Los eunucos y las doncellas se habían arrodillado alrededor de la cama. Aún no habían empezado a llorar cuando la puerta se abrió de golpe.
Alejandro entró precipitadamente. Al enterarse, había corrido hasta allí. Empujó al médico arrodillado junto al lecho con tanta fuerza que lo hizo caer al suelo.
—¡No digas semejante mentira! —rugió con voz ronca—. ¿Cómo va a estar muerta? ¡Solo cayó de la torre! ¡Yo la vi! ¡Eran heridas superficiales!
Se acercó a la cama y se inclinó sobre ella.
Lucía yacía