Mundo ficciónIniciar sesiónUna asistente decidida a rehacer su vida termina envuelta en enredos románticos con su jefe irresistible, su ex tóxico y unas amigas con demasiadas ideas… todo bajo el cielo de Madrid. Clara tenía un plan. Bueno… más bien una lista mental: superar a su ex infiel, recuperar el control de su vida y no enamorarse de su nuevo jefe, Gonzalo Ferraz, de sonrisa peligrosa y el poder de hacerle olvidar hasta cómo se deletrea "profesionalismo". _________________ Pero claro, los planes rara vez sobreviven al primer mensaje equivocado de WhatsApp, especialmente cuando ese mensaje lleva un emoji de berenjena... y acaba en el móvil del jefe. Ups. Entre juntas que arden más que el café de la oficina, domingos que empiezan con calamares y terminan con miradas bajo las estrellas, y amigas que no entienden el concepto de “discreción”, Clara tendrá que decidir si sigue sus reglas… o las del corazón. _______________________ Una comedia romántica con sabor a Madrid, donde los jefes pueden ser tentadores, los ex una pesadilla, y los líos, inevitables. Cuando el amor se cuela entre la agenda y el Excel… más vale tener un plan B.
Leer másTres años despuésEl sol de la tarde acariciaba el jardín con esa tibieza que solo tienen los días tranquilos. Bajo un árbol de limonero en flor, Clara reía con una copa de vino en la mano, sentada junto a Paula y Martina en una manta rodeada de cojines y platos con restos de pasteles. A lo lejos, se oía la música suave que salía por una de las ventanas abiertas.Jorgito corría descalzo por el césped, con los rizos revueltos por el viento y un barquito de papel en la mano. A su paso, los perros del vecino ladraban, y las risas infantiles se mezclaban con el murmullo de las hojas.—¿Sabes? —dijo Clara, mirando a su hijo y luego al cielo—. Jamás imaginé que mi sueño se iba a hacer realidad…—Y ahora diseñaste la imagen de la pastelería de tu mejor amiga —bromeó Martina, dándole un golpecito con el pie—. Muy de estrella publicitaria.—Y no sabes lo feliz que me hace —respondió Clara, sonriendo con los ojos—. Pequeñas marcas, sueños reales. Eso quería. Eso quiero.El aroma a carne asada l
—¡No encuentro las llaves del coche! ¡Ahora!—¿Qué ha pasado? —preguntó la abuela desde la cocina, mientras la hermanita de Clara soltaba el móvil y gritaba como si hubiese visto un fantasma.—¡Que ha roto aguas! —gritó Gonzalo, pálido como una sábana.—¿En serio? ¿Ya? —dijo Clara, intentando respirar mientras se aferraba a la encimera de la cocina. Una contracción le cruzó el vientre como un rayo. Sintió que su cuerpo se partía en dos.—¡Las llaves! —insistió Gonzalo, mientras su suegra le lanzaba el bolso y le ponía una mano en el hombro.—Tranquilo, hijo. Llegarán a tiempo. Y si no, mi nieto nacerá en el asiento trasero. ¿Qué puede salir mal?—¡Todo! —gritaron Gonzalo y Clara a la vez.El coche volaba por la carretera como si Gonzalo estuviese escapando de la Interpol. Cada bache era un insulto, cada curva, un rezo.—¡Más despacio, por Dios! —le gritó Clara entre jadeos—. ¡No quiero parir en una rotonda!—¡Estoy intentando llegar!—¡Y yo intentando no asesinarte!La clínica ya tení
Su padre la llevó al hospital aquella mañana. Durante el viaje, hablaron largo y tendido. En un momento de silencio, él soltó:—Mira, hija… Al principio, no podía ni verle. Cada vez que cruzaba la puerta de casa, lo único que me pasaba por la cabeza era darle un par de hostias bien dadas y echarlo de ahí. Me costaba aguantarme. Pero lo hacía porque, al fin y al cabo, es el padre de tu hijo… y, bien o mal, está intentando hacerse cargo.Clara giró el rostro hacia la ventana, apretando los labios.—Pero después —continuó Manuel, sin prisa—. Después empecé a mirarlo de otra manera. A fijarme en los gestos, en las miradas. Y me di cuenta de algo, Clara. Ese chico no es como Hugo. No es como aquel imbécil. Gonzalo… Gonzalo te mira con un brillo que yo solo he visto en un lugar. En mis propios ojos, cada vez que miro a tu madre.Ella lo miró de reojo, sorprendida por la confesión.—Ese tipo de amor —dijo él, con la voz grave—, ese que se ve y no hace falta explicar, es muy difícil de encont
El eco de los latidos del monitor aún resonaba en sus oídos mientras caminaban por la calle adoquinada del pueblo, con Gonzalo a su lado. El control había ido bien. El médico había sonreído al ver la evolución del bebé, y Clara, por primera vez en semanas, sentía que podía respirar un poco más tranquila.—¿Te das cuenta de que tu hijo ya tiene más fotos que yo en toda mi infancia? —dijo Gonzalo, mirando la ecografía que Clara llevaba en una carpetita.—Eso es porque tú naciste antes de que existieran los móviles —replicó ella con una sonrisilla, sin mirarlo.—Ay, venga, no soy tan viejo… —refunfuñó él, fingiendo ofensa—. ¿O sí?Clara se encogió de hombros, divertida, y él sonrió. Había en ese intercambio algo del pasado que se estaba colando, sutil, pero presente. Una complicidad que no había muerto del todo.Cuando llegaron a la casa, la puerta se abrió de inmediato.—¡Gonzalito! —exclamó la abuela desde la cocina—. Ya era hora, pensé que te habías perdido camino al ambulatorio.—Bue





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