Alana.
El sol se filtra a través de las cortinas de mi habitación. No pegué el ojo en toda la noche. En mi mente solo se repetía en bucle esa imagen: Christopher, el hombre más imponente y poderoso que he visto nunca, arrodillado ante mí, suplicando.
No sé si llamarlo sueño o pesadilla.
No me soltó hasta que prometí pensarlo. Pero antes de dejarme ir, sacó el anillo de la caja.
—Al menos póntelo —suplicó con voz ronca—. Solo para que sientas el peso de lo que te estoy pidiendo.
Y antes de que p