papel de esposa.
Si él resultaba herido y necesitaba una planta medicinal difícil de conseguir, ella arriesgaba la vida para encontrarla. Si sus adversarios le tendían una trampa, se interponía entre él y las armas.
En algún momento comenzó a correr un rumor por la residencia: Lucía estaba perdidamente enamorada de Alejandro.
Lucía no sabía cómo desmentirlo. Lo único que quería era ayudarlo a llegar al trono, aun a riesgo de perder la vida, para poder reunirse con Gabriel.
Ahora todo había terminado. Alejandro era emperador, Valeria era emperatriz, y ella había tomado la píldora dos días antes. Tardaba siete días en actuar. Solo faltaban cinco.