Capítulo 4
Todos quedaron conmocionados. Lucía también se sorprendió.

Alejandro recibió las pruebas, las revisó por encima y ensombreció el rostro. Luego se las arrojó a la cara.

—⁠Lucía, me has decepcionado profundamente. ¡Una y otra vez intentas hacerle daño a Valeria! —⁠Hizo una pausa y alzó la voz⁠—⁠. ¡Guardias…!

No terminó la orden. Ante aquel rostro pálido y sereno, las palabras "sáquenla y decapítenla" se le atascaron en la garganta.

Valeria advirtió su vacilación y una chispa de odio le cruzó los ojos. Se arrodilló para suplicar entre lágrimas:

—⁠Majestad, a fin de cuentas Lucía es mi hermana. Le ruego que tenga piedad. No la mate. Bastaría con encerrarla unos días en los calabozos imperiales para castigarla.

Alejandro frunció el ceño y volvió a dudar. Conocía aquel lugar húmedo y sombrío, lleno de instrumentos de tortura. Quien entraba allí salía muerto o lisiado. Las heridas de Lucía aún no habían sanado. Si la encerraban…

Valeria vio con claridad su conflicto y sintió crecer el rencor. ¿Desde cuándo le importaba tanto Lucía? ¿Ni siquiera era capaz de enviarla a los calabozos?

Apretó los dientes y volvió a hablar, esta vez con una voz más débil, quebrada por el llanto.

—⁠Yo tampoco quiero castigarla. Pero si una acusación falsa contra mí queda impune, ¿con qué autoridad voy a mantener el orden entre las consortes? Aunque… olvídelo. Es mi hermana. Hagamos como si nada hubiera pasado…

La interrumpió un ataque de tos. De pronto escupió un poco de sangre, que manchó de rojo su pañuelo blanco.

—⁠¡Valeria! —⁠Alejandro la estrechó contra sí, espantado⁠—⁠. ¡Llamen a un médico! ¡Ahora!

Miró a Lucía, que seguía arrodillada con la espalda recta y el rostro inexpresivo. Después vio a Valeria inconsciente en sus brazos, con sangre en los labios y una respiración apenas perceptible. La última duda desapareció de sus ojos.

—⁠¡Encierren a Lucía en los calabozos imperiales! ¡Allí esperará mi sentencia!

Los guardias levantaron a Lucía del suelo sin miramientos. Ella no se resistió ni intentó defenderse. Ya había comprendido que todo era obra de Valeria. Explicarse no serviría de nada.

Los calabozos eran tan fríos y húmedos como decían, y olían a podredumbre y moho. La arrojaron dentro de una celda. La puerta de hierro se cerró con estrépito, ocultando la escasa claridad del exterior.

Lucía se apoyó contra la pared helada. El trato brusco de los guardias le había abierto otra vez las heridas de la espalda, y la sangre le teñía la ropa clara. Le dolía, pero ya no tenía fuerzas para ocuparse de ello.

No supo cuánto tiempo pasó antes de que la puerta volviera a abrirse. Un carcelero entró cargado de instrumentos de tortura.

—⁠Lo lamento, señora —⁠dijo con una sonrisa falsa⁠—⁠. Las órdenes son darle una lección, para que recuerde a quién puede provocar y a quién no.

Hierros al rojo vivo, clavos, prensas para los dedos… Todos aquellos tormentos cayeron sobre un cuerpo que ya estaba cubierto de heridas.

Durante dos días enteros, Lucía soportó los castigos con los dientes apretados, sin soltar un grito. Su conciencia iba y venía entre el dolor y el frío.

Gabriel… Perdóname. Tal vez… no alcance a volver a verte.

Cuando estaba a punto de perder el conocimiento por completo, sintió calor. Alguien la levantó con cuidado. Lucía sintió que los brazos que la sostenían temblaban. Consiguió entreabrir los ojos y, a través de la visión borrosa, reconoció la mandíbula tensa de Alejandro.

La siguiente vez que despertó estaba en el Palacio de Jade. Él permanecía junto a la cama con un tazón de medicina entre las manos. Al verla abrir los ojos, pareció aliviado.

—⁠Ya despertaste. Toma tu medicina.

Acercó una cucharada a sus labios, pero Lucía se incorporó con esfuerzo y le quitó el tazón.

—⁠Puedo hacerlo sola.

La mano de Alejandro quedó suspendida en el aire. La vio sostener el recipiente con dificultad y beberse de una vez todo el líquido amargo, sin hacer una mueca. Aquella incomodidad que no sabía nombrar volvió a invadirlo.

—⁠¿Por qué te comportas así? —⁠preguntó con la voz algo ronca⁠—⁠. No es la primera vez que te cuido de esta manera.

Lucía dejó el tazón vacío y se limpió la comisura de los labios con la manga.

—⁠Entonces… solo estábamos usted y yo —⁠respondió con voz débil, pero clara⁠—⁠. Ahora que su trono está asegurado y Valeria es la emperatriz, no me corresponde seguir molestándolo.

—⁠¿Me reprochas que te haya enviado a los calabozos?

—⁠No me atrevería. —⁠Bajó los ojos⁠—⁠. Solo quiero decirle que yo no difundí esos rumores contra la emperatriz.

Alejandro guardó silencio. La penumbra acentuaba la dureza de su perfil.

—⁠Lo sé —⁠dijo al fin.

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