Capítulo 6

Alana.

Me llevo una mano a la boca. No puede ser cierto.

Él no me quita los ojos de encima mientras se levanta con parsimonia. La luz del ventanal a sus espaldas contornea su figura, haciéndolo lucir todavía más imponente. Marie, por otro lado, luce perdida; su mirada alterna entre ambos tratando de unir los puntos.

—¿Se conocen?

Christopher suelta una risa carente de humor y se apoya en el borde del escritorio sin dejar de fulminarme.

—Si con "conocerse" se refiere a que su candidata me faltó al respeto ayer en el parque, pues sí —responde arrastrando las palabras—. Aunque nunca imaginé que tendría el descaro de aparecer en mi casa buscando empleo.

—¿Descaro? —La vergüenza se transforma en indignación. Es increíble lo rápido que este hombre logra ponerme de mal humor—. Perdone, pero no hay ningún "descaro" en asistir a una entrevista para la que ustedes me contactaron.

Marie carraspea, incómoda. —Tal vez deberían sentarse y...

—No voy a sentarme —interrumpe él con la mandíbula tensa—. Esta entrevista terminó.

Rodea el escritorio y me pasa de largo como si yo fuera un mueble estorbando en su camino. Marie me dedica una mirada de disculpa y sale disparada tras él.

—Chris, espera. Ya no queda tiempo, las niñas...

—¡Ni una palabra más! —estalla sin detenerse—. Tengo suficientes problemas como para meter a una mujer con delirios de grandeza en mi casa.

Siento un fuego subirme por el pecho. Si cree que tengo delirios de grandeza, se equivoca; lo que tengo es una determinación que le queda demasiado grande a su orgullo. Salgo de la oficina con zancadas largas hasta que lo alcanzo y me planto frente a él, obligándolo a detenerse.

—¿Me está rechazando sin dejarme hablar?

—La oportunidad que le di en el parque fue suficiente para saber exactamente quién es usted —suelta con desprecio—. Entrometida e irresponsable.

Suelto una risa amarga.

—Yo no fui quien dejó a sus hijas sin supervisión en un parque público, señor Ashford.

Sus mejillas se enrojecen y sé que he dado en el blanco.

—Es obvio que tienen una historia —interviene Marie—, si me explican...

—No hay nada que explicar. La señorita Vega no es apta para este puesto.

—“La señorita Vega” —contraataco— es perfectamente capaz. Usted no sabe nada de mí.

—Ni me interesa. Marie, sácala de aquí.

Intenta avanzar, pero le bloqueo el paso de nuevo.

—No me iré hasta que me hagan la entrevista que me prometieron.

Él arquea una ceja, desconcertado. Estamos a menos de un metro y, maldita sea, incluso a través de su traje a medida puedo sentir el calor de su cuerpo. Mis ojos traicioneros se fijan en los detalles: la línea severa de su mandíbula y ese rastro de barba de un par de días que lo hace ver peligrosamente humano. Me enfurece que sea tan atractivo siendo un completo imbécil. Es una injusticia.

—Señor, si me permite...

—No, Marie. Ya tomé una decisión.

Suelto un bufido sarcástico.

—Vaya. Ya veo por qué esta casa se siente tan vacía. Con ese carácter, lo raro es que alguien quiera quedarse cinco minutos cerca de usted.

—Le ordené que se fuera. Ahora mismo —gruñe.

De pronto, el eco de una puerta interrumpe la tensión. Escuchamos risitas y pasos rápidos sobre la madera.

—¡Marie, llegamos!

En un abrir y cerrar de ojos, las niñas aparecen en el pasillo. Marjorie se detiene en seco cuando ve a Christopher, como si hubiera chocado con algo invisible; sin embargo, al verme, una sonrisa gigante ilumina su rostro. Vivian se asoma detrás, apretando su osito pequeño contra el pecho. La mayor me señala con pura emoción.

—¡Papá! ¡Es ella! ¡La señorita que ayudó a Vivi! ¿Va a ser nuestra niñera?

Christopher aprieta los labios, buscando cómo rechazarme sin romperle el corazón a su hija. Pero antes de que hable, Vivian se mueve. El osito cae de sus manos.

El mundo parece detenerse mientras el peluche rueda por el suelo. Me quedo inmóvil, pero no por el juguete, sino por la reacción colectiva: el ambiente en el pasillo cambia de forma drástica, volviéndose pesado, casi eléctrico. No entiendo qué está pasando, pero la tensión es tan palpable que me oprime el pecho.

Marie se lleva las manos a la boca, ahogando un grito, y hasta la pequeña Marjorie se queda boquiabierta, con la expresión desencajada por la sorpresa. ¿Por un oso de peluche?

Antes de que pueda procesar nada, Vivian se mueve.

Da un paso hacia mí. Luego otro. Sus pisadas resuenan en el silencio absoluto mientras ignora por completo a su padre y a Marie; sus ojos están fijos en los míos. Al llegar a mi lado, apoya sus manitas en mi rodilla. Señala la suya propia —donde aún luce la curita de flores— y levanta la vista.

—Ya… no duele —susurra. Su voz suena tan frágil como el cristal.

Marie suelta un sollozo que rompe el silencio, pero es la reacción de Christopher la que me deja sin aliento. Está petrificado. El shock en su rostro se transforma en una incredulidad que desemboca en un dolor crudo, una herida tan íntima que me obliga a apartar la mirada.

—¿Acabas de…? —se le quiebra la voz.

Da un paso hacia nosotras, extendiendo una mano temblorosa que parece dudar de si lo que ve es real.

—Vivi…

Pero su hija no lo busca a él. Se aferra a mis piernas con una fuerza sorprendente y esconde la cara contra mi ropa. Me elige como su refugio, entregándome una confianza que, por lo que veo en sus rostros, nadie más en esa casa parece haber conseguido.

Levanto la vista y me encuentro con los ojos de Christopher. Está destrozado; su máscara de arrogancia se ha evaporado, revelando una fragilidad que no creí que un hombre como él pudiera poseer.

Traga saliva con dificultad y, con una voz que es casi un ruego, sentencia:

—Marie… prepara el contrato.

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