Mundo ficciónIniciar sesiónAlana Vega se muda a Inglaterra con una única intención: terminar sus estudios, lograr estabilidad económica y sacar a su madre de un país en decadencia para ofrecerle una vida mejor. Sin embargo, todo parece derrumbarse cuando pierde su empleo y su casera amenaza con desalojarla antes del fin de semana. Justo cuando cree haber tocado fondo, Alana consigue un trabajo como niñera en Ashford Manor, una imponente mansión ubicada en las afueras de Roseheven. Desde el principio, la oferta suena demasiado buena para ser cierta: un salario alto, una habitación propia y un entorno de ensueño. Pero al llegar, descubre que su nuevo jefe, Christopher Ashford, es un hombre hermético, reservado y con una evidente dificultad para tolerar su presencia. Pronto, Alana comprende que en esa casa nada es lo que parece. Christopher esconde un secreto, uno que explica la verdadera razón detrás de su contratación... una razón que poco tiene que ver con cuidar a sus hijas, y mucho con un anillo de compromiso que brilla como una promesa y una trampa al mismo tiempo. Por qué ella también tiene secretos que no ha compartido.
Leer másAlana.
—¡No podemos soportar ese comportamiento inapropiado! ¡Es una falta de respeto a la institución! Cierro los puños, en un intento de contener toda la fuerza y el autocontrol que tengo para no hacer algo estúpido, como golpear a la señora Helena aquí en su oficina, ignorando que es una anciana y que tampoco sería ético. Tengo la mandíbula tan tensa que podría astillarme los dientes. —El hombre estaba zarandeando a su hijo de cinco años por derramar jugo en su traje —replico, al borde de perder la paciencia—. Ese niño tiene moretones en los brazos. Estamos hablando de un posible caso de abu... —¡Suficiente! —me calla dando un golpe a la mesa—. El señor Edwards es un generoso donante de nuestra institución. Su palabra tiene más peso que las... claras exageraciones de una maestra pasante y… extranjera. Escupe la última palabra con desprecio. Me obligo a tomar una respiración profunda y, con una voz increíblemente neutra, digo: —Entiendo. ¿Vacío mi casillero ahora o puedo terminar el día laboral? Parpadea sorprendida, pero se recompone tan rápido que quizá solo fue una ilusión por la rabia. —Ahora. Llévese todo y no quiero verla de nuevo por aquí. No tiene que repetirlo; salgo de la oficina intentando no lucir tan afectada como me siento. Afuera, muchas de mis compañeras me observan con lástima, pero solo vuelven a sus actividades en un silencio que se siente como haber firmado una sentencia de muerte. Al terminar de guardar los regalos hechos a mano que me han dado los niños en mi bolsa, vuelvo a mi salón de clases, donde la maestra Lauren, que está concentrada en terminar de limpiar una mesita; me regala una mirada cálida antes de dejar el trapo y envolverme en un abrazo. —Hiciste lo correcto —me susurra—. Si necesitas algo, no dudes en hablar conmigo. Lauren siempre fue muy amable conmigo y lo más cercano a una amiga que he tenido desde que me mudé aquí. Le devuelvo la sonrisa con los labios apretados, apartándome. —Gracias. Cuida a los niños y, por favor, hazle seguimiento al caso de Calum Edwards. Asiente comprensiva y yo salgo de la escuela. Cruzo la esquina y me permito romperme. Lloro todo lo que callé durante meses: menosprecios, discriminación, regaños injustificados solo porque me preocupaba por los niños y su seguridad. Rosehaven está gris. Es un pueblo pequeño y agradable —o al menos eso pensaba cuando llegué con el programa de intercambio de la universidad—, pero Inglaterra resulta frío en todos los sentidos. Y no hablo solo del clima. Como hay gente en la calle y odio que me vean vulnerable, me desvío. Aún no quiero llegar donde mi casera. Mejor voy al parque ese que encontré cuando la universidad se volvía insoportable y solo quería desaparecer un rato. Hoy está prácticamente vacío. Tomo asiento en uno de los bancos y saco de inmediato mi celular; necesito actualizar mi currículum y aplicar a cualquier cosa que pague lo suficiente para mantenerme a flote. Mi orgullo no puede pagar las cuentas. Me muerdo lo que queda de la uña de mi dedo pulgar, inmersa en las aplicaciones, hasta que lo oigo. Un llanto. Levanto la cabeza por instinto. Me toma menos de tres segundos localizar a una niña cerca de los columpios, abrazando su rodilla contra el pecho. Junto a ella, apretado contra su costado, hay un osito pequeño de felpa gastada. Sin pensarlo, me pongo en pie y solo alcanzo a llevar conmigo un paquete de toallitas y algunas curitas. Es muy pequeña. Tiene el cabello rubio oscuro peinado en dos trenzas y un vestido blanco que ahora está manchado de tierra. No debe tener más de tres o cuatro años. Sus mejillas están rojas de tanto llorar y la escena me parte el corazón. ¿Qué hace sola una niña tan pequeña? Me agacho para estar a su nivel, sin querer asustarla. —Hola, cariño. Levanta la cabeza despacio y me clava una mirada azul llena de desconfianza y timidez. —Eso está feo, ¿verdad? Su respuesta es un asentimiento casi imperceptible. Parece hacerse un poco mas pequeña cuando intento acercarme otra vez. Miro alrededor y aún nadie se presenta. Respiro hondo. —Soy Alana —le muestro el paquete de toallas—. No quiero hacerte daño, quiero curarte. ¿Puedo ver tu rodilla? Lo piensa unos segundos. Asiente, hipando. Inspecciono rápido: raspones superficiales, nada serio, pero el sangrado ligero para una niña puede ser un mundo. Saco unos pañuelos y presiono con cuidado. Su rodilla tiembla, pero no se aparta. Sonrío con calidez. —Eres muy valiente. ¿Sabes qué? Estas raspadas van a sanar muy rápido, mañana ni te acordarás. Le pongo la curita. Tiene florecitas de colores; las mismas que usaba con los pequeños del preescolar. Ella sorbe por la nariz y me observa, ya sin miedo. Curiosidad, más bien. La ayudo a levantarse. —¡Vivi! Una niña un poco más grande con mismo cabello castaño pero ojos más oscuros, se acerca corriendo, angustiada. —¡¿Estás bien?! ¡¿Vamos a un doctor?! —Tranquila —le sonrío—. Solo fue un raspón. Ella entrecierra los ojos. Escaneándome. —¿Eres doctora? —No, pero tengo experiencia con niños. —¿Eres niñera? —ladea la cabeza, intrigada—. Porque nosotras necesitamos una. Suelto una carcajada. Siempre amaré la honestidad de los niños. —¿Ah, sí? Pues quizás... No termino la frase. Una sombra se proyecta sobre nosotras y de inmediato el aire se vuelve pesado, gélido. —Marjorie. Vivian. Esa voz profunda me eriza los vellos de la nuca. Me giro, aún arrodillada, y tengo que echar la cabeza hacia atrás. Hacia muy atrás. El hombre es ridículamente alto. Una figura de oscuro recortada contra el gris del pueblo. Y me mira como si yo fuera la mugre pegada a sus zapatos. La más pequeña se esconde detrás de mi. —¿Quién es usted y qué hace tocando a mis hijas? Me quedo helada. Un segundo. Solo uno. Mi paciencia se quedó en esa maldita oficina y mi orgullo está a punto de estallar. Me enderezo hasta quedar frente a él. Bueno, frente a su pecho y, sosteniéndole la mirada gris, le suelto: —Mire, "señor simpatía"... una cosa. Primero, baje el tonito. Y segundo, dé las gracias.Alana.Esto es una pésima idea.Sabía que lo era y, aún así, las palabras saltaron de mi boca antes de que pudiera frenarlas. Mi madre siempre dice que soy impulsiva; de adolescente, me gustaba creer que era una especie de justiciera. Pero ahora, con el aliento de Christopher acariciándome los labios en cada respiración, no estoy segura de a qué clase de justicia aspiro.Sus dedos se mantienen firmes en mi muñeca. Sus ojos, de un gris tormentoso, se han oscurecido tanto que parecen a punto de estallar. No es intimidación lo que siento, sino una rabia que se expande por mi pecho y se instala en mi centro, alimentada por esa cercanía traicionera.Y ese es el verdadero problema. Creí que lo más difícil sería fingir algo que no siento, pero la verdad es que la farsa es la parte fácil. Lo difícil es ignorar cómo reacciona mi cuerpo ante él.—Suéltame —ordeno, apretando los dientes.—Tú empezaste, Alana —replica él, con la misma tensión en la mandíbula.Suelto un bufido, negándome a c
Christopher. —Lamento que no nos hayamos presentado correctamente —dice Alana, manteniendo una calma que me deja aturdido—. Prefería mantener un bajo perfil para no alimentar el chisme, pero viendo sus intenciones, me veo obligada a aclarar mi posición.Beatrice se queda pasmada en su sitio, procesando lo que acaba de pasar en tan poco tiempo. Entonces, se pasa una mano por el cabello, soltando una carcajada cargada de veneno.—¡Por Dios, qué conveniente! ¿De verdad crees que voy a tragarme esto? —Se acerca a ella, escaneándola con asco—. ¿En serio, Christopher? Cambiaste a mi hija por... esto.Me detengo antes de dar un paso; Alana ni siquiera parece ofendida por el desprecio de mi suegra.—Entiendo su frustración —responde con una sonrisita condescendiente—. No todo el mundo tiene la suerte de que su clase esté a la altura de su cuenta bancaria. Marie se muerde el labio y yo, por primera vez, siento algo parecido al orgullo por sus respuestas impertinentes. Beatrice, por otro lado
Alana.El sol se filtra a través de las cortinas de mi habitación. No pegué el ojo en toda la noche. En mi mente solo se repetía en bucle esa imagen: Christopher, el hombre más imponente y poderoso que he visto nunca, arrodillado ante mí, suplicando.No sé si llamarlo sueño o pesadilla.No me soltó hasta que prometí pensarlo. Pero antes de dejarme ir, sacó el anillo de la caja.—Al menos póntelo —suplicó con voz ronca—. Solo para que sientas el peso de lo que te estoy pidiendo.Y antes de que pudiera protestar, lo deslizó en mi dedo anular. Me quedé mirándolo, hipnotizada. Era hermoso, de eso no hay duda. Pero demasiado real.—Cuarenta y ocho horas —susurró, cerrando sus dedos sobre mi mano—. Es todo lo que pido.Ahora, en la luz del amanecer, miro el anillo todavía en mi dedo.¿Por qué no me lo he quitado?Christopher Ashford podría tener a cualquier mujer de este pueblo a sus pies, contratar a los mejores abogados del mundo o, simplemente, empezar por ser un buen padre si tanto dese
Christopher.La taza explota contra el suelo, esparciendo fragmentos de porcelana que brillan como cristales rotos. No parpadeo. Observo cómo la expresión de Alana se desmorona; el desconcierto es devorado por un horror absoluto. Se lleva una mano al pecho, intentando contener unos latidos que casi puedo escuchar.Sacude la cabeza.—Esto… —su respiración se vuelve superficial—. ¿Esto es una broma?—No me gustan las bromas —sentencio, sosteniendo la caja de terciopelo entre nosotros con una calma inhumana—. Soy un hombre de negocios, Alana.Se estremece cuando su nombre escapa de mis labios, bajo y cargado de intención. Sus ojos esmeraldas, empañados por las lágrimas, buscan algún indicio de burla en mi rostro. Pero no lo hay. Me yergo un poco más, otorgándole el espacio justo para que no se asfixie, pero sin permitirle escapar.—Usted… yo… —sus manos vuelan a su cabello, deshaciendo su peinado con violencia—. Esto no puede estar pasándome.—Me temo que está pasando.Me clava u
Último capítulo