Capítulo 4

Alana.

Una vez más, estoy aquí. Reconozco estas paredes, este olor a licor y tabaco que ya ni me da miedo: me da arcadas. Trago saliva y avanzo. Existen destinos peores que la muerte, y detenerme seria uno de esos.

Llego a la puerta; esa condenada que solo se abre desde fuera llena de clavos y astillas. Tiemblo, la abro despacio. Bajo de puntillas y enciendo la bombilla que titila justo para mostrar el armario.

Sin pensarlo me abalanzo de inmediato hacia él hasta oír el llanto incesante desde dentro. Mi corazón se acelera porque está ahí, Dios mío, está ahí.

—¡Alexandra! —llamo desesperada, mientras siento el pecho oprimido al escuchar su llanto—. ¡Alex cariño! Estoy aquí, resiste.

Comienzo a arrullar, empujar, patear lo que sea para poder sacarla de ahí hasta que siento que la puerta empieza a ceder; finalmente logro abrir la puerta y ahí está ella: un ovillo de terror con un vestido rosa sucio. La tomo en mis brazos, sintiendo su cuerpecito temblar contra mi pecho. Es tan frágil, pesa tan poco...

—Te tengo —le susurro, corriendo hacia la salida—. Nadie va a volverte a tocar.

Pero entonces, una sombra bloquea la luz. Una silueta pesada y lenta baja las escaleras, peldaño a peldaño. Uno. Dos. Tres.

—¿A dónde crees que vas con ella?

Esa voz. Grave, áspera y cargada de una crueldad que el tiempo no ha podido borrar. Se acerca con pasos lentos, deliberados. Lo peor es que está sobrio; lo noto en la precisión de sus movimientos. Eso significa que será más calculador, más consciente de cada golpe, más cruel.

Intento retroceder, pero el aliento se me corta cuando mi espalda choca contra la pared fría y húmeda del sótano. No hay más espacio. Alexandra suelta un grito ahogado, aferrándose a mi blusa con una fuerza desesperada, y yo me obligo a ser su escudo, envolviéndola con mi propio cuerpo para ocultarla de su vista.

—No dejes que me vea —implora ella en un susurro aterrado.

—Cierra los ojos —le ordeno, con el corazón martilleando tan fuerte que me duele el pecho—. ¡Corre, Alex! ¡Corre y no mires atrás!

La empujo hacia las escaleras. Ella corre, escapa, pero él es más rápido. Siento su mano cerrarse alrededor de mi muñeca como una argolla de hierro. Me jala bruscamente hacia él y veo su puño alzarse, listo para el golpe que he recibido mil veces...

Ring. Ring. Ring.

Abro los ojos de golpe.

Y estoy… Estoy en mi cama. En mi alquiler en Rosehaven. Con el colchón hundido y las sábanas baratas y la mancha de humedad en el techo que la casera sigue prometiendo arreglar y el sudor empapándome la espalda.

No en ese sótano. No con él.

Pero sí con un chillido insistente y muy fuera de lugar, a decir verdad.

Ring ring ring ring ring

Mi teléfono.

Mi maldito teléfono está sonando.

Jadeo por aire, con el corazón a mil, que es un milagro que aún esté en su sitio. Me retuerzo incómoda porque las sábanas están enredadas alrededor de mis piernas y me duelen las manos; mis uñas dejaron marcas rojas en mis propias palmas por la fuerza al apretarlas.

Ring ring ring ring ring

Dios, esto me va a volar la cabeza.

—¿Qué? —gruño, después de agarrar el teléfono sin siquiera mirar quién llama ni importarme sonar casi agresiva.

Hay una pausa del otro lado.

—¿Señorita Vega? —inquiere una voz femenina con cautela.

Maldición.

Me incorporo de golpe, pasándome una mano por el cabello sudado.

—Ah, sí —carraspeo, y espero poder sonar menos como alguien que acaba de despertar de una pesadilla horrible y más como una mujer funcional, llena de paz interior—. Sí, soy yo. Disculpe, yo... estaba dormida.

—Oh, lo siento mucho por despertarla —responde la mujer, en un tono suave que me hace sentir peor porque hace un momento no pude controlar mi genio—. Soy Marie Thornton. Ama de llaves de Ashford Manor. Recibimos su respuesta sobre el puesto de niñera.

Un escalofrío me recorre la espalda. Por un momento, entre la pesadilla y el agotamiento, juré que ese correo extraño de anoche había sido un invento de mi imaginación. Estaba tan cansada que creí que mi cerebro había alucinado una oferta de trabajo solo para darme un respiro.

Pero no fue un sueño. La solicitud es real. Y mi respuesta también.

—¿Señorita Vega?

—Sí, lo siento —Dios, Alana, presta atención—. Recibí su mensaje ayer. Me tomó un poco por sorpresa porque... bueno, no recordaba haber aplicado específicamente para una residencia privada, pero estoy muy interesada.

—Maravilloso —exclama Marie—. ¿Tendría disponibilidad para venir hoy mismo? Para una entrevista informal. Conocer a las niñas, ver las instalaciones, ese tipo de cosas.

Miro el reloj en mi mesita de noche. 9:47 AM.

—La una es perfecta. ¿Tiene la dirección o...?

—Se la enviaré por mensaje de texto —contesta Marie—. Y señorita Vega, solo para prepararla... el señor Ashford puede ser un poco... formal. Pero las niñas son absolutamente encantadoras. Son pequeñas, la mayor tiene seis y la menor acaba de cumplir tres añitos.

Tres y seis. Las mismas edades en que mi mundo se detuvo. Las mismas edades en las que Alexandra...

No. No vayas ahí. Entierra eso, Alana. Lo necesitas.

—Entiendo. Gracias por la oportunidad, señora Thornton.

—Marie está bien, querida —corrige con calidez—. Nos vemos a la una.

Y sin más preámbulos cuelga.

Miro alrededor de mi pequeña habitación patética; las cajas medio empacadas en la esquina. El armario que seguro fue testigo de algún renacimiento hace siglos. Y no quiero ni pensar en el saldo bancario que se burla de mí cada vez que reviso mi teléfono últimamente.

No tengo opción. Necesito este trabajo para no acabar en la calle el domingo. Y espero conseguirlo con todas mis fuerzas para encontrar un mejor lugar donde poder hospedarme. Pero para eso necesito verme decente.

Me levanto de la cama con piernas temblorosas y me dirijo a la ducha. El agua caliente ayuda a relajar mis músculos tensos, al menos un poco. Pero mientras me lavo, me visto y me miro al espejo practicando mi mejor sonrisa profesional, siento la presión de unos dedos invisibles alrededor de mi muñeca.

Porque, aunque yo logré escapar de ese sótano, nunca pude salvarla a ella.

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