Capítulo 3

Alana.

—¿Desalojo? —Me le quedo viendo con la boca abierta porque no me lo puedo creer—. Se supone que tengo tiempo de pagar hasta finales de mes.

La señora Gwendolyn se limita a terminar de hacer el té con una lentitud que me molesta. Esperaba llegar y al menos dormir un poco pero me encuentro con la noticia de que debo encontrar algún otro lugar a donde irme antes del fin de semana como por arte de magia como si los alquileres aqui no costaran un ojo de la cara.

¿Cuál era la posibilidad de perder mi trabajo y mi hospedaje el mismo maldito día?

​Me dejo caer en la silla, consternada. Ella pone una taza de té frente a mí y me dedica una sonrisa de abuela que me parece de lo más diabólica considerando la situación. Toma un sorbo muy despacio antes de hablar.

​—Mi hijo fue despedido y necesita un lugar donde quedarse. Entenderás que, como su madre, no quiero que la pase mal —explica con calma, como si eso suavizara de alguna forma que me está echando sin previo aviso—. Sé que es muy pronto, pero a mí también me tomó desprevenida.

​Claro, porque es usted quien vivirá bajo un puente. Creo que nuestro significado de “desprevenida” es muy diferente.

​—Yo… —trago saliva para ganar tiempo, porque ni siquiera sé qué decir—. Escuche, señora Gwendolyn, lo entiendo muy bien, pero no puede solo… decírmelo y esperar que lo acepte de inmediato. No tengo otro lugar a donde ir.

​Hace un gesto con la mano, restándole importancia, y yo contengo un grito.

​—Hay hoteles muy baratos por la zona. Encontrarás algo.

​¿¡Encontrar algo?! ¡Pues claro que podré encontrar algo! ¡El problema es que no podré costearlo porque no tengo ingresos!

—Gwen, por favor. Solo necesito unos días para...

—Hice lo que pude, Alana —insiste, deslizando un papel sobre la mesa—. Y de verdad lo siento mucho, pero el contrato es claro sobre el aviso previo. Tienes hasta el domingo.

Menos de tres días.

Tomo el papel con los dedos rígidos y me levanto. No tengo fuerzas para pelear una batalla que sé perdida de antemano; es obvio que preferirá a su hijo y no puedo juzgarla por eso, aunque la injusticia me escueza en la garganta.

—Gracias por… avisarme, supongo.

Sin esperar respuesta, me refugio en mi cuarto. Apenas cierro la puerta, me recuesto contra la madera y dejo escapar un suspiro tembloroso. Me cubro la cara, sintiendo ese escozor familiar en los ojos, pero me obligo a tragarme las lágrimas. Llorar solo trae migraña y no resuelve facturas. Ya me he permitido demasiada debilidad por hoy; si no quiero volver a casa "con el rabo entre las patas", debo concentrarme en lo que sigue.

Afortunadamente, mi beca cubre la universidad, pero las pasantías son otro tema: las notas no sirven de nada si no tengo donde caerme muerta.

De pronto, mi celular vibra en el bolsillo. El corazón se me vuelca al ver el remitente: Mamá.

Tomo una bocanada de aire para estabilizar las cuerdas vocales y deslizo el dedo por la pantalla.

—Hola, ma.

—Mi amor, ¿llamo en mal momento? ¿Sigues en el trabajo?

Siento un retortijón de culpa. No voy a decirle que me acabo de quedar en la calle, pero la verdad es un lujo que no puedo permitirme ahora. Sobre todo porque tenía razón. Ella sabía que esto podía pasar, por eso no estuvo de acuerdo en primer lugar.

Camino hacia la cama y me dejo caer, exhausta.

​—Eh… yo, acabo de llegar a casa, de hecho. Hoy estuvo tranquilo.

​—Qué bueno, mi vida. Mereces descansar, has trabajado mucho.

​Me muerdo el labio.

​—¿Y tú cómo estás? —prefiero redirigir la conversación hacia ella; seguir mintiendo sobre mi vida es humillante y terrible a partes iguales.

​La oigo suspirar.

​—Bueno, podría estar peor. Me duele mucho la cadera últimamente y me ha costado hacer las compras esta semana.

​Eso me hace arrugar la nariz con preocupación.

​—Mamá, ¿has tomado tus medicamentos? —por un momento, la línea queda en silencio—. ¿Mamá?

​—Que sí… bueno, lo que he podido. Debo racionarlas, sobre todo las pastillas; subieron de precio y la pensión no alcanza para cubrirlas.

​Aprieto los dientes.

​—No debes privarte de eso. Te pasaré dinero esta semana para que…

​—No, Alana, no harás eso. Ya tienes una vida allá como para que sigas preocupándote por esta anciana. Úsalo para ti; seguro lo necesitas más que yo.

​La verdad es que sí, lo necesito. Pero es mi madre; acepté la oportunidad para poder ayudarla con su salud. Estoy a punto de insistir un poco más, hasta que ella habla primero:

​—Tengo que irme, mi niña. Le pedí a unos vecinos que me ayudaran con la limpieza de la casa y ya están por llegar. Después te llamo. Te amo.

​—Yo igual. Adiós, ma.

​El silencio que sigue es tan pesado como la culpa. Pero no puedo seguir perdiendo tiempo, mucho menos luego de esa llamada. Abro mi laptop y empiezo a organizarme.

​Termino a las dos de la mañana, perdida entre currículums y anuncios de alquileres, pero ninguno parece mostrarme la luz al final del túnel. Es frustrante. Supongo que tendré que considerar mudarme a un hotel de mala muerte unos días hasta encontrar algo estable; quizá pueda conseguir trabajo ahí mismo antes de rendirme y volver a casa. Ser joven y extranjera no me juega a favor.

Estoy a punto de rendirme cuando mi celular vibra. La luz me escuece en los ojos, pero el mensaje en la pantalla me deja helada.

De: Marie Thornton / Ashford Manor

Asunto: Entrevista Presencial - Puesto: Niñera

Srta. Vega, hemos revisado su perfil. Nos gustaría programar una entrevista con usted a la brevedad. Por favor, confirme su disponibilidad.

Frunzo el ceño, releyendo cada palabra. ¿El currículum que envié hace apenas unas horas? No apliqué para ser niñera. Y definitivamente, no me suena para nada ese nombre.

Tengo un mal presentimiento.

Pero entonces mi mirada cae en el aviso de desalojo sobre el escritorio y recuerdo las medicinas de mamá. Mi orgullo profesional no me va a dar un techo el domingo.

Con los dedos temblorosos y párpados pesados, tecleo una respuesta rápida antes de arrepentirme:

«Cuenten conmigo. Quedo a la espera de los detalles. — A. Vega». Enviar.

¿En qué demonios me acabo de meter?

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