Capítulo 7
—⁠¡Muy bien! ¡Qué enamorado estás! —⁠Esteban soltó una carcajada feroz e indicó a sus hombres que liberaran a Valeria.

Le desataron las cuerdas y la empujaron hacia una pequeña puerta que conducía a un lugar seguro. Ella bajó la torre a trompicones y se arrojó a los brazos de Alejandro, llorando a gritos.

Esteban se acercó a Lucía, que había quedado sola, con una sonrisa cruel.

—⁠Adiós para siempre, consorte.

Casi al mismo tiempo, varias saetas salieron de las sombras de la torre y se clavaron con precisión mortal en él y en algunos de sus hombres.

Esteban se quedó rígido. Todavía tenía en los ojos el brillo de una satisfacción demente cuando comenzó a caer hacia atrás. Antes de morir, reunió sus últimas fuerzas y empujó a Lucía, que ya tenía medio cuerpo suspendido sobre el vacío.

—⁠¡Lucía!

Alejandro vio a Lucía precipitarse desde la torre. Un impacto sordo resonó contra el suelo de piedra. El cuerpo de Lucía se sacudió apenas una vez y quedó inmóvil.

Sintió que una mano invisible le estrujaba el corazón. El dolor casi le impidió respirar. Corrió hacia ella como un loco.

—⁠¡Lucía! ¡Lucía!

Se arrodilló y la levantó con sumo cuidado. Tenía la cara blanca como el papel, los ojos cerrados y sangre en la boca. Por fortuna, aún respiraba.

—⁠¡Un médico! ¡Traigan un médico! —⁠gritó con un pánico que jamás había sentido.

—⁠Majestad…

A poca distancia, Valeria dejó escapar un gemido. Un hilo de sangre oscura le salió de la boca y sus piernas cedieron.

—⁠¡Valeria!

Ella se aferró a su manga, casi sin aliento.

—⁠Ese Esteban… me obligó a tragar una píldora… No sé qué era… ¿Voy a morir, Majestad? No se preocupe por mí… Atienda primero… a Lucía…

Alejandro miró a Lucía, que todavía respiraba entre sus brazos, y luego a Valeria, débil y ensangrentada. La indecisión lo desgarró.

Lucía aún respiraba. Alejandro quiso creer que la caída no había sido tan grave. Valeria, en cambio, podía haber sido envenenada.

Apretó los dientes y dejó a Lucía con suavidad en el suelo.

—⁠¡Llévenla al palacio! —⁠ordenó a los guardias que llegaban⁠—⁠. ¡Que la atiendan los médicos de inmediato! ¡Iré enseguida!

Después levantó a Valeria en brazos y se dirigió con rapidez al palacio más cercano.

—⁠¡Los médicos! ¡¿Dónde están los médicos?!

Los guardias llevaron a Lucía de vuelta a sus aposentos, donde ya la esperaba un médico imperial. Este se apresuró a examinarla.

—La caída no parece haberle causado lesiones graves —dijo tras revisarla con cuidado—. Le ha dejado algunas heridas superficiales y contusiones internas que parecen leves. No detecto fracturas ni lesiones en los tendones.

Comenzó a limpiar y vendar las heridas. La hemorragia se detuvo pronto. Estaba a punto de anunciar que la consorte estaba fuera de peligro y solo necesitaba descansar cuando Lucía, sin ninguna señal previa, vomitó una gran cantidad de sangre.

Luego vino otra bocanada, y otra más.

La sangre empapó el camisón limpio que acababan de ponerle y manchó las manos del médico.

—⁠Pero… ¿cómo es posible?

El hombre volvió a tomarle el pulso. Bajo sus dedos, el latido se había vuelto débil y errático. La vida se le escapaba a una velocidad aterradora.

—⁠¿Por qué se debilita así? ¡Hace un momento…!

La alcoba se sumió en el caos. Las doncellas gritaban de espanto y el médico intentaba salvarla con agujas de acupuntura y remedios, pero nada funcionaba.

Entre el frío y el dolor, Lucía sintió que la conciencia comenzaba a abandonarla. Sabía lo que estaba pasando: la píldora había empezado a actuar. Justo a tiempo.

Tendida en la cama, contempló el dosel mientras todo se volvía confuso. Lo último que percibió fue la mano temblorosa del médico soltándole la muñeca. El hombre cayó de rodillas, con el rostro ceniciento.

—⁠Vayan… Avísenle al emperador… La señora… ha fallecido.

Lucía cerró los ojos con una leve sonrisa en los labios. Por fin era libre.

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