Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl matrimonio debía ser su salvación… hasta que se convirtió en su condena. Atenea Rossi siempre supo que, para su familia, ella no era más que una pieza dentro de un imperio construido sobre poder, dinero y secretos. Pero el día de su boda, todo se derrumba: minutos antes de llegar al altar, descubre a su prometido en los brazos de su propia hermana. Humillada y obligada por su padre a casarse para proteger el apellido Rossi, Atenea huye de la ceremonia y encuentra refugio en la última persona que debería desear acercarse a ella: el padre Lucio. Frío, disciplinado y peligrosamente irresistible, Lucio oculta una verdad que podría destruir a una de las familias más poderosas de la ciudad. Porque detrás de la sotana no solo hay un sacerdote… sino un hombre dispuesto a hacer justicia por el asesinato de sus padres, un crimen que los Rossi enterraron hace años entre corrupción y sangre. Para Lucio, Atenea podría ser la llave para derribar el imperio que juró destruir. Para Atenea, él representa lo único capaz de incendiar las ruinas de la mujer que alguna vez fue. Atrapados entre secretos, deseo y traiciones, ambos iniciarán una alianza tan peligrosa como prohibida. Pero mientras la verdad comienza a salir a la luz, la tentación entre ellos amenaza con consumirlos por completo. Porque hay pecados que ni siquiera Dios puede perdonar.
Ler maisEl espejo de cuerpo entero me devolvía la imagen de una desconocida. Entre capas de tul, encaje francés y una seda tan blanca que lastimaba la vista, ahí estaba yo: la moneda de cambio de la familia Rossi. Mi respiración agitaba el corsé, apretado hasta el punto de la asfixia.
—No te muevas, Atenea. Vas a arruinar el peinado y no tenemos tiempo para histerias.
La voz de mi madrastra, Elena, cortó el aire como un látigo. Estaba de pie detrás de mí, ajustándome el velo con una eficiencia gélida. Sus dedos rozaban mi nuca y me producían escalofríos. Ella siempre había tenido esa sonrisa fría y aterradora.
—Hoy es un gran día —continuó ella, mirándome a través del reflejo con sus ojos calculadores—. Por fin serás útil para esta casa. Unirnos con los Lombardi no es solo un matrimonio, es la salvación de nuestro patrimonio.
—No lo hago por el patrimonio, Elena —respondí, tratando de mantener la voz firme—. Lo hago porque amo a Julián. Él es el único que me ve de verdad, fuera de este apellido.
Una risita ahogada provino del rincón de la habitación. Mi media hermana, Bianca, estaba sentada en un sillón de terciopelo, jugueteando con una copa de champaña. Llevaba un vestido de dama de honor de un rosa pálido que resaltaba su belleza angelical, aunque yo sabía que debajo de esa fachada no había más que envidia y malicia.
—El amor de su vida —se burló Bianca, mostrando esa sonrisa maliciosa que solía dedicarme cuando nadie más miraba—. Qué romántica eres, hermanita. A veces me pregunto si realmente conoces a Julián tanto como crees. El amor es un concepto muy... flexible.
—Ignórala —intervino mi padre, entrando en la habitación con paso firme.
Su presencia llenaba el espacio, cargada de una autoridad opresiva. No se acercó a darme un beso ni a decirme lo hermosa que estaba. Se limitó a revisar su reloj de oro y a lanzarme una mirada de advertencia que me heló la sangre.
—Todo está listo —anunció con voz ronca—. Los inversionistas están en la iglesia. La prensa está afuera. Atenea, espero que seas consciente de lo que hay en juego. ¡Ni se te ocurra arruinar esto!
—No voy a arruinar nada, papá —susurré, bajando la mirada—. Solo quiero ser feliz.
—Eres tan parecida a tu madre, la felicidad es para los pobres, Atenea. Nosotros nos conformamos con el poder.
Salimos de la mansión en un silencio sepulcral. El trayecto hasta la iglesia fue un borrón de nervios y falsas expectativas. Mientras el auto avanzaba por las calles de la ciudad, yo me aferraba al ramo de peonías blancas como si fuera un salvavidas. Pensaba en Julián, en sus promesas de libertad, en cómo esta boda sería mi puerta de salida de la frialdad de mi padre y el veneno de Elena y Bianca.
Al llegar a la parroquia, el bullicio de los invitados y el destello de los flashes me marearon. Mi padre me tomó del brazo, apretándolo con una fuerza innecesaria mientras subíamos las escaleras de piedra.
—Sonríe —me siseó— Como sea, al final serás feliz.
Una vez en el vestíbulo de la iglesia, Elena y Bianca se adelantaron para ocupar sus lugares. Bianca se detuvo un segundo ante de entrar a la nave central, me miró de arriba abajo y volvió a sonreír. Esa vez, la sonrisa era diferente. Era una expresión de triunfo absoluto.
—Nos vemos en el altar, querida —dijo antes de desaparecer.
De repente, una de las organizadoras se acercó a mi padre con cara de pánico, susurrándole algo sobre un error en el protocolo de las flores. Mi padre soltó mi brazo con un gruñido de fastidio.
—Quédate aquí. Tengo que arreglar esto —ordenó antes de alejarse hacia la entrada principal.
Me quedé sola en la penumbra de la sacristía. El sonido del órgano comenzaba a retumbar en las paredes de piedra, anunciando que la ceremonia estaba a punto de empezar. Sin embargo, una extraña inquietud me recorrió la espalda. Me sentía observada, pero a la vez, el ambiente estaba cargado de una tensión que no era la mía.
Necesitaba un poco de agua. El corsé me estaba mareando de verdad. Vi un pasillo lateral que conducía hacia las oficinas parroquiales. Pensé que habría un baño o un dispensador de agua allí. Caminé con cuidado, tratando de que el roce de mis faldas no hiciera demasiado ruido sobre el suelo de mármol.
A medida que me alejaba del murmullo de los invitados, el silencio del pasillo se vio interrumpido por algo más.
Un jadeo.
Me detuve en seco. Mi corazón golpeó contra mis costillas. Pensé que alguien podría estar herido. El sonido se repitió, más fuerte, acompañado de un susurro ronco que conocía demasiado bien.
—No aquí... pueden vernos —dijo una voz femenina, entrecortada por una risa sofocada.
—No va a venir nadie. Están todos esperando a la "reina" en el altar —respondió la voz masculina.
Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies. Esa voz. La voz que me había jurado amor eterno apenas anoche.
Caminé hacia la puerta entreabierta al final del pasillo, con el velo enganchándose en mis hombros, pesando como plomo. Mire a través de la puerta sin hacer ruido, rogándole a Dios que fuera una alucinación, un error, una pesadilla antes de despertar… Pero no lo era.
En la penumbra de la pequeña oficina parroquial, sobre un escritorio lleno de archivos, el vestido rosa de dama de honor estaba amontonado en el suelo. Bianca estaba de espaldas a la puerta, con las manos enredadas en el cabello de Julián, quien la sujetaba por las caderas con una urgencia brutal. Él tenía la camisa desabrochada y los ojos cerrados, con una expresión de placer que nunca me había dedicado a mí.
Cada caricia, cada envestida sobre ella era una parte más de mi corazón que se rompía. Mi ramo de peonías cayó al suelo con un golpe seco.
Ellos se detuvieron. Julián abrió los ojos y su mirada se encontró con la mía. No hubo arrepentimiento inmediato, solo el impacto de ser descubierto. Bianca se giró lentamente, con los labios rojos y desordenados, y esa maldita sonrisa afilada volvió a aparecer en su rostro, más brillante que nunca.
—Vaya —susurró mi hermana, sin soltarse de mi prometido—. Parece que la novia llegó temprano a la fiesta.
##Lucio##El eco de mis pasos resonaba sobre el suelo de mármol del templo, acompañado por el murmullo tenue del sacristán que organizaba las veladoras cerca del altar principal. El sol de la tarde se filtraba a través de los vitrales, proyectando sombras alargadas y tonos rojizos sobre los bancos de madera.Intentaba concentrarme en las lecturas para la misa del próximo domingo, pero mi mente regresaba una y otra vez a la clínica, a la frialdad de aquella cámara frigorífica y a la distancia que el obispado pretendía imponer entre Atenea y yo.El sonido estridente de unos tacones interrumpió el silencio sagrado de la nave central.Me levanté despacio, ajustándome el cuello romano con un gesto automático, y me giré. Bianca Rossi avanzaba por el pasillo principal con la elegancia calculada que la caracterizaba. Su conjunto entallado contrastaba con la sobriedad del recinto y, como siempre que aparecía sin previo aviso, consiguió ponerme en guardia.—Buenas tardes, padre Lucio —dijo
El ambiente en la residencia Rossi era denso, impregnado de una calma artificial que amenazaba con romperse al menor roce. Apenas habían pasado unas horas desde que abandoné la seguridad del departamento de Regina para regresar al corazón mismo de la tormenta.Iba distraída, intentando ordenar la maraña de pensamientos que me consumían, cuando una sombra interrumpió mi paso.—Atenea.Me detuve. Julián estaba de pie al pie de la gran escalera, vistiendo un traje impecable, pero con el rostro visiblemente demacrado. Tenía la mirada clavada en mí, cargada de una mezcla de urgencia y culpa que antes me habría conmovido.—Julián —dije, manteniendo la voz neutra, fría—. Pensé que habías dicho que nos veríamos más tarde.—Necesitamos hablar. Por favor —pidió, dando un paso hacia mí y extendiendo las manos en un gesto de súplica—. No he podido pegar un ojo en toda la noche. Lo que pasó en ese almacén... la sola idea de perderte de esa forma, de pensar que pudiste morir ahí sola... me destrozó
##Atenea##Al salir de la clínica, caminaba despacio, con un mareo sutil aún rondando mi cabeza y el cuerpo cansado, resentido por la hipotermia que casi me arrebata la vida. Regina me sostenía firme del brazo, marcando un paso firme pero cuidadoso hacia la salida.Justo cuando cruzábamos la sala de espera, una corazonada me obligó a girar la cabeza hacia el pasillo lateral.Y ahí estaba él.Lucio vestía nuevamente sus ropas oscuras. Se veía pálido, más delgado y con sombras marcadas bajo los ojos, pero la firmeza de su postura seguía intacta. Sus ojos me encontraron a la distancia en una milésima de segundo, como si hubiera estado buscando mi rastro antes de marcharse.Fue un impacto sordo, un choque eléctrico que me heló el pecho de una forma completamente distinta a la de la cámara frigorífica.Antes de que pudiera dar un solo paso involuntario en su dirección, un sacerdote anciano, de sotana impecable y expresión severa, le tocó el hombro con firmeza. Le murmuró algo al oído y Luc
##Lucio##La puerta de la habitación se cerró con un chasquido ahogado, devolviendo al cuarto un silencio casi sepulcral. Me quedé inmóvil sobre la cama, con la mirada fija en el lugar por donde Atenea acababa de desaparecer.Todavía sentía el calor de sus labios en mi mejilla, la presión tenue de su frente contra mi pecho, el roce helado pero eléctrico de sus labios sobre mi piel expuesta apenas unos minutos atrás, cuando creyó que dormía.Cerré los ojos con fuerza, buscando refugio en la oscuridad, pero fue un nuevo error. Mi mente, liberada de la distracción de su presencia física, me arrastró de golpe hacia atrás, devolviéndome a las paredes de acero de la cámara frigorífica.Allí estábamos otra vez.El frío voraz, la penumbra que nos envolvía, el susurro de la muerte acorralándonos. Pero, sobre todo… ella.Recordé con una claridad aterradora el instante en que su ropa cayó al suelo de metal. La imagen de Atenea, reducida a su ropa interior, vulnerable y temblorosa, se proyectó de





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