Mundo ficciónIniciar sesión
Alana.
—¡No podemos soportar ese comportamiento inapropiado! ¡Es una falta de respeto a la institución! Cierro los puños, en un intento de contener toda la fuerza y el autocontrol que tengo para no hacer algo estúpido, como golpear a la señora Helena aquí en su oficina, ignorando que es una anciana y que tampoco sería ético. Tengo la mandíbula tan tensa que podría astillarme los dientes. —El hombre estaba zarandeando a su hijo de cinco años por derramar jugo en su traje —replico, al borde de perder la paciencia—. Ese niño tiene moretones en los brazos. Estamos hablando de un posible caso de abu... —¡Suficiente! —me calla dando un golpe a la mesa—. El señor Edwards es un generoso donante de nuestra institución. Su palabra tiene más peso que las... claras exageraciones de una maestra pasante y… extranjera. Escupe la última palabra con desprecio. Me obligo a tomar una respiración profunda y, con una voz increíblemente neutra, digo: —Entiendo. ¿Vacío mi casillero ahora o puedo terminar el día laboral? Parpadea sorprendida, pero se recompone tan rápido que quizá solo fue una ilusión por la rabia. —Ahora. Llévese todo y no quiero verla de nuevo por aquí. No tiene que repetirlo; salgo de la oficina intentando no lucir tan afectada como me siento. Afuera, muchas de mis compañeras me observan con lástima, pero solo vuelven a sus actividades en un silencio que se siente como haber firmado una sentencia de muerte. Al terminar de guardar los regalos hechos a mano que me han dado los niños en mi bolsa, vuelvo a mi salón de clases, donde la maestra Lauren, que está concentrada en terminar de limpiar una mesita; me regala una mirada cálida antes de dejar el trapo y envolverme en un abrazo. —Hiciste lo correcto —me susurra—. Si necesitas algo, no dudes en hablar conmigo. Lauren siempre fue muy amable conmigo y lo más cercano a una amiga que he tenido desde que me mudé aquí. Le devuelvo la sonrisa con los labios apretados, apartándome. —Gracias. Cuida a los niños y, por favor, hazle seguimiento al caso de Calum Edwards. Asiente comprensiva y yo salgo de la escuela. Cruzo la esquina y me permito romperme. Lloro todo lo que callé durante meses: menosprecios, discriminación, regaños injustificados solo porque me preocupaba por los niños y su seguridad. Rosehaven está gris. Es un pueblo pequeño y agradable —o al menos eso pensaba cuando llegué con el programa de intercambio de la universidad—, pero Inglaterra resulta frío en todos los sentidos. Y no hablo solo del clima. Como hay gente en la calle y odio que me vean vulnerable, me desvío. Aún no quiero llegar donde mi casera. Mejor voy al parque ese que encontré cuando la universidad se volvía insoportable y solo quería desaparecer un rato. Hoy está prácticamente vacío. Tomo asiento en uno de los bancos y saco de inmediato mi celular; necesito actualizar mi currículum y aplicar a cualquier cosa que pague lo suficiente para mantenerme a flote. Mi orgullo no puede pagar las cuentas. Me muerdo lo que queda de la uña de mi dedo pulgar, inmersa en las aplicaciones, hasta que lo oigo. Un llanto. Levanto la cabeza por instinto. Me toma menos de tres segundos localizar a una niña cerca de los columpios, abrazando su rodilla contra el pecho. Junto a ella, apretado contra su costado, hay un osito pequeño de felpa gastada. Sin pensarlo, me pongo en pie y solo alcanzo a llevar conmigo un paquete de toallitas y algunas curitas. Es muy pequeña. Tiene el cabello rubio oscuro peinado en dos trenzas y un vestido blanco que ahora está manchado de tierra. No debe tener más de tres o cuatro años. Sus mejillas están rojas de tanto llorar y la escena me parte el corazón. ¿Qué hace sola una niña tan pequeña? Me agacho para estar a su nivel, sin querer asustarla. —Hola, cariño. Levanta la cabeza despacio y me clava una mirada azul llena de desconfianza y timidez. —Eso está feo, ¿verdad? Su respuesta es un asentimiento casi imperceptible. Parece hacerse un poco mas pequeña cuando intento acercarme otra vez. Miro alrededor y aún nadie se presenta. Respiro hondo. —Soy Alana —le muestro el paquete de toallas—. No quiero hacerte daño, quiero curarte. ¿Puedo ver tu rodilla? Lo piensa unos segundos. Asiente, hipando. Inspecciono rápido: raspones superficiales, nada serio, pero el sangrado ligero para una niña puede ser un mundo. Saco unos pañuelos y presiono con cuidado. Su rodilla tiembla, pero no se aparta. Sonrío con calidez. —Eres muy valiente. ¿Sabes qué? Estas raspadas van a sanar muy rápido, mañana ni te acordarás. Le pongo la curita. Tiene florecitas de colores; las mismas que usaba con los pequeños del preescolar. Ella sorbe por la nariz y me observa, ya sin miedo. Curiosidad, más bien. La ayudo a levantarse. —¡Vivi! Una niña un poco más grande con mismo cabello castaño pero ojos más oscuros, se acerca corriendo, angustiada. —¡¿Estás bien?! ¡¿Vamos a un doctor?! —Tranquila —le sonrío—. Solo fue un raspón. Ella entrecierra los ojos. Escaneándome. —¿Eres doctora? —No, pero tengo experiencia con niños. —¿Eres niñera? —ladea la cabeza, intrigada—. Porque nosotras necesitamos una. Suelto una carcajada. Siempre amaré la honestidad de los niños. —¿Ah, sí? Pues quizás... No termino la frase. Una sombra se proyecta sobre nosotras y de inmediato el aire se vuelve pesado, gélido. —Marjorie. Vivian. Esa voz profunda me eriza los vellos de la nuca. Me giro, aún arrodillada, y tengo que echar la cabeza hacia atrás. Hacia muy atrás. El hombre es ridículamente alto. Una figura de oscuro recortada contra el gris del pueblo. Y me mira como si yo fuera la mugre pegada a sus zapatos. La más pequeña se esconde detrás de mi. —¿Quién es usted y qué hace tocando a mis hijas? Me quedo helada. Un segundo. Solo uno. Mi paciencia se quedó en esa maldita oficina y mi orgullo está a punto de estallar. Me enderezo hasta quedar frente a él. Bueno, frente a su pecho y, sosteniéndole la mirada gris, le suelto: —Mire, "señor simpatía"... una cosa. Primero, baje el tonito. Y segundo, dé las gracias.






