Mundo ficciónIniciar sesiónEspejo Roto En él vi mi reflejo Eva Beltrán se divorció para liberarse. Psicóloga, madre y por último mujer,pone límites después de descubrir que el amor no siempre es lealtad. Agustín Leone llega a su consultorio intentando recuperar un matrimonio que ya está roto. Lo que no sabe es que la traición que lo rodea es la misma que destruyó la vida de Eva… y que su hijo carga ese secreto desde hace un tiempo. Cuando la verdad sale a la luz, sus historias se cruzan en un punto donde el amor aparece sin permiso y la ética profesional se vuelve un límite imposible de ignorar. Porque no todos los amores están destinados a vivirse. A veces no nos enamoramos de alguien. A veces nos reflejamos en el otro. Algunos existen solo para mostrar quiénes somos… y cuánto cuesta verse en un Espejo Roto
Leer másEscritura Capítulo 140 — La sombra dejó de mandar La sentencia de Hernán Del Valle llegó una mañana fría, de esas en las que la ciudad parecía caminar más despacio, cargada todavía por los restos de un escándalo que había dejado huellas profundas. Eva no queria ir al principio. Durante días sostuvo la misma respuesta cada vez que Laura le preguntaba si pensaba presentarse. Decía que no necesitaba verlo, que ya había declarado lo necesario. Pero la noche anterior, cuando Lucas preguntó en voz baja si su papá iba a volver a buscarlos algún día, Eva entendió que había algo más importante que su cansancio. No iba al juicio por Hernán. Iba por sus hijos. Iba para escuchar con sus propios oídos que aquel hombre ya no tendría la misma libertad para aparecer, ordenar, amenazar o convertir la vida de todos en un tablero privado. Y porque ella misma, aunque le costara admitirlo, necesitaba ver el final de esa sombra. Laura pasó a buscarla temprano. No hablaron mucho del juicio durante
Aquella tarde salieron a caminar por la zona apenas terminaron de merendar. Lucas llevaba una bicicleta, María saltaba las piedras pequeñas del camino, Emma caminaba cerca de Nahuel y los adultos avanzaban detrás, atentos sin invadir. La casa de los padres de Agustín quedaba a una distancia prudente del ruido, rodeada de árboles, alambrados bajos y vecinos que casi siempre saludaban desde lejos, sin preguntar demasiado.Durante un buen rato, la caminata tuvo esa tranquilidad que los cuatro niños habían empezado a necesitar. Lucas pedaleaba unos metros y después volvía, María le pedía que la esperara, Emma juntaba hojas secas para pegarlas en un cuaderno y Nahuel caminaba con las manos en los bolsillos, más relajado que en la ciudad, aunque todavía atento a su hermana.La tranquilidad se quebró cuando, desde una casa lindera, dos personas hablaron sin cuidar el volumen. Una mencionó a Vanessa, la cárcel y los fraudes. La otra agregó una frase cruel sobre la mujer de los tacos que se ac
Las primeras semanas después de la publicación de Carlos Méndez no tuvieron la violencia de las cámaras en la puerta ni el ruido inmediato de las audiencias, pero trajeron una clase de cansancio más difícil de nombrar. Las casas volvieron a tener horarios, mochilas, uniformes doblados sobre sillas y mensajes del colegio, aunque debajo de cada gesto cotidiano seguía latiendo la misma pregunta: cuánto podía saber un niño antes de dejar de sentirse niño.Eva volvió a llevar a Lucas y a María al colegio con una organización prolija. No entraban por la puerta principal cuando había demasiados padres reunidos, no se quedaban en la vereda más de lo necesario y, durante los primeros días, la directora los recibía en el hall para acompañarlos hasta el salón. La maestra también estaba preparada. Ya no había sido necesario que declarara contra Hernán; bastó con una carta formal donde dejó constancia de lo ocurrido aquel día en la entrada, cuando él se había llevado a los niños sin permiso. Nadie
Eva retiró los cargos contra Vanessa días después.Laura no estuvo de acuerdo al principio. Estaban en su cocina, con los papeles sobre la mesa, una cafetera encendida y el cansancio de demasiadas semanas acumulado en los hombros. Afuera, la ciudad seguía hablando de Hernán Del Valle, de Vanessa Ríos, de Ibarra, del Ministerio, de Carlos Méndez y de todas las pruebas que habían convertido una historia privada en un escándalo público.Eva escuchó a su amiga sin interrumpirla.—Eva, ella quiso destruirte la carrera —dijo Laura, con una indignación que no intentaba disimular—. Te difamó. Te ensució. Fue a buscarte donde más podía dolerte.—Lo sé.—Entonces no entiendo por qué querés retirarlo.Eva apoyó las manos alrededor de la taza, aunque el café ya estaba tibio.—Porque va a pagar por cosas mucho más graves. No quiero agregar más años de cárcel por mí. Nahuel y Emma no tienen la culpa de la madre que les tocó, y no quiero que algún día sientan que yo pude evitar un daño extra y no lo
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