Mundo ficciónIniciar sesiónAlana.
La dirección que me dieron me lleva a las afueras de Rosehaven, al inicio no le presto demasiada atención hasta que poco a poco las casas dejan de ser pintorescas y empiezan a ser... imponentes. Mansiones, más bien en medio del bosque. El taxi se detiene frente a una verja de hierro forjado que parece sacada de una película de época, y siento cómo mi estómago se retuerce de nervios.Ashford Manor. El nombre está grabado en una placa de bronce pulido que brilla incluso bajo el cielo gris de Inglaterra. Trago saliva. Esto está muy por encima de mis capacidades, ¿verdad? Pero necesito este trabajo. El taxista me mira por el espejo retrovisor con curiosidad mal disimulada mientras pago. Seguro está preguntándose qué hace alguien como yo —con mi abrigo de segunda mano y zapatos que ya han visto mejores días— en un lugar como este. Yo también me lo pregunto, pero tengo la decencia de parecer confiada. Creo. Las rejas se abren automáticamente cuando presiono el intercomunicador, y el camino de grava cruje bajo mis pies mientras avanzo. La mansión se alza frente a mí como un gigante de piedra y ventanales enormes. Es hermosa, de eso no hay duda. Pero también se siente... vacía. Como si la hubieran construido para admirarla, no para vivirla. Toco el timbre y casi de inmediato la puerta se abre: una mujer de unos cincuenta y tantos años, cabello gris recogido en un moño y un vestido azul marino impecable, me recibe con una sonrisa cálida que contrasta con la frialdad de la casa. —Usted debe ser la señorita Vega —dice con un acento marcado—. Soy Marie. Ya nos conocimos por teléfono. Adelante, por favor. —Gracias —murmuro, limpiándome discretamente las manos sudorosas en mi abrigo antes de estrechar la suya. Cruzo el umbral y... Dios mío. El vestíbulo es enorme. Techos altísimos, una escalera de mármol que se divide en dos, pisos tan pulidos que puedo ver mi reflejo distorsionado en ellos. Pero lo que más me llama la atención es lo... estéril que se siente todo. Las paredes son de un blanco inmaculado. No hay cuadros, no hay flores, no hay nada que indique que aquí vive una familia. Menos con dos infantes. —Impresionante, ¿verdad? —Es... grande —respondo, porque no sé qué más decir. Ella suelta una risa suave, casi melancólica. —Esa es una forma diplomática de expresarlo. Venga, permítame mostrarle la casa mientras conversamos sobre el puesto. La sigo a través de pasillos amplios e igual de vacíos. Me muestra la cocina, el comedor formal con una mesa para doce personas que se ve como si nunca hubiera sido usada, y una biblioteca con estantes llenos de libros que parecen más decoración que lectura. —Las niñas pasan la mayor parte del tiempo en el ala este —explica mientras subimos las escaleras—. Sus habitaciones, la sala de juegos, el aula de estudios. Todo está allí. —¿Aula de estudios? —El señor Ashford prioriza su educación por encima de todo. Luego de la escuela, quiere que tengan un lugar donde puedan concentrarse sin distracciones. —Ah… entiendo. En realidad, no entiendo nada, pero supongo que son excentricidades de ricos. Seguimos caminando por pasillos que parecen infinitos y el ambiente empieza a sentirse... extraño. Nunca he sido niñera formal, pero en una mansión de este tamaño y con tal nivel de influencia, me resulta desconcertante ser la única candidata a la vista. Cuando era adolescente cuidaba a los niños del vecindario, pero aquello era algo familiar, sin protocolos. Aquí, todo es tan hermético que mi mente empieza a jugar en mi contra. Estamos en una casa enorme, aislada, prácticamente en medio de la nada. Es el escenario perfecto para que alguien desaparezca sin dejar rastro. —¿Es nueva en el pueblo, cierto? —pregunta Marie, sacándome de mis pensamientos. —Eh... sí. Algo así. Llevo poco más de un año, pero apenas conozco a los locales. He estado demasiado ocupada con el papeleo de la universidad y la extensión de mi visa. Ella se detiene un segundo y se voltea hacia mí. Me dedica una sonrisa extraña, indescifrable, y asiente despacio antes de retomar el paso. —Justo lo que buscamos. Me quedo estática un segundo. ¿Justo lo que buscan? ¿Una extranjera aislada y con problemas de papeles? La frase flota en el aire con un peso que no me gusta, pero antes de que pueda procesarlo, Marie se detiene frente a una imponente puerta de madera. —Es aquí. Él ya debe de estar esperándote; le avisé que hoy vendría una candidata. Inclino la cabeza hacia arriba y tengo que contener el aliento. La puerta es inmensa. Debe de ser su oficina principal, lo cual tiene sentido considerando que en esta mansión hay habitaciones para absolutamente todo. Trago saliva y me muerdo el labio, sintiéndome ridículamente pequeña frente a esa mole de madera tallada. No quiero ni imaginar cómo será el hombre que vive rodeado de tanta opulencia. No suelo intimidarme con facilidad, pero esta vez es diferente; hay una pesadez en el aire que me pone los pelos de punta. —¿Te gustaría que te anuncie? —ofrece Marie. Debe de haber notado cómo me tiemblan las manos. —Sí, por favor. Gracias, señora Thor… Marie. Ella me dedica una última sonrisa reconfortante y gira la perilla de bronce con una elegancia natural. —Christopher, la señorita Alana Vega está aquí para la entrevista. Ella se hace a un lado para dejarme pasar y yo obligo a mis piernas a moverse. El despacho es inmenso, bañado por una luz grisácea que entra a través de los ventanales y cargado con un aroma a madera, café y algo más… un perfume costoso que me resulta vagamente familiar. Tras un escritorio de ébano, un hombre está de espaldas, revisando unos documentos con una rigidez que impone respeto. —Tome asiento, señorita Vega —dice él. Esa voz. Se me eriza la piel. ¿De dónde la conozco? Pero lo peor viene cuando la silla termina de girarse y su mirada gris choca con la mía. El aire se escapa de mis pulmones mientras él se queda estático, con la mandíbula tensa en reconocimiento. —Usted —suelta, y la palabra suena como una sentencia de muerte. —¿Señor Simpatía? —el nombre se me escapa antes de que pueda filtrarlo.






