Capítulo 5
Lucía alzó la vista de golpe, incrédula.

Alejandro evitó mirarla a los ojos.

—⁠Mis espías no son tan inútiles. Sé perfectamente quién está detrás de todo esto.

Aquellas palabras la hirieron profundamente. El dolor y lo absurdo de aquella confesión casi la dejaron sin aliento.

—⁠Entonces, Majestad… —⁠Su voz tembló.

—⁠Pero Valeria… —⁠En el tono de Alejandro se filtraron el cansancio y la resignación⁠—⁠. Le he dicho infinidad de veces que no estoy enamorado de ti y que me casé contigo porque las circunstancias me obligaron. Pero, al fin y al cabo, es una mujer y se siente insegura. Sabe que llevamos años casados y ve que, de vez en cuando… me preocupo por ti. Eso la inquieta. Esta vez solo quiso poner a prueba mis sentimientos.

Hizo una pausa y la miró con una expresión difícil de descifrar.

—⁠No podía romperle el corazón. Para demostrarle que la amo, tuve que seguirle el juego. Sé que te ha tocado sufrir.

Así, con una frase dicha a la ligera, resumía las acusaciones, la humillación, las torturas que le habían desgarrado la piel y el miedo a morir en aquel calabozo.

Una había montado toda la farsa para sentirse segura; el otro la había contemplado sufrir para demostrar su amor. Entre los dos la habían arrojado al infierno. ¿Y todavía pretendían que comprendiera lo difícil que había sido para ellos?

Lucía lo miró y sonrió con amargura, como si se burlara de sí misma.

Alejandro sintió una punzada de inquietud. Creyó que ella se había distanciado de él por el daño que le había causado.

—Esta vez te he fallado —admitió en un tono más suave, mostrando una disposición a ceder poco habitual en él—. Concéntrate en recuperarte. Te lo compensaré. Si vuelvo a tener que elegir entre Valeria y tú, te prometo que la próxima vez… te elegiré a ti.

Lucía cerró los ojos, agotada hasta el límite.

—⁠No habrá una próxima vez —⁠murmuró, casi sin voz.

—⁠¿Qué dijiste?

Alejandro no la había oído. En ese momento, Tomás habló con cautela desde la estancia contigua:

—⁠Majestad, lleva aquí un día y una noche. Varios ministros esperan que los reciba para tratar el asunto de las inundaciones del Sur…

Alejandro frunció el ceño y miró a Lucía, que seguía inmóvil, con los ojos cerrados y el rostro blanco.

—⁠Que esperen un poco más.

—⁠Majestad —⁠intervino ella con calma⁠—⁠, los asuntos del Estado son más importantes. Ya estoy fuera de peligro. Puede retirarse.

Aquella frialdad avivó de nuevo su ira, aunque lo que más sentía era frustración e impotencia. Finalmente no dijo nada. Se levantó, la miró largamente y se marchó.

Después de aquella conversación, Alejandro intentó compensarla. Hizo llevar discretamente a sus aposentos antigüedades excepcionales, sedas, brocados e incluso algunos tributos reservados al emperador y a la emperatriz.

A la mañana siguiente le envió un mensaje: quería llevarla a distraerse al coto imperial, a las afueras de la capital. Era un lugar de uso exclusivo de la pareja imperial, al que nunca había entrado una consorte.

Lucía buscó la manera de rechazar la invitación sin ofenderlo. Precisamente aquel día debía hacer efecto la píldora. Fingir su muerte en sus aposentos podía resultar creíble, pero hacerlo durante el trayecto al coto de caza podía despertar sospechas.

Estaba por llamar a su nueva doncella para que llevara la respuesta cuando un hombre vestido de negro entró de un salto por la ventana. Antes de que pudiera gritar, recibió un golpe seco en la nuca. La oscuridad la envolvió y perdió el conocimiento.

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