El viento helado la despertó.
Lucía abrió los ojos con dificultad y descubrió que estaba a una altura considerable. Tenía las manos atadas con una cuerda gruesa y no podía moverse. A su lado, también amarrada, estaba Valeria, vestida con lujosas ropas de corte y desfigurada por el terror.
Las habían llevado a lo alto de la torre de la muralla.
Abajo, las antorchas iluminaban las filas compactas de la guardia imperial. Alejandro se encontraba al frente, vestido de negro, con la espalda recta. Aunque mantenía una expresión severa, no apartaba la mirada de las dos mujeres.
—¡Alejandro! —rugió una voz ronca y enloquecida desde el otro extremo de la torre.
Lucía giró la cabeza con esfuerzo. Vio a un hombre de aspecto desquiciado que llevaba una túnica imperial hecha jirones. Era Esteban Valdés, el antiguo príncipe heredero.
Lo habían mantenido prisionero desde su derrota en la lucha por el trono. Lucía ignoraba cómo había logrado escapar.
—Quién iba a pensar que volveríamos a vernos así, hermano. —Esteban soltó una carcajada—. ¡Me lo arrebataste todo! ¡Hoy vas a saber lo que se siente perder para siempre a quien amas!
Señaló a las dos mujeres, con una locura rencorosa en los ojos.
—Una es tu adorada emperatriz. La otra es la consorte que lleva años a tu lado y ha arriesgado la vida por ti. En su momento me obligaste a elegir quién viviría: mi madre o mi esposa. ¡Ahora te toca elegir a ti! Solo puedes salvar a una. A la otra la arrojaré desde aquí. ¡Su cuerpo quedará destrozado y tú vivirás atormentado por la culpa hasta el fin de tus días! ¡Elige! ¡Veamos quién te importa más!
Su risa resonó sobre el silencio que se había extendido al pie de la torre. Solo el viento seguía rugiendo.
A la luz de las antorchas, el rostro de Alejandro resultaba aterrador. Apretó los puños hasta que las venas se le marcaron en el dorso de las manos. Su mirada iba de una mujer a la otra.
Valeria estaba fuera de sí. Lloraba a gritos, con el rostro empapado en lágrimas.
—¡Majestad, sálveme! ¡Tengo miedo! ¡No quiero morir, Majestad!
Lucía, en cambio, observaba en silencio lo que ocurría abajo. No parecía asustada ni esperanzada. Su serenidad era tal que daba la impresión de que nada de aquello le incumbía.
Solo de vez en cuando desviaba los ojos hacia un punto junto a la muralla: el camino que se alejaba del palacio y conducía al Sur.
La mirada de Alejandro terminó por detenerse en su rostro. Recordó la promesa que le había hecho poco antes: "La próxima vez te elegiré a ti".
Algo se le contrajo en el pecho.
Los gritos de Valeria se volvieron más desesperados.
—¡Dijo que solo me amaba a mí! ¡Prometió protegerme siempre! ¡Majestad!
Alejandro cerró los ojos. Al abrirlos, su expresión era resuelta, aunque todavía dejaba entrever una leve vacilación.
Lucía siempre era tan fuerte. Siempre resistía tanto.
Volvería a quedar en deuda con ella. La próxima vez, sin falta…
Levantó la mano y señaló a Valeria. Su voz salió ronca, pero atravesó el viento con claridad.
—Elijo a mi emperatriz.