Mundo ficciónIniciar sesiónEspejo Roto En él vi mi reflejo Eva Beltrán se divorció para liberarse. Psicóloga, madre y por último mujer,pone límites después de descubrir que el amor no siempre es lealtad. Agustín Leone llega a su consultorio intentando recuperar un matrimonio que ya está roto. Lo que no sabe es que la traición que lo rodea es la misma que destruyó la vida de Eva… y que su hijo carga ese secreto desde hace un tiempo. Cuando la verdad sale a la luz, sus historias se cruzan en un punto donde el amor aparece sin permiso y la ética profesional se vuelve un límite imposible de ignorar. Porque no todos los amores están destinados a vivirse. A veces no nos enamoramos de alguien. A veces nos reflejamos en el otro. Algunos existen solo para mostrar quiénes somos… y cuánto cuesta verse en un Espejo Roto
Leer másAgustín despertó antes que Eva. No supo qué hora era. La habitación del hotel seguía con las cortinas cerradas, apenas una línea clara entrando por un costado. Afuera se escuchaba el ruido lejano de algún auto pasando por la ruta, pero adentro todo estaba quieto. Eva dormía entre sus brazos. No se habían acostado como una pareja. No había pasado nada que pudiera confundirse con eso. Solo se habían quedado ahí, abrazados, porque ella temblaba y porque él no quiso moverse hasta sentir que su respiración empezaba a calmarse. Durante la noche, Agustín le había acariciado el pelo muchas veces, despacio, sin decir demasiado, como si cada movimiento pudiera recordarle que no estaba sola, que nadie iba a tocarla, que nadie iba a obligarla a nada. Eva se había quedado dormida tarde. Con una mano apretada contra su camisa y la mejilla apoyada sobre su pecho. Agustín bajó la mirada. El cabello rojizo de ella estaba desordenado sobre su brazo. Tenía la cara cansada, la piel pálida y una
Esa tarde, Vanessa trabajó con el cuerpo partido en dos. Una parte quería cumplir con Hernán para que se callara. La otra sabía que entregar documentación con Patricia encima podía destruirla. Y en medio de todo estaba Agustín, pidiendo otra audiencia, acelerando un divorcio que ella ya no podía controlar. Cuando llegó a casa, Agustín no estaba. Le mandó un mensaje diciendo que no llegaría tarde. Ella pensó que quería verla. Pero había dicho que tenía un viaje por trabajo. Hacía tiempo que no viajaba, pero esa noche ella estaba demasiado furiosa para sospechar con claridad. Después llegó el mensaje de Silva el detective. “Hay movimiento. Hernán Del Valle fue a casa de Eva Beltrán.” Vanessa se quedó mirando la pantalla. Debajo llegaron dos fotos. En una se veía la entrada de la casa. En otra, a través de una ventana, una escena confusa: Hernán y Eva en el sofá. Él estaba inclinado, ella debajo, no se distinguía bien. Otra imagen mostraba a Hernán en la puerta con sangre en la fre
Vanessa recibió la citación delante de su jefa justo cuando había llegado del juzgado. Enojada, furiosa, cansada. Y no le dio tiempo de respirar porque apenas había vuelto en sí. El sobre llegó a media tarde, justo cuando estaba revisando unos informes en la oficina de dirección. Había intentado mantener la espalda recta, la voz firme y el rostro sereno durante toda la reunión, pero el sello del juzgado en el papel le quitó el aire. Su jefa, Patricia Salvatierra, levantó la vista desde su escritorio. —¿Todo bien? Vanessa dobló el documento con demasiada rapidez. —Sí. Pero no estaba bien. Agustín había pedido una nueva audiencia. Otra. ¿Tan pronto?, pensó. Ella había creído que aún podía estirar los tiempos. Que podía usar su ascenso, su imagen, su papel de madre herida, cualquier cosa para frenar el divorcio hasta quedar mejor parada. Pero Agustín ya no estaba esperando. Y eso la humilló más que cualquier palabra. Patricia la observó con atención. —Vanessa. Ella levantó
Muy lejos de allí, Sonia ya estaba instalada con su madre. Sentada en una mecedora, frente a una ventana que daba a un campo amplio y silencioso, sostenía una taza de leche tibia entre las manos. Ella necesitaba estar tranquila y ese doctor se había puesto en su orden del día que a ella no le pasara nada. La casa pertenecía a Esteban. Una propiedad sencilla, alejada de la ciudad, con paredes claras, cortinas limpias y ese tipo de silencio que al principio la había asustado un poco porque no estaba acostumbrada a esa paz. Y menos desde que su verdugo la despidió y la eliminó de su vida y de la posibilidad de trabajar en el sector. Su embarazo fue la gota que rebalsó el vaso. Porque Sonia estaba acostumbrada al ruido. Al teléfono. A los mensajes. Al miedo. A mirar por encima del hombro a sus compañeras de trabajo cuando él la llamaba a su oficina y ella se creía más que ninguna. Tarde vio a ese desgraciado manipulador. A veces tenía miedo de que Hernán apareciera, de si su madre





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