Valeria dejó de moverse y de gritar. Levantó lentamente el rostro sucio, con los ojos desmesurados por la incredulidad.
—No… Es imposible… —Sus labios agrietados apenas se movieron—. ¡La vi muerta! ¡Había vomitado sangre! ¡Los médicos le tomaron el pulso! ¡Estaba muerta! ¡Muerta!
—Fingió su muerte —respondió Alejandro sin alterarse.
Cada palabra pareció clavarse en ella como una aguja envenenada.
—Ahora vive en el Sur con Gabriel, el hombre al que conoce desde niña. Tienen una hija. Debe