Christopher.
La taza explota contra el suelo, esparciendo fragmentos de porcelana que brillan como cristales rotos. No parpadeo. Observo cómo la expresión de Alana se desmorona; el desconcierto es devorado por un horror absoluto. Se lleva una mano al pecho, intentando contener unos latidos que casi puedo escuchar.
Sacude la cabeza.
—Esto… —su respiración se vuelve superficial—. ¿Esto es una broma?
—No me gustan las bromas —sentencio, sosteniendo la caja de terciopelo entre nosotros con una