Los recuerdos lo desbordaron, y con ellos llegó un dolor que apenas podía soportar.
Recordó la noche de bodas. Los grandes cirios nupciales ardían y Lucía, vestida de rojo, aguardaba en silencio al borde de la cama. Cuando él le levantó el velo, encontró unos ojos serenos, sin la timidez ni la alegría de una recién casada. Tampoco vio el nerviosismo de una hija de concubina que acababa de casarse por encima de su posición. Solo aquella calma, profunda e inmóvil.
Lo invadió una irritación sin cau