Mundo ficciónIniciar sesiónAlana.
Él hombre parpadea, visiblemente desconcertado. Es una grieta mínima en su máscara de hielo, pero la veo. Se queda en silencio, como si no pudiera procesar que alguien, y mucho menos una mujer que claramente ha estado llorando, se atreva a responderle así.
—¿Se atreve a hablarme de esa manera? —su voz baja una octava, volviéndose peligrosamente suave—. ¿Tiene idea de quién soy?
—No tengo la menor idea y, francamente, me importa un bledo —ataco, dando un paso hacia su espacio personal—. Pero sé quién soy yo: la persona que evitó que su hija se infectara una herida mientras usted estaba… ¿dónde exactamente?
Él entrecierra los ojos y se inclina hacia mí, inundando mis sentidos con un aroma a madera y poder.
—Usted es una desconocida acechando a mis hijas en un parque —sentencia con una frialdad que me escuece—. En este país, eso se llama intento de secuestro. Y créame, puedo hacer que pase el resto de su estancia en este "país decadente" tras las rejas.
Eso me enciende por completo. Dios, puedo soportar una falta de respeto, una mala respuesta o una mirada antipática, ¿pero este hombre? ¿Quién se cree que es, insinuando que tengo intenciones ocultas? ¿Cómo tiene siquiera la audacia de sugerir algo tan terrible? ¿Y a mi?
Maldito.
Suelto una risa seca, carente de cualquier pizca de gracia.
—¿Intento de secuestro? Vaya, tiene mucha imaginación —respondo, y mi voz suena como el látigo que desearía usar contra su ego—. Pero adivine qué: yo también sé jugar a las cartas legales. Empecemos por la negligencia infantil.
Él tensa la mandíbula tanto que temo que se le rompa. Las pequeñas nos miran en un silencio absoluto, como si supieran que están presenciando una guerra nuclear.
—¿Cómo dice? —gruñe él.
—Lo que oye. Estas niñas estaban solas. Sin supervisión. A merced de cualquier peligro real —enfatizo la palabra mientras señalo el parque vacío—. Usted me acusa de secuestro, pero un juez se preguntaría qué hacía un padre tan "importante" mientras su hija de tres años se sangraba la rodilla en el suelo. ¿Qué era? ¿Una llamada de negocios? ¿O es que ser un tipo rico le quita la responsabilidad de ser padre?
Doy un paso más, quedando a escasos centímetros de él.
—Así que, si quiere llamar a la policía, adelante. Veamos a quién le sale más cara la denuncia: a la maestra que prestó primeros auxilios o al padre que abandonó a sus hijas en un lugar público.
—Marjorie, ve con tu hermana —ordena sin apartar la vista de mí.
—Pero papá...
—Ahora.
La niña obedece a regañadientes, tomando la mano de Vivian. Puedo sentir sus miradas preocupadas sobre nosotros. Pero no es necesario, si este… ser, cree que puede controlarme con miedo (como es claro que maneja su vida) esta muy equivocados, no soy ese tipo de persona.
—No sé cuáles son sus intenciones, pero le sugiero que se mantenga alejada de mis hijas —su voz baja a una clara amenaza que más bien parece chiste malo.
Algo dentro de mí se rompe. Tal vez es el estrés acumulado del día. Tal vez es la injusticia de ser acusada de algo terrible cuando solo estaba tratando de ayudar. O tal vez solo estoy harta.
—¿Mis intenciones? —repito, y mi voz sube una octava—. ¿Mis intenciones de asegurarme de que una niña de tres años sangrando en medio de un parque público estuviera bien? Sí, qué siniestro de mi parte. Debí haberla dejado ahí llorando mientras usted atendía cosas "más importantes" que sus propias hijas.
Sus mejillas se enrojecen por la vergüenza, o la rabia, me da igual.
—Eso no es...
—¿No es asunto mío? Tiene razón. No lo es. Pero ¿sabe qué? Cuando veo a un niño lastimado y solo, se convierte en mi asunto, porque aparentemente soy de las pocas personas en este maldito pueblo que realmente se preocupa por el bienestar infantil.
—No tiene derecho a juzgar...
Claro, porque yo empecé a juzgar. Casi me río.
—Y usted no tiene derecho a acusarme —lo corto de inmediato enaftizando la palabra apuntadolo—. Hágame el bendito favor de aprender a callarse la boca y deje de decir estupideces. Guarde su paranoia para alguien que tenga tiempo de aguantársela, porque yo ya tuve suficiente.
Me doy la vuelta porque me dará una embolia si me quedo mirándole la cara un segundo más. Tomo mi bolso de la banca en un movimiento brusco; es sorprendente que todo haya permanecido adentro, pero agradezco que el universo sepa que no podria con algo mas hoy.
Siento su mirada quemándome la nuca, pero lo que mas me duele es haber hecho la escena frente a las niñas. No me permito mirar hacia atrás ni siquiera cuando creo escuchar la voz gruesa de ese hombre ordenándome detenerme. Que le den. No soy uno de sus empleados, ni una de sus hijas. Soy una mujer que acaba de perderlo todo y no tiene miedo de un hombre que solo sabe ladrar.
Pero mis planes se van al caño cuando apenas entro y la señora Gwendolyn me intercepta con una expresión que no me gusta nada.
—Alana, querida. Necesito que desalojes antes del fin de semana.
¿Qué?







