Su padre la llevó al hospital aquella mañana. Durante el viaje, hablaron largo y tendido. En un momento de silencio, él soltó:
—Mira, hija… Al principio, no podía ni verle. Cada vez que cruzaba la puerta de casa, lo único que me pasaba por la cabeza era darle un par de hostias bien dadas y echarlo de ahí. Me costaba aguantarme. Pero lo hacía porque, al fin y al cabo, es el padre de tu hijo… y, bien o mal, está intentando hacerse cargo.
Clara giró el rostro hacia la ventana, apretando los labios